La historia de Philip Glass ha sido la fantástica consecuencia de un conjunto de cabezonerías. Su vida estaba diseñada para ser lo contrario de lo que fue. Para llevarle por caminos más apacibles y seguros de los que él decidió recorrer. Pero como a otros grandes talentos, la perseverancia le ha llevado de país en país, de fontanero a taxista, de hijo de una familia judía a convertirse al budismo y después de película en película y de ópera en ópera. Le ha llevado de la tienda de recambios de su padre a convertirse en uno de los mejores compositores del siglo XX.

Pero el viaje para llegar hasta aquí ha sido más largo de lo que en un primer momento Glass imaginó. Su carrera empezó cuando decidió presentarse en la mejor escuela de música de Estados Unidos con un flauta vieja y desagradecida. «Señor Glass, ¿realmente quiere usted ser flaustista?», le preguntó uno de los profesores tras la audición. «En realidad, yo lo que quiero es ser compositor», respondió. Tardó un año más en poder ser miembro de la Juilliard School y otros 20, sobreviviendo como taxista, fontanero o mozo de carga para mudanzas, hasta que consiguió vivir de sus composiciones.

Uno de los creadores más importantes y originales del siglo XX»

Ahora, con casi 80 años, es considerado el padre de la música minimalista, «uno de los creadores más importantes y originales del siglo XX», aseguran los críticos. Él ha decidido contar su vida, pero sólo la mitad, en unas memorias que se presentan ahora en España. Palabras sin música (Editorial Malpaso) resume en casi 500 páginas, sobre todo, los primeros 40 años de la vida de Glass. Los viajes, los maestros, las religiones que han formado parte de él y de cada una de sus obras. Dedica sólo los últimos capítulos a su realidad más afortunada. Este es el primer capítulo de su autobiografía.

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«¿Quién hubiera dicho que él sería tan buen escritor como compositor?», se pregunta Martin Scorsese sobre esta autobiografía que empieza en el Baltimore de los años 30 dentro una familia judía y acaba cuando Nueva York por fin le agradece su talento. Su madre era una profesora que leía desaforadamente. Una mujer adelantada a su época, según el propio Glass, «un miembro temprano del movimiento feminista» sin saberlo ni mucho menos quererlo. «Se dio cuenta muy rápido de que las cosas no eran como debían ser para las mujeres».

Fue la que más apoyó a Philip y la que menos deseaba que se dedicara a la música. La vida de músico era para Ida Glass la peor de las vidas. «Estarás de país en país y de hotel en hotel», le dijo en forma de amenaza a su hijo. Lo que Ida no sabía es que el único sueño del mediano de los Glass era dormir en un lugar distinto cada noche. Ella le entregó un instrumento, una flauta, y la capacidad de estudiar un curso con tan sólo 15 años en la Universidad de Chicago.

Philip se graduó allí con 20 años, donde estudió matemáticas y filosofía, y al volver a Baltimore le dijo a su madre que su próximo destino era Nueva York. La Juilliard School le sirvió de trampolín para ir a París, de ahí a la India, donde dejó de lado sus convencionalismos americanos y se introdujo en la práctica del budismo. Una filosofía que marcaría desde entonces sus composiciones.

Volvió a Nueva York en 1967, sintiéndose avergonzado de todas sus composiciones anteriores y tomando a Samuel Beckett, al que había descubierto tiempo atrás, como influencia para su nuevo estilo de música; más sobrio, más suyo. Durante los primeros años sobrevive tocando con su grupo, el Philip Glass Esemble, en distintos ambientes de cultura underground. Todavía, los grandes no veían su potencial. Fue la ópera Einstein on the beach, en la que trabajó con Robert Wilson, la que le abrió las puertas a las que tanto tiempo llevaba llamando.

De ahí, al cine, a la producción instrumental de grandes discos. Hoy podemos encontrar en su lista de contactos nombres tan influyentes e importantes del panorama musical como David Bowie, con el que trabajó en sus discos Low y Heroes, o directores como Martin Scorsese, pues la banda sonora de Kundun es de Glass.

Sus memorias acaban antes de que sus composiciones fuesen alabadas como «paralizantes»

Tardó 40 años en cumplir un sueño que le acompañó desde la infancia. El mal fario de su madre se cumplió pero sin música de por medio, paso por muchos países y durmió en distintos sitios cada vez. Sus memorias se acaban antes de conquistar su sueño, antes de que su música sonara en medio mundo y que sus composiciones fuesen alabadas como «paralizantes».

Ahora, puede presumir de ser considerado uno de los padres de la música minimalista, de ser la pieza clave de la tensión de muchas películas, de contar cómo llegó hasta aquí sin saber que el largo camino tenía uno de los finales más fantásticos e inesperados. Tiene 79 años y celebra sus 40. Celebra sus primeras palabras sin música.