Doscientos escaparates, miles de obras que esperan ser vistas por algún ojo amable y cientos de personas que pasean mientras miran por encima el producto. ARCO vuelve a Madrid. Lo hace con sus 200 galerías, sus decenas de países y con mucha mercancía. Los estands esperan ansiosos, sus dueños salen de entre las paredes de quita y pon como águilas hambrientas en busca del perfil idóneo que quiera, y pueda, hacerse con alguna de sus obras. Este año la más cara es una escultura de Juan Muñoz de 1,5 millones.

Permanecerán en los pabellones 7 y 9 de IFEMA hasta este domingo 26 de febrero, expectantes, aunque el verdadero negocio se hizo ayer cuando se abrieron las puertas a los grandes coleccionistas y a sus séquitos de expertos en arte contemporáneo.

Un lugar de encuentro donde especialistas, artistas y comisarios pueden debatir y compartir ideas»

El arte como negocio que es, al fin y al cabo, el motor de su supervivencia pero que ahora está más mercantilizado que nunca. Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía de Madrid, lleva toda la mañana en la feria, entre estand y estand, y entre puesto de zumo y puesto de agua con limón (los que más público atrajeron ayer, sin contar con la sala VIP).

Para él, «ARCO es obviamente una feria, con la función principal de comprar y vender, pero si tiene algo especial es que se ha convertido en un lugar de encuentro donde especialistas, artistas o comisarios pueden debatir y compartir ideas».

Reflejo de esta tendencia es el nuevo programa Diálogos. Una iniciativa experimental que han aceptado 12 galerías. Se trata de que cada una de ellas exponga a dos artistas y que las obras de estos hablen entre ellas. «Dos diálogos visuales que se generan aspirando a crear nuevos espacios de contemplación activa e intercambio de contenido que nutre y hace posible el arte», aseguran desde ARCO.

Diálogos y Argentina

La galería Alexander and Bonin, de Nueva York, o Nara Roesler, de Sao Paulo, han sido dos de las seleccionadas para esta iniciativa que ha sido comisariada por María de Corral, Catalina Lozano y Lorena Martínez de Corral. En ella también nos encontramos con dos argentinas, procedentes del país invitado este año.

Borja-Villel ha pasado gran parte de su mañana en los estands dedicados a este país. «Aún me queda mucho por recorrer pero he visto, como es natural, muchos artistas latinoamericanos que trabajan sobre todo con prácticas conceptuales de los años 60 70 y que se están redescubriendo desde hace unos años y que forman parte esencial del arte actual», asegura.

Existe un interés por el proceso, un cierto compromiso artístico, un interés por la forma»

Ha sido Inés Katzenstein, directora-fundadora del Departamento de Arte de la Universidad Torcuato Di Tella, la encargada de elegir a las galerías participantes dentro del país invitado. En total 12, aunque sólo dos pisan por primera vez está feria. Artistas como Eduardo Basualdo, Sebastián Diáz Moralez, Adriana Minoliti o Mercedes Azpilicueta son algunos de los que han presentando sus obras en esta edición.

Se trata de la 36º edición de ARCO, que vuelve a contar con más de veinte países distintos pero que mantiene la fuerza del arte español. Para Borja-Villel, «muy similar al de otros países: la globalización afecta a todos los ámbitos y también al arte. Como en el resto de lugares hay un interés por el proceso, un cierto compromiso artístico, un interés por la forma, muy distinto al de la modernidad».

«Lo que destacaría, incluso en una feria que no es el lugar para ello, es la transversalidad de las disciplinas, los distintos medios. El medio, la técnica, no es el centro de sus prácticas», añade. Algo similar a lo que horas antes había asegurado Norman Foster en la Feria. «En la creación no existe la hoja en blanco. Todos estamos conectados».

El muro de Trump en ARCO

Una transversalidad y una conexión que llevan a obras más comprometidas, más intensas, que llegan de otra forma al público. En declaraciones a Europa Press, el galerista Pedro Cera ha hecho hincapié en esta idea y cómo ayuda a la evolución artística. «Ese había sido uno de los problemas de años anteriores, la gente se interesaba más por un trabajo sin sentido que por los de profundidad intelectual. Había un lado superficial», ha asegurado.

Esa profundidad se puede observar en una de las obras de la galería alicantina Aural, que proyecta un vídeo donde un muro interminable divide Estados Unidos y México. El montaje forma parte de la obra La partitura de Máximo González.

Se trata sin duda de otra muestra de la conexión de esta feria con Latinoamérica, que llevan enfatizando desde su nacimiento y que siempre trae a España las problemáticas sociales y políticas de sus naciones a través de sus obras de arte.