Tenía apenas siete años cuando se lo contó. Lo hizo con crudeza, sin esconderse ni rebajando un ápice la gravedad de sus crímenes. “Hijo, soy un bandido y me dedico a esto”. Le miró fijamente y continuó detallando a qué se refería con “esto”: “Lo recuerdo bien. Me lo dijo sin medias tintas. ‘Soy un narco, pongo bombas, secuestro y a éste y aquel los maté…'”.

Quien hablaba era el narcotraficante más buscado del mundo en los años 80, Pablo Escobar Gaviria. Pero para quien le escuchaba, Pablo Escobar hijo, sólo era su padre, el mismo papá que años después le daría indicaciones precisas para suicidarse si llegaba el momento “y estábamos rodeados”: “Siempre decía que el tiro debía ser preciso, en el oído”.

Tres décadas después, aquel hijo ya no se llama Juan Pablo ni se apellida Escobar, prefirió estrenar identidad en 1993 tras la muerte de su padre. Hoy oficialmente se llama Juan Sebastián Marroquín, pero como ya hacía Juan Pablo, continúa marcando una línea roja que fractura al bandido y al padre, al ogro dispuesto a dar las ordenes más crueles imaginables y al progenitor “amoroso” que dice que tuvo la fortuna de conocer. Dos almas en un mismo cuerpo. Repudia la primera, reivindica la segunda.

No lo mató el Ejército colombiano, el se pegó un tiro donde siempre me dijo que se lo pegaría (en el oído)”

Ahora ha descubierto que Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso de todos los tiempos, no le contó todo. Que su historia aún ocultaba demasiados recovecos propios de una vida en huida permanente y siempre caminando sobre el filo de la muerte.

El hijo que aprendió a no utilizar el teléfono para no dar pistas de la guarida, a convivir con el miedo y a recibir la ternura del capo más cruel del Cártel de Medellín, ya contó su historia en su primer libro. La misma que prometió no volver a escribir. Ha incumplido su palabra, y lo hace para incorporar episodios que su padre nunca le contó, detalles de su vida que siempre le ocultó y que ahora, tras meses de investigación, ven la luz en su segundo libro, Pablo Escobar, lo que mi padre nunca me contó.

En él detalla los vínculos entre los servicios secretos de los EEUU y el narcotráfico en su lucha contra el comunismo en Centroamérica, la lista de los enemigos narcos de su padre, los 28 errores de la serie Narcos o las últimas horas de su padre antes de morir.

El suicidio, su última arma

No oculta que escribirlo ha sido doloroso. Ha buceado en los lugares más duros de su memoria, aquellos en los que oculta el instante en el que rodeado de generales aquel adolescente de 16 años recibía la llamada de su padre oculto en la guarida en la que estaba siendo vigilado.

“El sabía que iba a morir. La víspera de su muerte había un claro deterioro físico y mental en él. Yo recordaba a un Pablo Escobar equivocado pero valiente, echado para adelante y optimista, para quien ningún problema era lo suficientemente grande y siempre capaz de sortear cualquier obstáculo”, afirma.

Para este libro, ha reconstruido aquellas 72 horas finales en las que se libró la caza del narcotraficante más buscado del planeta, el más escurridizo y el que inyectó la corrupción y el terror en la política colombiana. El mismo que llevó a cabo la máxima que solía repetirle “llevó 15 tiros en mi pistola, 14 para mis enemigos y el último para mi”.

“Eran las tres de la tarde. No tenía zapatos porque en realidad ya no quería huir. El siempre me enseñó que no había que utilizar el teléfono, que era sinónimo de muerte. Pero aquellos días el llamó. Aquel 2 de diciembre de 1993 lo hizo hasta en siete ocasiones. Sabía que le ubicarían y por más que yo le decía, ‘abuelita no me llame más que estamos bien…’ seguía haciéndolo”.

Escobar había imaginado muchas veces cómo sería su muerte. Estaba preparado para aceptarla en el momento que fuera preciso. Su hijo asegura que ya con 23 años decía que si a los 30 no tenía un millón de dólares se suicidaría. También estaba presente en el lema que empleó en 1986 y en el que aseguraba que “prefería una tumba en Colombia que una cárcel en EEUU”. Y finalmente lo hizo, su hijo no tiene dudas. No lo mató el Ejército colombiano, “el se pegó un tiro donde siempre me dijo que se lo pegaría (en el oído)”.

Asegura que la CIA y la DEA de los EEUU tenían vínculos con el narcotráfico colombiano para pagar su lucha contra el comunismo en Latinoamérica.

A Juan Pablo el miedo ya no le asusta. Tampoco para denunciar vínculos entre la CIA y la DEA estadounidense con el narcotráfico. Incluso para detallar cómo funcionaba la ruta de El tren, como le llamaba por su precisión Escobar, y que comunicaba Medellín y Miami en una suerte de puente aéreo de la cocaína por el que circulaban semanalmente cientos de kilos de droga con la protección, asegura, de los servicios secretos de EEUU.

“Estos vínculos siempre han existido y siempre existirán”. No oculta que tal descubrimiento, obtenido gracias también a la colaboración del Aaron Seal, hijo de Barry Seal, propietario de la que denominaba The Marihuana Air Force y confidente de los EEUU, le suscitó dudas sobre la necesidad de publicarlo. “Pero mi compromiso es con la verdad de la historia, duela a quien duela”.

