Fue de los pocos que creyó en la apuesta desde el primer minuto. Hasta entonces su mundo estaba compuesto por cifras, balances y presupuestos. La vida de Juan Ignacio Vidarte cambió para siempre cuando formó parte de los elegidos para buscar una salida a la crisis de finales de los 80 en el Bilbao de la decadencia industrial. El reto era convencer a toda una sociedad, y a no pocas instituciones, de que apostaran por un museo de arte contemporáneo como el remedio a sus males. Pocos les respaldaron, aunque los suficientes para ponerlo en marcha y convertirlo en el mayor revulsivo económico que se recuerda en la sociedad vasca desde el apogeo de los Altos Hornos de Vizcaya.

Vidarte asegura que aún son muchos los que le preguntan por la receta, por la forma en la que reproducir el llamado Efecto Guggenheim en sus ciudades. Casi los mismos que tras 20 años de éxitos le reconocen que se equivocaron. Pero el director de la pinacoteca que cada año visitan más de un millón de personas advierte: hay que mirar adelante. Llama a dejar de vivir del pasado glorioso y poner los cimientos del futuro. Una nueva etapa que debería comenzar por retomar la compra de obras para su colección y por idear una ampliación del museo para dar cabida a nuevas formas artísticas y otros perfiles de visitantes.

Pregunta.- ¿Cómo recuerda el primer día en el que le comunican la propuesta de hacer un museo como alternativa a la crisis industrial del Bilbao de finales de los 80? ¿Estaba en el bando de los que lo apoyaban o en el mayoritario, el crítico con que un museo pudiera sacar adelante Bilbao?

Respuesta.- Yo en realidad estuve desde la primera reflexión que hubo en relación con este museo. No me lo tuvo que contar nadie, estuve allí, desde el momento cero. A finales de 1990 era sólo una idea. Yo era director de Política Fiscal y Financiera de la Diputación de Vizcaya y a instancia del diputado general, José Alberto Pradera, nos comentó que había una persona que era Alfonso de Otazu, secretario de la Fundación Duques de Soria, que quería hablar de la posibilidad de tener un contacto con la Fundación Guggenheim. Fue el embrión del proyecto, a partir de ahí, me tocó jugar un papel en el primer contacto con la Fundación Guggenheim y en el desarrollo del estudio de viabilidad que se hizo en 1991. En 1992 se firmó el acuerdo.

P.- Pero usted era un experto en contabilidad, en números, ¿cómo pasa a formar parte de un proyecto con carácter tan artístico y alejado de la fiscalidad y las finanzas?

El proyecto se concibió como una estrategia de desarrollo económico y de transformación para la ciudad»

R.- El proyecto se concibió como una estrategia de desarrollo económico y de transformación para la ciudad. El museo debía jugar un papel tractor de renovación y proyección exterior. En aquel momento la situación económica y social era complicada, con niveles de paro del 25%, con 40% en la Margen Izquierda, con el cierre de empresas emblemáticas. Bilbao estaba en un proceso de reflexión y apuesta por la transformación para cambiar la realidad.

P.- Que la solución que se plantease a ese escenario de crisis económica fuera un museo, en la ciudad industrial por antonomasia, ¿le sorprendió?

R.- Es cierto que era una de las líneas más novedosas. Se buscaba que Bilbao tuviera un futuro en el contexto de Europa y reforzar su papel cultural, que pudiera ser un referente cultural. A finales de los 90 conocemos que la Fundación Guggenheim, centrada en Nueva York está pensando en su proyección internacional, reforzar su presencia en Europa. La Fundación iba a cerrar su museo en Nueva York, para reformarlo durante un año. Por eso hicieron una muestra itinerante a lo largo del mundo. La primera parada fue el Reina Sofía de Madrid. Allí, Thomas Krens, director de la Fundación, aparece en los medios de comunicación españoles y habla de los planes de expansión. Ahí es donde pensamos que podemos figurar nosotros y hacer de la necesidad virtud. Era una apuesta mayor de la inicialmente planteada pero se aprovechó la oportunidad.

P.- En aquellos inicios de los 90, ¿cuántos les dijeron que estaban locos? ¡Un Museo de arte moderno y contemporáneo como solución a la crisis industrial!

R.- (Se ríe) Fue mayoritaria esa reacción. Había mucho escepticismo. Nos decían que cómo iba a ser verdad que un museo de ese nivel se instalara en Bilbao. También que cómo un museo podría ser un factor de transformación tan importante, nos decían que ya teníamos un museo en Bilbao, el de Bellas Artes y que por qué otro museo iba a generar lo que éste no había generado. Además, había una situación política muy complicada, que provocó grandes discusiones sobre las prioridades de los recursos económicos, por qué ayudar a crear un museo y no a ayudar a una empresa que estaba en crisis, etcétera.

