Gilbert Kaplan vivió obsesionado por la Sinfonía número 2 de Mahler desde el día que la escuchó por primera vez en el Carnegie Hall de Nueva York, con la Orquesta Sinfónica Americana dirigida por Leopold Stokowski. Tenía 23 años y desde el mismo instante en el que sonaron los primeros acordes se volvió loco. Él solía decir que entró en la sala siendo una persona y salió de ella siendo otra distinta. «Cuando la escuché sentí que me había atravesado un rayo. Fue un amor a primera vista». Gilbert Kaplan murió el uno de enero de 2016 y con él su obsesión.

Millonario excéntrico, tal fue su obstinación por la música de Mahler que en 1981 empezó a dar clases de dirección de orquesta bajo la tutela de Charles Zachary Bornstein. Kaplan tenía una sola obsesión: grabar la Sinfonía número 2 con la London Symphony bajo su propia batuta. Lo consiguió en 1987 y, paradojas del destino, se convirtió en el disco con música de Mahler más vendido de la historia. Con el tiempo, Kaplan paseó la sinfonía por todo el mundo, la dirigió en escenarios como los Festivales de Salzburgo y en el Musikverein de Viena y la interpretó con más de 50 orquestas, entre otras, la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera o la Sinfónica de Pekín en el estreno de la obra en China.

En 1984, Kaplan compró la partitura original a la Fundación Mengelberg, responsable del legado del director de orquesta y amigo de Mahler Willem Mengelberg (1871-1951), quien la recibió en 1920 de manos de la viuda del compositor.

Ahora, cuando se va a cumplir un año del fallecimiento de Kaplan, la partitura se ha vendido por 5,3 millones de euros, lo que la convierte en la partitura más cara de la historia.

La obra sale a subasta con un valor estimado de casi 3,9 millones de euros

El manuscrito, de 232 páginas, contiene modificaciones, tachones y comentarios, parte de ellos en tinta azul, del propio Mahler y todavía conserva su encuadernación original. La obra se expone actualmente en Hamburgo, desde donde viajará hasta Sotheby’s en Londres, lugar donde se realizará el hecho histórico.

Gustav Mahler comenzó a trabajar en su Sinfonía número 2 en torno a 1888, con 28 años y cuando aún no había estrenado la Primera. Preocupado por el tema de la muerte, sobre el porqué de la vida y del más allá, era algo que le había obsesionado desde que siendo niño perdiera a varios de sus hermanos, la idea le mortificaba tanto que siempre había querido plasmarla con su música. Mahler buscó inspiración en la Biblia, pero hasta su asistencia en el funeral de Bülow, en 1894, no encontró la clave de la obra.

Autobiográfica

Mahler estaba acostumbrado a plasmar matices autobiográficos en su obra. Como él mismo solía decir: «Mis sinfonías tratan a fondo el contenido de toda mi vida, he puesto dentro de ellas experiencias y dolores, verdad y fantasía en sonidos… Crear y vivir están íntimamente unidos en mi interior». La Número 2 no es una excepción. En ésta pieza, Mahler pulula entre el conflicto de la vida y la muerte solucionándolo con La Resurrección, es así como se conoce la sinfonía y es así como canta el coro:

¡Lo que nace debe morir!
¡Lo que ha muerto, resucitará!

Siempre insatisfecho, Mahler llegó a estrenar los tres primeros movimientos el 4 de marzo de 1895 en Berlín, antes de considerarla acabada. El 13 de diciembre de ese mismo año presentó en la capital alemana lo que él consideraba la obra completa. Las sinfonías que estrenó en vida no fueron muy bien recibidas en sus estrenos, salvo la Octava. A pesar de todo, la Segunda gozó de cierto reconocimiento y Mahler pudo dirigirla en Ámsterdam en 1904, donde su música era muy querida, y en 1908 en Nueva York. Hoy por hoy es una de las sinfonías predilectas del público melómano.