El mal no tiene nada de espectacular: es humano, comparte nuestro lecho y se sienta a nuestra mesa”, Wystan Auden.

El Teatro Real salda sus cuentas y, por fin, estrena Billy Budd, la obra maestra de Benjamin Britten que se podrá ver entre los días 31 de enero y 28 de febrero en coproducción con la Ópera Nacional de Finlandia y la Ópera de Roma. La obra, basada en un texto inconcluso de Herman Melville, pulula entre la maldad y la envidia, entre la angustia y el remordimiento, entre la ley y la injusticia del que manda. Billy Budd aterriza en las tablas del Teatro Real con una impresionante puesta en escena firmada por Deborah Warner, la gran dama de la escena británica y bajo la batuta de Ivon Bolton.

La acción transcurre en El indomable (1797), un navío de guerra británico en el que embarca Billy Budd, un joven marinero cuya bondad y candidez revolucionará a la oprimida tripulación. Su belleza despertará sentimientos encontrados en el Maestro de Armas que, incapaz de admitir su ambigüedad sexual, se obsesiona y jura destruir tanta perfección. “El indomable es un lugar donde nadie querría estar, una prisión. Esto es esencial para entender la obra”, sostiene Warner. Billy Budd será víctima del odio, la revuelta y la injusticia que rezuma el navío. Una acusación falsa, su tartamudez (defecto que tanto en la ópera como en la novela tiene un valor simbólico, ya que Billy siempre se queda sin habla ante la presencia del mal) y una agresión a un superior le llevarán a ser condenado a la horca. Su injusto final llenará de remordimientos al capitán por no haber sido capaz de evitarlo. Benjamin Britten incita al espectador a presenciar impotente tanta maldad, de manera que cuando el marinero acepta su destino, su desgarradora aria hostiga el alma colectiva del patio de butacas.

La música es un personaje más de esta historia en la que la homosexualidad pulula por la escena

El autor de obras como Peter Grimes, Muerte en Venecia o La violación de Lucrecia consigue que la música sea un personaje más de esta historia en la que homosexualidad pulula sobre la escena. Entre solistas y coro, Deborah Warner se ha enfrentado a un reparto 100% masculino encabezado por 5 tenores, 8 barítonos, un bajo-barítono y tres bajos, donde los papeles principales recaen sobre el barítono Jacques Imbrailo, el tenor Toby Spence y el bajo Brindley Sherratt.

Dos velas de fragata, 800 litros de agua, 14 cornamusas, tres plataformas móviles y cientos de metros de maroma dominan la escena para deconstruir El indomable. En su cuarto Britten, Warner ha trasladado el ambiente claustrofóbico del barco a un espacio escénico en el que la silueta del navío se evapora. “Confieso que al principio me resultó muy difícil enfrentarme a la obra para decidir cómo abordarla. Al final encontré la respuesta en la fuerza de la música de Britten. Me arriesgué a no juzgar a nadie de esta historia y me animé a recrear el alma y el sentimiento del barco. El espectador no va a ver un barco sino su esencia y su atmósfera”, confiesa la responsable de montajes teatrales como Happy Days, de Samuel Beckett; The Waste Land, de T. S. Eliot o Julio César, de William Shakespeare. Warner ha contado con la colaboración de Michael Levine (Diálogo de carmelitas de Robert Carsen y Rigoletto de Monique Wagemakers) para convertir el barco de Billy Budd en una inmensa cárcel flotante, lo que refuerza la universalidad de la obra.

«No tendrá presencia física porque queríamos algo mucho más poético, más abstracto, algo que diera la sensación de un barco, de movimiento, pero sin que se viera», destaca la directora de escena, experta en el teatro de Shakespeare, autor en el que ve rasgos comunes a Britten «por su preocupación por el género humano, su generosidad, su ternura y por no juzgar a los seres humanos, o por solo juzgar la mentira». Sobre la cubierta de El indomable se respira un universo visceral, sucio, masculino, en el que los marineros sobreviven realizando tareas sobrehumanas, absolutamente extenuantes y donde ser diferente puede convertirse en todo un peligro. Entre la amplitud y la claustrofobia, los personajes se desplazan con orden y limpieza, con la misma perfección con la que se mueve el engranaje de una maquinaria.

Deborah Warner bromea respecto a la ausencia de papeles femeninos ya que se enfrenta a una ópera 100% masculina

Warner defiende que se trata de una ópera espiritual. «Podría ser una parábola cristiana porque habla de la búsqueda de la verdad, pero en este montaje no se habla sólo del bien y el mal, el blanco o el negro, sino de la complejidad humana, algo que se potencia con la música creada para la ópera. En el fondo no resulta tan simple, no todo es blanco y negro, los tres personajes tienen sus aristas. Al principio, creía que el joven Billy era muy simple, pero alguien es capaz de perdonar y bendecir a su verdugo es mucho más inteligente de lo que nos pueda parecer en un primer análisis”, añade. «Por no hablar de la razón de la maldad y del remordimiento del capitán».

Warner bromea respecto a la ausencia de papeles femeninos. “Cuando me planteé este trabajo me dije: ‘¡Dirigir a 120 hombres!’, pero enseguida se te olvida que no hay mujeres. Esta obra tiene muchas capas, está llena de amor y ternura que se manifiestan en escenas de la vida en el barco”. Por su parte, Bolton sostiene que «las voces femeninas no se echan de menos por la brillante y tremenda variedad orquestal que Britten despliega en la ópera».

A pesar de todo, Billy Budd guarda un gran secreto. Entre las partes corales, interpretadas por 60 voces masculinas del Coro Titular del Teatro Real y por ocho voces de los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid, hay una chica. No lo intenten, no la van a encontrar. Resulta imposible de reconocer puesto que es uno de los niños del coro. “Tenía una melena larguísima que se ha cortado para poder participar en la obra”, concluye Warner.