Puro sexo y pura religión”, eso es Carmina Burana para Carlos Padrissa. “Posiblemente la pieza más representada y más popular del siglo XX. Una experiencia que entra por el estómago». Primaria, lasciva y visceral, para el director de La Fura dels Baus la obra es un apoteosis epicúrea, una canto al placer, a la buena vida y a los motores internos. Carpe Diem. Hablamos de Carmina Burana, una obra que se ajusta perfectamente al ADN de La Fura y que regresa a las tablas madrileñas bajo la batuta del maestro Josep Vicent, director musical y artístico del Auditorio de la Diputación de Alicante.

Fiel a la esencia de la compañía, Padrissa revela que la última intención de sus trabajos es calar en el espectador. “Nuestro teatro es el teatro del miedo, ese que te provoca y te hacer segregar adrenalina”. Desde su nacimiento, en 1979, La Fura se ha caracterizado por alcanzar el espectáculo total. Alejados del espacio escénico tradicional, sus montajes han evolucionado hacia la morbosidad, las perfomances y las instalaciones, siempre dotados de gran efecticismo. Hoy en día, la compañía funciona como una empresa artística de grandes espectáculos, que integra diversos registros del teatro de texto, el teatro digital, la ópera y el género cinematográfico.

Esta nueva versión de Carmina Burana, amparada por la «poderosa» música compuesta por Carl Orff  y basada en la que escuchamos a lo largo de los primeros nueve meses de vida: los latidos del corazón, incluye una obertura inédita «que, antes del inicio del concierto, sorprenderá al público de la sala» («la OberFura», como la define Padrissa).

Carmina Burana regresa a Madrid después haber actuado ante más de 150.000 espectadores y lo hace en las tablas del Nuevo Teatro Alcalá de Madrid del 9 al 19 de febrero. El montaje cuenta con la colaboración del coro de la Universidad Autónoma de Madrid, que suma esta participación a los actos conmemorativos de su 50 aniversario.

La Carmina de Padrissa es una invasión continua de impulsos emocionales, ya que tiene una vitalidad tremenda»

El escenario de Carmina Burana está presidido por un cilindro de ocho metros de diámetro, que envuelve y desnuda a la orquesta, sobre el que se proyectan imágenes que ilustran la obra de principio a fin. “Una apuesta atávica que conecta con la naturaleza y los instintos básicos del ser humano”. Como no podía ser de otra manera, el vestuario funde clasicismo y contemporaneidad para convivir con agua y fuego, elementos vitales del universo furero. Todos estos ingredientes acompañan a la brutal partitura de Orff. Para el maestro, “La Carmina de Padrissa es una invasión continua de impulsos emocionales, ya que tiene una vitalidad tremenda. La música es una vibración, un elemento físico que llega a tu cuerpo. De las artes, es la más directa y es capaz de movilizar algo enorme en tu interior», matiza el director musical.

Vicent defiende con vehemencia una partitura «excepcional» y un trabajo en equipo, «donde todo está a la misma altura, por lo que, el éxito de la función se encuentra en el respeto a las distintas profesiones creativas”.

El texto de la cantata de Orff proviene de los cantos goliardos de los siglos XII y XIII plasmados en un manuscrito encontrado en un monasterio benedictino de Benediktbeuern (Alemania) en el siglo XIX. Como homenaje a su esencia, el maestro ha incluido el simandre, un instrumento que usaban los monjes en los antiguos claustros griegos, una pieza de madera que golpeaban de manera rítmica para llegar a la meditación.