P.- Y todo ello en un entorno de violencia terrorista muy grave y especialmente virulento.

Fue una decisión arriesgada y valiente, pero lo que se podía ganar era mucho»

R.- Sí, es cierto. Todo parecía en contra. Pero detrás de toda esa oposición, lo que subyacía era que no se llegaba a entender que una inversión en una infraestructura cultural pudiera tener ese impacto, verlo como una inversión y no como un gasto. Los análisis se hacían valorando la cultura como un gasto. Pero hubo mucha ambición y una encomiable firmeza por parte de la Diputación, el Gobierno Vasco y el Ayuntamiento de Bilbao. Ahora nos dicen que fue una decisión arriesgada y valiente, que es cierto que lo fue, pero el riesgo siempre depende de la situación de partida y era muy mala, obligaba a lanzarse. Lo que se podía ganar era mucho y lo que se podía perder era limitado.

P.- El proyecto costó aceptarlo, pero el diseño de Frank Gehry también. No fue muy bien acogido en Bilbao. ¿Demasiado rompedor para una sociedad clásica y tradicional?

R.- Aquel diseño era coherente con la dimensión de la apuesta. Llamó mucho la atención y provocó cierta polémica por su diseño y por su dificultad de construcción y coste. Era innovador, disruptivo, no se trataba de contentar a la opinión generalizada sino de apostar por lo que creíamos que podía funcionar. Un elemento fundamental debía ser la arquitectura del museo, la seña de identidad visual, de su ambición, y que además la arquitectura no fuera lo que definiera qué se iba a exponer. Que internamente diera amplias posibilidades de exposición. A ello se suma la genialidad de Ghery a la hora de dibujar la dimensión urbanística del museo. Entendió la relación del museo con el entorno urbano y de transformación de toda la zona que era marginal.

P.- En 20 años habrá vivido multitud de experiencias con las muestras expuestas. ¿Con cuál se quedaría por algún elemento particular más que por su valor artístico?

R.- Es difícil quedarse con una. Hay una exposición que nos abrió los ojos y, en parte, el camino hacia el futuro. Es una exposición que hicimos en 1999 sobre la obra de Richard Serra. Aquella exposición nos hizo ver que Serra había entendido el espacio del museo mejor que otros. Por eso le encargamos La materia del tiempo, que es una de las señas del museo y de su colección. Otra exposición que recuerdo es la retrospectiva que dedicamos a Eduardo Chillida, su última gran exposición en vida. Por su impacto estético, otra fue la de Alexander Calder, que conjugaban perfectamente con el espacio en el que estaban.

P.- La crisis económica ha frenado la compra de obras para seguir engordando los fondos propios del museo. ¿Hace cuánto que el Guggenheim Bilbao no compra una obra de arte?

Creo que ha llegado el momento de volver a comprar otra vez, un museo es fundamentalmente su colección»

R.- El museo tiene 134 obras en su colección. Comenzó su proceso de adquisición en 1996 y hasta hace cinco años la política de adquisición la marcaban los planes cuatrienales. Cada cuatro años se acordaba con Diputación y Gobierno Vasco, que financiaban al 50% la colección, las adquisiciones. La colección ya tiene un valor importante, es seña de identidad del museo. La crisis afectó a las aportaciones institucionales. No ha habido aportaciones, salvo adquisiciones menores. La política de adquisiciones del museo se ha congelado, se ha parado, lo cuál si en un momento tuvo lógica ante la mala situación económica, creo que ha llegado el momento de volver a comprar otra vez. Un museo es fundamentalmente su colección y para que pueda seguir jugando este papel y pueda celebrar dentro de otros 20 años lo que celebramos ahora debe seguir adquiriendo una colección que le dé una identidad, que sea su columna vertebral.

P.- Quizá la cuantificación económica no es lo más importante en el arte, pero ¿cuánto se ha invertido en conformar esa colección de 134 obras y cuánto diría que es su valor hoy día?

R.- En la colección se han invertido aproximadamente unos 100 millones de euros y la valoración económica actualizada, con un informe externo, la última que tenemos multiplicaba el valor por siete u ocho. Es una revalorización muy significativa. Hay obras que se han multiplicado por 40, 50 o 60 veces.

