La suya es una historia de un amor compartido. Está compuesta de momentos intensos, de amistades cómplices forjadas en tiempos de guerra y de una constancia de hierro por buscar siempre belleza y el ingenio de los nuevos valores donde otros sólo veían transgresión y degeneración. Empeño convertido en un motivo por el que vivir y empujado por un ansia por recopilar el ingenio y la vanguardia de comienzos del siglo XX para coleccionarla, apoyarla y legarla a futuras generaciones. Incluso la creatividad más atrevida, la más incomprendida de la época. Una vida transitada junto a un alma gemela, la de su mujer, igual de embelesada por el arte, igual de implicada en detectar los genios del futuro, igual de atinada a la hora de dar su apoyo. Hermann Rupf (1889-1962) y Margrit Wirz (1887-1961) nunca fueron una pareja al uso, menos aún en la Suiza conservadora en la que vivieron gran parte de su vida.

Coleccionistas entusiastas, las vicisitudes de la vida y las amistades que en ella encontraron les permitieron conocer, disfrutar, proteger y coleccionar a muchos de los autores que hicieron grande la pintura del pasado siglo. Su mérito radica en haberlo hecho cuando el reconocimiento de muchos de ellos sólo era una ensoñación y su futuro de éxito tan solo la veían mecenas como los Rupf.

Durante más de medio siglo su colección fue adquiriendo altura con obras de Picasso, Kandinsky o Paul Klee

Durante más de medio siglo su colección fue adquiriendo altura con obras de Picasso, Kandinsky, Paul Klee, Juan Gris o George Braque y gracias a la Fundación que crearon Hermann y Margrit en 1954 ha continuado creciendo hasta hoy. La misma que ha permitido que, por primera vez en España se puedan ver algunas de las joyas que en vida adquirieron y preservaron, y que en algunos casos viajan de manera muy excepcional para poder ser vistas en Bilbao, en la muestra que desde el pasado jueves día 11 y hasta el 23 de abril de 2017 se exhibirá en el Museo Guggenheim de la capital vizcaína.

Libro y pipa de Juan Gris

‘Libro y pipa’ de Juan Gris.

Compuesta por una selección de 70 obras de la colección privada de los Rupf, muchas de ellas fueron adquiridas en vida y otras son incorporaciones posteriores convertidas en un diálogo continuado entre el pasado y el presente. El valor de la muestra, ideada bajo las directrices de las comisarias Susanne Friedli y Petra Joos, es incuestionable. Siete Picassos, seis Kandinskys, 10 obras de Juan Gris u ocho de Georges Braque son sólo una muestra de la envergadura de la colección que confeccionaron los Rupf en vida.

Un legado adquirido entre la Berna suiza y París y auspiciado siempre por quien fue uno de los más fieles amigos y aliados artísticos de los Rupf, el marchante y galerista de arte Daniel-Henry Kahnweiler. Avanzados a su tiempo, el comerciante Hermann Rupf siempre mostró interés por las artes y la creación en cualquiera de sus formas: el cine, el teatro, la literatura o la música. Pero fue la pintura la que le llevó a implicarse, junto a su mujer, en cuerpo y alma a rescatar y coleccionar retazos de belleza. Su fascinación se disparó con las primeras manifestaciones del arte abstracto, el cubismo y cualquiera otra forma de expresarse que fuera adelantada a su tiempo y alejada de la tradicional y conservadora sociedad de Berna.

Luna llena en el jardín de Paul Klee

‘Luna llena en el jardín’, de Paul Klee.

Mecenas de Kandisnky y Klee. Formado en el mundo de las finanzas, Rupf, de gran cultura y exquisito gusto, inició su carrera profesional en el ámbito económico primero en Frankfurt, junto a su amigo Kahnweiler, -quien más adelante se convertiría en su motor como mecenas de artistas-, y años después en París. En la capital francesa Rupf trabajó en la empresa Jacques Meyer Fils & Cie, hoy conocida como las Galerías Lafayette. En sus ratos libres, los jóvenes Rupf y Kahnweiler visitaban los museos parisinos, acudían a todos los conciertos y se empapaban de la rica vida artística del París de comienzos del XX.

Impulso a los jóvenes

La fascinación por el arte clásico y moderno había empezado a incrementarse. Nunca más dejaría de hacerlo. Tras un breve periodo en Londres, en 1905 regresó a Berna para incorporarse a la mercería y pasamanería de su cuñado, Ruedi Hossman. El empresario pronto se convirtió en socio del negocio, que pasó a denominarse Hossmann & Rupf, y llegó a ser su verdadero medio de vida. Cinco años después, uniría para siempre su vida a Magrit, formando la pareja más embelesada e implicada en el impulso del arte y los jóvenes artistas europeos de comienzos del siglo XX y habituales en los círculos artísticos que frecuentaban genios como Klee, Kandinsky, Gris o Picasso.

Horizontal dividido de Kandisnky

‘Horizontal dividido’ de Kandisnky.

La selecta mercería de los Rupf no sólo les permitió gozar de una posición económica desahogada, pese a llevar una vida modesta, sino también viajar frecuentemente a París para adquirir género para el negocio. Allí, su amigo Kahnweiler, convertido ya en un consolidado marchante de arte, siempre les esperaba para conocer nuevos artistas, nuevas corrientes. Así comenzó la colección parte de la cual se exhibe en el Guggenheim.

