Desde que Alex de la Iglesia llegó a la capital el director bilbaíno se ha dedicado a explorar con su cine el ADN del madrileño, o el ADN del español, que debe ser la misma cosa que del humano. Encontró las lindes de la ciudad con el infierno en El día de la Bestia y dio con la mismísima semilla del mal en La Comunidad. Ahora ha tomado la unidad elemental de Madrid, El Bar, nombre de su nueva película, para hacer, de nuevo, una historia universal con la villa, siguiendo el patrón madrileño, español y, al fin y al cabo, humano.

O no, con Alex de la Iglesia no está claro: “El afán alegórico que algunos ven en mi cine no lo es tanto o, por lo menos, intento disimularlo. Me gusta que la historia se explique, que tenga su consistencia. Me da mucho reparo utilizar símbolos evidentes; en esta película las cosas funcionan porque los personajes están elegidos al azar”.

Así es como el director juntó a los personajes de la película que estrena este fin de semana, atrapados en un bar: tienen que vivir una situación límite. “Nos sentamos en un bar, El Palentino, y vimos quién entraba. Un día pasaba el barrendero municipal, había dos tipos sentados en una mesa con aspecto siniestro y cansado, luego está la dueña que es la dictadora que tiene a su esbirro haciendo sándwiches y en la barra un oficinista, un director de una sucursal que se repetían todos los días y, por supuesto, la señora a la que no le veíamos la cara en la máquina jugando”, cuenta el realizador.

El resultado de este casting es un retrato azaroso de la parroquia de este mundo tomado desde un bareto de Malasaña. “Un bar se parece al planeta, a nuestro mundo, y por eso me resulta muy atractivo romperlo en ese momento de mayor estabilidad. Todos creemos que estamos en un mundo estable y confortable. Pides un café en el momento de mayor confianza en la realidad, que es a las 9:00 de la mañana: recién levantado, las cosas funcionan, las tiendas están abiertas y en ese momento… ¡Boom! Un disparo y todo se va al garete, todo se destruye, porque en realidad vivimos en una especie de ficción de estabilidad, ficción de seguridad”, asegura De la Iglesia.

Ese espacio en el que habita la normalidad de los madrileños ha sido taxonomizado por el periodista Mario Suárez en El bar, historias y misterios de los bares míticos de Madrid (Editorial Lunwerg), que acompaña a la cinta en fecha de lanzamiento y cuenta con la participación del cineasta. “Madrid está unido a sus bares de manera intrínseca, no se entiende la vida de esta ciudad sin sus bares. El madrileño vive en los bares, los disfruta, los ama, celebra y llora en ellos, y lo hace a diario, desde que desayuna hasta que se toma la caña después del trabajo. Incluso come en bares, en sus barras..”, explica el autor.

En un bar al lado tuyo puede estar sentado un asesino múltiple o el director de un banco, que sería parecido»

Alex de la Iglesia podía haber hecho una película en un centro comercial o en los mil sitios que asegura haber manejado, pero eligió el bar porque reúne unas condiciones especiales: “Más que un lugar es una situación de la vida de las personas, una situación en la que las personas se ven muy cercanas unas a otras y sin embargo no hablas con ellos, hablas con el camarero y si preguntas algo lo haces a través del camarero. En un bar al lado tuyo puede estar sentado un asesino múltiple o el director de un banco, que sería parecido, o puede estar una persona que cambie tu vida para siempre porque es persona de tu vida o es una persona encantadora. En un mismo entorno puede haber personajes completamente heterodoxos pero, sobre todo, unidos por un extraño destino común que es darse un tiempo en la vida, es una imagen del mundo, de un microcosmos curioso”, explica De la Iglesia.

El libro de Mario Suárez es un selección muy heterogénea; eligió los bares porque “tenían una historia que contar y estaba vinculada con la propia de Madrid, y aquí Álex de la Iglesia también hizo su aportación”, explica.

Madrid es incómoda, y el hecho de que no pretenda agradar a mí me resulta confortable

De la Iglesia tiene su propia teoría de Madrid, como en su película, parece que todos pasaban por ahí. “Madrid es el mismo caso que El Palentino, es muy parecida a El Palentino en el sentido de que a Madrid casi todo el mundo viene de otro lado. Eso ya me gusta. Es una ciudad francamente ecléctica, cuesta encontrar a una persona que diga que es de Madrid de toda la vida, hay pocos, hay mucha más gente de fuera que llega a Madrid con algún tipo de esperanza mística buscando un tipo de seguridad. Es una ciudad que es capital pero es muy pueblo y, por último, es una ciudad que no quiere agradar, no pretende ser bonita. Madrid es incómoda y el hecho de que no pretenda agradar a mí me resulta confortable. Es como el bar, es un sitio que, ¡joder, no es bonito, pero es mi bar! Es un sitio que estás a gusto, nadie quiere ser simpático, eso lo hace confortable y cercano. Yo tampoco soy simpático. Te digo ‘un café con leche y un bollo’ y déjame, no me agobies que tengo unos problemas de la hostia. Pero estar con un grupo de gente con problemas de la hostia hace que la vida sea llevadera. Me gusta mucho Madrid por eso», concluye el director.

Los bares de viejo, esos a los que los guiris hacen fotos a su suelo lleno de palillos y huesos de aceituna, como El Palentino de Malasaña, están en riesgo de desaparición con la invasión de lo chic, pero algunos se están salvando con jóvenes propietarios. “Recuperar estos bares es alimentar la historia cotidiana de Madrid, es darle la vida que necesitan y no olvidar que en sus barras se creó mucho de lo que es la ciudad y sus gentes. Estos bares son patrimonio de lo costumbrista, y ahora que muchos jóvenes los recuperan, como el bar Benteveo, manteniendo y respetando su estética es algo a valorar”.

No es casual la presencia en la película de un hipster interpretado por Mario Casas ya que son estos los que empezaron entrar en este tipo de bares atraídos por su estilo vintage. Ahora, para el culto a los bares de toda la vida quedan para la posteridad la película de Álex de la Iglesia y el libro de Mario Suárez.