Escribía suplicando por un puñado de francos para llegar a fin de mes. Sus cartas eran una humillación constante ante sus amigos, y los no tanto, para poder pagar sus pinceles, sus colores y los medicamentos que necesitaba su mujer. Claude Monet (París, 1840-Giverny, 1926) fue el genio de las tonalidades y un pintor necesitado. Su visión del mundo era más colorista que el mundo original y eso, y la falta de dinero, le llevaron a terribles depresiones y a redactar misivas desgarradoras.

Pasó gran parte de su vida sumido en deudas e intentando conectar con un público que pasaba del amor a la indiferencia en periodos cortos de tiempo. Su historia fue una continua lucha por sobrevivir al desamparo. Un artista de los de película, con la genialidad como único sustento y sin un duro. Así lo muestra Yo, Claude Monet, el documental que acaba de estrenarse y que nos narra la vida del autor de la mano de las cartas que envió a su primera y a su segunda mujer, a su marchante de arte y a sus compañeros de grupo. Pissaro, Manet, Degas… son sólo algunos de los destinatarios de sus folios llenos de miedos, alegrías, reflexiones, súplicas e historias familiares.

Me dijo que tenía talento y que tenía que trabajarlo”

“Siempre he sido un rebelde”, asegura la primera de las cartas que se narran en una voz en off que envejece a la vez que el pintor. Habla sobre su infancia. Sobre la capacidad de llevar la contraria desde su juventud hasta el final de sus días.

Monet nació en París recién estrenada la década de los cuarenta del siglo XIX. De padre comerciante, con tan sólo 15 años sus manos ya eran capaces de crear buenas caricaturas y, como él, contó en una de sus cartas, “era muy conocido por este trabajo”. Su vida dio un vuelco cuando Eugene Boudin se fijó en él. “Me dijo que tenía talento y que tenía que trabajarlo. Que hiciera cosas mejores”. Y lo hizo. Se matriculó en una escuela de Arte y los profesores fueron derivándolo porque aprendía demasiado rápido para mantenerlo en sus clases. Pasó de marrones agrios a verdes, rojos, naranjas y, sobre todo, a sus azules. El color cogió en él una fuerza indestructible.

Caricatura del notario León Marchon.

Y aquí empezó la pesadilla que le acompañaría hasta su muerte, la falta de dinero. El padre de Monet no pensaba financiarle más su vida como artista y le cerró el grifo cuando el pintor decidió ponerse a ayudar en el atelier de Charles Monginot y le intentó recuperar amenazándole con el servicio militar. Monet tenía que pagar 2.500 francos para evitar pasar 7 años en Argelia. Le pidió, desesperado, el dinero a su padre, que le dijo que se lo pagaba si volvía a casa a hacerse cargo del negocio familiar.

En 1861 Monet emprendía su viaje a Argelia, las fiebres pagaron su factura y le devolvieron a Francia en menos de un año. Regresó como pintor y, otra vez, sin sustento. Se instaló de nuevo en El Havre y todo comenzó a tomar forma. Fue Auguste Toulmouche, pintor parisino y emparentado a la familia de Monet, el que le abriría las puertas de lo que posteriormente sería su movimiento. Entró en el taller de Charles Gleyre y ahí conoció a Renoir, a Sisley y a Bazille. Juntos acudían al Café Guerbois, donde coincidieron con Zola, Nadar, Cézanne y Degas, que junto con Manet rehuían del arte establecido. Comenzaba el espectáculo.

Llegaron las exposiciones y las ventas y los encargos. Monet comenzaba a trabajar y la crítica le daba palmas. Fueron dos de sus marinas las que le llevaron al Salón de París y a los periódicos. También llegó Camille Doncieux, una joven a la que Claude utiliza como modelo y con la que comenzó una relación que acabó en matrimonio. Fue su retrato, con un vestido verde, el que le consiguió aún más encargos, más seguidores, mejores críticas. Pero, otra vez, volvió el problema del dinero.

Camille Doncieux.

Camille Doncieux.

Camille no tardó en quedarse embarazada y en 1867 dio a luz a Jean Monet y a un montón de deudas. “Mi mujer y mi hijo necesitan atenciones médicas que no puedo pagar. Le ruego me envíe algo de dinero”, fue la carta escrita por el pintor a su amigos y a algunos conocidos. Volvía la precariedad y esta vez la padecía su familia.