Y para contarla se ha reunido con los enemigos más acérrimos de su padre, los mismos que inicialmente lo tuvieron como amigo, después como socio y finalmente lo sufrieron como enemigo y responsable de la muerte de familiares y amigos. En este contexto, a Pablo Escobar hijo no le han faltado las presiones procedentes del entorno de su padre, del sector “conectado” con la CIA y la DEA, puntualiza, y amenazas para que guarde silencio.

“Incluso algunos me reprochan no haberme convertido en el Pablo Escobar 2.0. El libro ya está publicado, me pueden matar y se venderán el triple de libros, es un libro que ya tiene vida propia”, afirma con frialdad.

Una vieja ‘alianza’ con el miedo

Hace muchos años que perdió miedo a la muerte. Es lo que regó su infancia y adolescencia hasta que con 16 años la muerte de su padre le hizo decantarse entre heredar el mal o resarcirlo. La muerte no está en su lista de pesadillas, “mi padre siempre decía que el día que nos toca es ése y no otro, nadie muere en la víspera”.

Y situaciones para bordearla las ha tenido por doquier. Vivir en una amenaza constante no es sencillo y el miedo y él tienen forjada una vieja amistad para sortear la muerte. “Nosotros hemos atravesado tantas circunstancias de violencia, hemos tenido que negociar con tantos bandidos en esta vida… Nos hemos salvado milagrosamente de atentados terroristas, nos han caído granadas en los pies… El miedo y nosotros nos relacionamos de manera diferente porque lo hemos experimentado decenas de veces”.

No se puede contar su historia de modo que muchos me digan que quieren ser narcotraficantes como él, como se muestra en Netflix”.

Con su última publicación Juan Pablo también aspira a despertar conciencias y levantar velos. El verdadero mercado de consumo está en los EEUU y los cárteles sudamericanos en realidad no hacen sino surtirle. Defiende la regulación de la droga como el mejor remedio para luchar contra el narcotráfico, “legalizada ya está, cuando llega a cualquier casa del planeta, lo que falta es regularizarla”.

Se muestra convencido de que de haberlo estado en los años 80 su padre nunca jamás hubiera sido el personaje que hoy reflejan series de televisión, documentales y películas. Una imagen cinematográfica cargada con dosis de épica y glorificada que afirma que está siendo muy perjudicial.

“No se puede contar su historia de modo que muchos me digan a través de las redes que quieren parecerse a él, que quieren ser narcotraficantes como él, como se muestra en Netflix”. Se refiere a la serie Narcos, que emite esta plataforma y que en su opinión incurre en numerosos errores que terminan por revestir de cierto “glamour” la figura de Pablo Escobar, “a una historia que no la tiene”.

Serie en la que no se contó con él y su familia, pese a ofrecerles el acceso al amplio material documental del que disponen, y que considera que se rechazó a un intento por obviar los vínculos con organismos de EEUU que denuncia en Pablo Escobar, lo que mi padre nunca me contó.

Nos hemos salvado milagrosamente de atentados terroristas, nos han caído granadas en los pies… El miedo y nosotros nos relacionamos de manera diferente”

Subraya otro dato que cuestiona el papel jugado en todo este negocio por los Estados Unidos, en un binomio entre armas y drogas, “es el gran mercado, las armas se producen y exportan desde EEUU a Latinoamérica y casualmente nadie parece verlas salir, pese a que llevan su número de serie, y la droga sale por miles y tampoco allí nadie la ve entrar”.

Un mito construido en torno a su figura que hoy no se produciría. Juan Sebastián Marroquín está convencido de que el Pablo Escobar de los años 80 hoy sería un narco traficante “que se quedaría en pañales” ante las organizaciones que manejan el negocio en el mundo.

“En Colombia fue un escándalo la primera vez que lo dije. Pero piénsenlo, mi padre se ufanaba de meter 500 kilos en EEUU y hoy cualquier narcotraficante manda 4.000 kilos y si le va bien, 30.000 porque tiene quien se los compre. Si se revisa la superficie cultivada entonces y se compara con la actual es imposible no darme la razón”, asegura.

Cuando mira atrás prefiere recordar únicamente el lado más humano y paternal de Pablo Escobar, el amante de los coches y los animales, el hombre familiar. Es el que por ahora muestra a su hijo de cinco años y al que algún día contará toda la verdad, sin ocultar nada. Hasta entonces su reto es inculcarle los valores suficientes para que pueda “elegir no convertirse en alguien como su abuelo”.

Prefiere quedarse con la imagen que enamoró a su madre, la de un hombre soñador, que aspiraba a construir universidades, centros deportivos, carreteras y centros de salud para reinventar Colombia pero que el narcotráfico truncó para transformarlo en un bandido.

Entre tanto, Juan Pablo Escobar hijo o Juan Sebastián Marroquín, las dos caras de una misma vida, continuará trabajando por promover la reconciliación y perdón en sus apariciones públicas que ahora le llevarán por medio mundo y soñando con una Colombia dispuesta a abrazarse al dialogo y enterrar el recurso de la violencia para dejar “de resolver todo a tiros”.