Han sido muchos los que han hecho el petate y han arrugado el alma para poder sobrevivir. Cientos de miles los que nos han abandonado por un sueño, un sueldo, una vida. La crisis, dicen, comienza a perder letras y ellos intentan recuperar la ilusión que perdieron durante años: volver.

Fue a principios de 2015 cuando Estefanía decía que pensaba en irse, «quizá Reino Unido, pero es que Londres es muy caro». Noemí, algo más cauta, alargó la fecha de huida. En octubre cogieron una avión y aterrizaron en un Manchester tan gris como cálido.

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Mapa de las migraciones de los ocho protagonistas de ‘Volveremos’. Álvaro Valiño

No era del todo una búsqueda de vida, más bien una etapa que ellas supieron superar con éxito. De esos meses ha salido una radiografía de ocho almas arrugadas que han tenido que hacer del camino a su futuro un trance de altos vuelos.

Encontraron a personas que la precariedad económica de nuestro país había empujado hacia Europa, Canadá o Latinoamérica. Toparon con ilusiones que no se pudieron alcanzar. Con vuelos sin coger. Con la necesidad como motor del movimiento o como inyección paralizante.

Han pasado casi un año transcribiendo sus testimonios, dando voz a expatriados, soñadores, a gente que no pudo salir… A sus padres, sus novias, sus maridos y han recogido todas sus voces en Volveremos (Libros del K.O.), una suerte de recopilación con los porqués, los cómos y los futuros de todos ellos.

«Fue una idea de los editores, querían plasmar en un libro estas experiencias y nosotras estábamos viviendo algo parecido, por lo que sabíamos qué preguntar y a quién», aseguran. Dieron con Ernesto, con Cintia o con Bernardo. Contactaron con algunos de los más de 700.000 -según menciona el estudio de Amparo González-Ferrer, investigadora del CSIC- que abandonaron nuestro país entre 2008 y 2013. Y empezó una aventura internacional, un gráfico perfecto sobre la situación que no sólo ha caracterizado a España durante los últimos años.

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Estefanía S. Vasconcellos y Noemí López Trujillo / Campos y Nadales

Empiezan con Ernesto, con sus hijas que ven a los abuelos por Skype. Se exilió hace ya algunos años y, tal como relatan en el libro, «si algún día alguien le pregunta por qué dejó España para criar a Amelia y Victoria en Canadá, dice que se encogerá de hombros y se remitirá a los informes sobre paro y pobreza infantil que se publicaron en los años de la crisis». La madre de Ernesto quiere escribir a Rajoy, llamarlo, con educación, sinvergüenza.

Su historia es la primera de todo el libro, que continúa con matrimonios a los que el trabajo separa miles de kilómetros. Se trata de la vida de Leonor y Enrique, ella en Madrid y él en Luxemburgo. Se fueron juntos cuando en las ruedas de prensa se negaba la mayor y al tener niños quisieron volver. Ella lo logró con un sueldo mísero y él continúa viajando cada fin de semana para ver a sus hijos. «Le da pánico volar», narran. Pero no hay opción.

Aunque sus situaciones son complejas, aparecen otras peores. De los que quisieron una vida mejor y tuvieron que quedarse. Cintia es técnico superior en Anatomía Patológica y Citología y trabaja en un McDonald’s desde 2008. Cuando prentendía buscar algo de lo suyo, su familia gripó y su sueldo de 400 euros era lo más seguro que pasaba por su casa de Elche. Se quedó, salvó la situación y sueña con la bata blanca que le prometieron al terminar sus estudios.

Uno tras otro narran sus vidas pero también verbalizan sus sueños. Volveremos nos lleva hasta su identidad o la falta de ella. Como explican las autoras, a los protagonistas les cuesta llamarse inmigrantes. «Supongo que me cuesta verme como emigrante porque me fui un poco con un pie en España. Sigo pensando en lo que pasa allí. Por un lado lo veo como algo temporal, pero si lo pienso fríamente no sé cuándo voy a volver ni en qué condiciones», reflexiona Laura desde París, donde hace una tesis doctoral porque «aquí» de lo suyo no había trabajo ni dándolo gratis.

Todos asumen el mismo futuro, el incierto. Todos quieren volver y no encuentran en su calendario el día más adecuado. La madre de María, que vive en Jaca y su hija en Colonia, se lo pregunta constantemente: «Pero ahí para siempre no vas a quedarte, ¿no?». Ninguno de los siete protagonistas que tuvieron que emigrar sabe contestar a esa pregunta.

María, Ernesto, Cintia o Laura son algunas de las caras visibles de la falta de empleo, del empleo con sueldos humillantes, de la desesperación, de querer volver y no saber a dónde. Algunas de las personas que soplan velas por videollamada, celebran la Navidad en familias adoptivas y les cuentan a sus hijos el sueño español de volver a estar en casa.

La emigración en datos

Amparo González-Ferrer describe en su estudio sobre migración española las claves sobre ésta. Bajo el título Lo que sabemos y lo que no asegura que «desde 2010 la emigración española a otros países de la UE-15 ha crecido a un ritmo más intenso que la de otros países del Sur de Europa también afectados por la crisis».

Y no sólo eso, hemos pasado de no llegar ni al top 10 a pasar al puesto número dos de países emisores de inmigrantes laborales hacia Reino Unido de 2010 a 2013. «La crisis ha provocado un aumento de la emigración masculina entre los 35 y los 44 años, lo que confirma la laborización de los flujos y anuncia mayor duración de las ausencias», asegura.

Para ella, las fuentes españoles infravaloran la salida de españoles en busca de trabajo. Ellos los datan en 225.000 desde el comienzo de la crisis hasta 2013, mientras que la investigadora triplica la cifra: 700.000 españoles abandonaron España durante ese periodo.