La Guerra Franco-Prusiana le obligó a abandonar Francia e instalarse en Londres.  Un imprevisto que le hizo volver a coger las riendas de su vida. Fue en esta ciudad donde conoció al mercader de arte Paul Durand-Ruel y se encontró con las obras del paisajista William Turner. Su trabajo dejó un poso fuerte en Monet, que tras volver a Francia ve cómo la muerte de su padre, que le deja una pequeña herencia, y la dote de su mujer le convierten por fin en un burgués que se afinca en Argenteuil.

Fueron los paisajes de esta zona y su incorporación al grupo Sociéte Anonyme Coopérative d’ Artistes lo que le llevaron a formar parte de un nuevo movimiento, de un nuevo concepto del arte: el Impresionismo. A partir de 1872, Monet se interesó por el estanque de Argenteuil como lugar idóneo para adaptar su técnica a la representación rápida del agua y la luz.

'Impresión sol naciente'.

‘Impresión sol naciente’.

Es la exposición que el grupo realiza en 1874 en el Boulevard des Capucines de París y su obra Impresión sol naciente lo que la crítica encumbra bajo el nombre de Impresionismo. Eran Los de Manet y ahora ya eran protagonistas. Es en ese momento cuando Monet coge fuerza, impulso y piensa que, por fin, el camino es cuesta abajo.

Pero nace su segundo hijo, Michel, y las complicaciones en el parto hacen que vuelvan las deudas. Además, al poco tiempo de dar a luz, la mujer de Monet vuele a quedarse embarazada y es un aborto mal llevado lo que acaba con ella y casi con Claude. Camille fallece y el pintor se ve sólo, otra vez sin dinero y sin la que había sido su sustento anímico. Las cartas vuelven a ser una retahíla de súplicas y desencantos, de miedos y soledades, de pobreza. “Me he quedado sin colores, ya no puedo ni trabajar”, escribe a uno de los miembros de su grupo.

No era su primera caída y no tardó en volver a levantarse. No pasaron muchos meses y se enamoró de Alice Hoschedé, una viuda con seis hijos con los que se traslada a Vétheuil. Allí continúa trabajando en la idea que adquirió del estanque de Argenteuil. Sus plantas, su agua, su azul. Y, aunque es considerado el jefe de los Impresionistas, no participa ni en la quinta ni en la sexta exposición que realiza el grupo a principios de los ochenta.

“El movimiento me acusa de egoísmo”, asegura, y tira por libre mientras sus cuadros son rechazados en varias exposiciones. Pero la falta de dinero le hace volver a arrimarse y su situación mejora durante algún tiempo. El Impresionismo vendía y él se apuntó al carro. Es a mediados de los ochenta cuando se asienta en Giverny con su nueva familia y crea su famoso jardín, el que le hizo perder la cabeza y alcanzar la plenitud de sus colores. Viaja por la costa con Renoir para pintar la Francia mediterránea, se traslada un tiempo a los Países Bajos y a Inglaterra para plasmar sus colores, tan distintos a los de Giverny, y empieza a perder la vista y a asumir que Giverny será la última de sus paradas.

Nenúfares de Monet.

Nenúfares.

“Veo muy mal por un ojo, aunque por ahora el otro se salva”, le escribe a su médico, que le obliga a pasar por una angustiosa operación. Ya es un anciano pero nacen en él sus conocidas series de nenúfares, que vuelven a llamar la atención de la crítica y de los museos y salas de exposiciones. Se queda en Giverny viviendo solo, Alice muere y sus hijos generan familias. “Trabajo 12 horas al día, sin parar, estoy exhausto. Los azules empiezan a hacerme daño, me aterrorizan. No sé por qué me dijo usted que me operase”, le vuelve a escribir a su médico.

Sigue pintando, sigue cogiéndole miedo al azul y fallece en su casa en 1926. Sus últimas composiciones de nenúfares son reflejo de su ceguera, manchas de color, una anticipación de un arte abstracto que él nunca consumió. El reflejo de la vejez de un hombre que sólo fue artista.