Entre sus primeras adquisiciones, allá por 1907, figuran obras de Pablo Picasso (Cabeza de hombre), de Georges Braque (Casas de L’Estanque) y que formó parte de su primera gran exposición en la galería de Kahnweiler. Después llegarían más obras de jóvenes autores como Juan Gris o André Derain hasta completar la treintena. Muchas de ellas adquiridas poco después de haberlas concluido sus autores. En la muestra del Guggenheim se incluye una de las obras más excepcionales de esa época, Violín colgado en la pared, de Picasso, de 1913, y que hacía 75 años que por su delicado estado no salía del Kunstmuseum de Berna, desde que fuera trasladado para ser expuesto en el MoMA de Nueva York en 1941.

Apoyo a la «pintura degenerada»

Con la llegada de la Primera Guerra Mundial, Rupf acogió a Kahweiler en Berna, estrechando más su relación. Tras el conflicto bélico, su colección no dejó de crecer y de incorporar nuevos autores y promesas como Fernand Léger y Luis Mollet o Paul Klee, con quien tendría una profunda relación. Al matrimonio Rupf le atraía la obra de Klee, más aún después de que llegara a ser considerado un «pintor degenerado» por los nazis. Gracias a su amistad, los obsequios de sus obras permitieron agrandar aún más su ya selecta colección, que llegó a contar con hasta 44 obras de este autor.

Fue Klee quien le abrió la puerta para conocer, en 1933, a otro de los grandes pintores del siglo, Vasily Kandinsky. En realidad lo hizo con otro fin, convertirse en su asesor financiero y que a menudo pagó con algunos de sus trabajos sus servicios de asesoría e incluso el alquiler de su casa donde fue acogido hasta permitir sumar a la colección de los Rupf 16 obras de Kandinsky y que abarcan un periodo comprendido entre 1916 y 1940.

Cabeza de hombre de Picasso

Un fragmento de la obra ‘Cabeza de hombre’ de Picasso.

De tendencia socialista, Rupf se había convertido en un inconformista de su tiempo y de la conservadora sociedad suiza. Así lo reflejaba en sus críticas artísticas en medios socialdemócratas, en los que a mundo reclamaba una mayor comprensión para el arte moderno que a él tanto le atraía.

En la muestra ahora exhibida en Bilbao, figura uno de los cuadros que más costó adquirir a Rupf. Sucedió en una subasta celebrada en 1939 de Lucerna y en la que se sometían a puja pinturas y esculturas procedentes de museos alemanes que el nazismo consideraba «arte degenerado». Reacio a pujar como muestra de rechazo al régimen totalitario, finalmente compró dos obras, Terraza de Verano, de August Macke, y que se puede ver en la muestra, y Vaca Tumbada, de Mataré.

Violín y arco de George Brake

‘Violín y arco’ de George Brake.

A lo largo de su vida el afán de coleccionar fue imparable. Nunca actuaron con afán inversor, simplemente les movía el amor compartido por el arte. El matrimonio Rupf llegó a contar con casi medio millar de obras, muchas de ellas conservadas tras ocultarlas y protegerlas en los periodos de guerras en una vivienda que la pareja tenía en los Alpes. Muchas de ellas las vencieron, otras las regalaron. Tras una vida apoyando a los nuevos creadores, a los autores locales y a las manifestaciones más avanzadas, la actividad para seguir incorporando obras cesó. En 1954 el matrimonio constituyó una fundación a la que legó 250 piezas que hoy custodia el Kunstmuseum de Berna y su patrimonio para que continuará con la labor de recopilar nuevas obras, nuevas manifestaciones artísticas. Sólo siete años después, falleció Margrit Rupf y un año más tarde lo hizo, su esposo, Hermann, tras medio siglo de vida y amor por el arte en común.

Gusto exquisito

Las comisarias de la muestra, Petra Joos y Susanne Friedli destacan el carácter visionario de Hermann Rupf y su “exquisito gusto” que le llevó a valorar manifestaciones artísticas novedosas. “Siempre estuvo muy comprometido con el arte contemporáneo, era un modo de oponerse al gusto conservador”, asegura Joos. Asegura que el valor de esta muestra reducida de su gran colección, compuesta por 70 obras, “tiene un esplendor muy especial”.

Por su parte Friedli asegura que la Fundación Hermann y Margrit Rupf continúa trabajando por dar continuidad al espíritu que les guió y que apostó de modo especial por el arte abstracto y minimalista, así como por los autores locales. En este objetivo sitúa la incorporación de muchas obras actuales como la instalación que se exhibe en el Guggenheim, obra de Florian Slotawa y en la que se pueden ver cuatro esculturas sobre muebles reales del apartamento en el que vivieron los Rupf. Friedli destaca la dedicación de los Rupf, que les llevó a proteger las obras en tiempos de guerra, hasta el punto de adquirirlas de medidas reducidas para poder trasladarlas de modo sencillo. Destaca cómo Hermann quedó fascinado por el nuevo modo de pintar paisajes de autores como André Derain o los inicios del cubismo en el estudio de Picasso y sus obras en papel arrojadas al suelo.