P.- El museo ha ido incorporando multitud de actividades complementarias a las exposiciones: eventos sociales, conciertos, talleres, etcétera. ¿Son necesarias para hacerlo sostenible o buscar una integración social?

R.- El objetivo es que el museo se abra a la sociedad, que sea una institución viva y conectada con la comunidad que lo rodea. Es un complemento, acoger actividad artística que se manifieste en otras disciplinas, música, cine, danza, etcétera. También se ofrece el museo para que la sociedad lo utilice y de este modo ser también sostenible en su financiación. Una tercera parte de los recursos para poder funcionar nos viene de las aportaciones institucionales, otra parte de aportaciones privadas, 17.000 amigos del Museo, y otro tercio son los ingresos que genera en entradas, tienda, restaurante y demás.

P.- El millón de visitantes, ¿es el techo del museo?

El porcentaje de visitantes extranjeros sigue siendo de dos tercios frente a un tercio nacional»

R.- El millón de visitantes es como la velocidad de crucero ideal. En nuestro esquema de funcionamiento es la cantidad de visitantes en el que el museo está cómodo, que genera un nivel de ingresos suficientes para mantener el nivel de calidad. Además, el porcentaje de visitantes extranjeros respecto a los nacionales siga siendo el de dos tercios de extranjeros frente a un tercio de visitantes nacionales. Nos permite confirmar su proyección internacional. En realidad no es un tope, el año pasado lo superamos, este años también, rondará en torno a 1,2 millones, pero es un volumen adecuado para cumplir nuestros objetivos.

P.- ¿Se está trabajando el futuro del museo de forma adecuada o se corre el riesgo de vivir del pasado?

R.- No, creo que no. La colección del museo, por ejemplo, hay que retomarla. Los buenos resultados propician una situación buena para dar nuevos pasos. El museo debe contemplar sus necesidades de ampliación. No tanto por ampliar metros cuadrados sino el tipo de metros cuadrados. Este es un museo innovador que rompió moldes, pero cuyo diseño tiene ya 20 años. Respondía a un diseño y necesidades de un museo de hace 20 años. Han surgido nuevas necesidades, hay manifestaciones artísticas a las que este museo no puede responder de igual manera que a otras. Incluso la relación con los visitantes va cambiando y hay que anticiparse. Esa necesidad de ampliación está sobre la mesa desde hace años.

P.- ¿La propuesta de ampliarlo con un centro en el Urdaibai sigue teniendo vigencia?

R.- En esencia sí, quizá habría que modificar alguna parte. Es un proyecto muy inicial. Está por desarrollar.  Pero esta cuestión es algo que deberíamos acometer.

P.- ¿En estos 20 años qué artista se le ha resistido?

Hay artistas que no están en la colección porque estaban fuera de nuestras posibilidades»

R.- No hemos tenido resistencias personales, sí económicas. Hay artistas que no están en la colección no porque no quieran sino porque en el momento que podíamos acceder al mercado estaban fuera de nuestras posibilidades. Francis Bacon es un ejemplo, está fuera de nuestro alcance. Al menos tenemos una exposición para ver su obra.

P.- Usted lleva 20 años dirigiendo el museo. Hablamos de los políticos que se eternizan, pero usted lleva el equivalente a cinco legislaturas. ¿Está en su última etapa?

R.- No es algo en lo que pienso, pero objetivamente habrá que pensar que sí. No pienso demasiado en ello. Estoy a lo que me diga mi Patronato, que es el que me nombra. En mi voluntad no está dejarlo, llevó ligado a este proyecto 25 años. Tengo 60 años, pero de momento no pienso en ello.

P.- Cualquier personaje de relevancia y popular que haya visitado Euskadi, incluso España, ha pasado por aquí. ¿Cuál le ha sorprendido especialmente?

R.- Me viene a la cabeza una persona que ha venido varias veces al museo y que siempre pasea por él como un visitante más. Es John Malkovich. Otra persona que me sorprendió fue Daniel Barenboim, que es extraordinario.

P.- ¿Cuál diría que es el valor intangible que ha dejado el museo en estas dos décadas de vida?

R.- Diría dos. El más importante es haber ayudado a una comunidad que estaba pasando una situación complicada a reforzar su autoestima y confianza. La sociedad vasca vio reforzada su autoestima, el cambio siempre da miedo, pero ha sido muy positivo. Y ahora, con el museo consolidado, ha ayudado a la sociedad actual a abrir una ventana al mundo, ha dado un carácter más contemporáneo y cosmopolita a la sociedad vasca y ése es un valor fundamental.