Rafael Moneo (Tudela, 1937) posee la elegancia del que habla lento y piensa rápido. Esa fuerza del que te hace afilar el oído por el tono neutro de su voz. Es de los arquitectos de Madrid, de aquellos que pensaban dentro de un lenguaje común que ahora carece de afiliados. Terminó la carrera en 1961, el mismo año que recibió el Premio Nacional de Arquitectura junto a Fernando Higueras. En el 96 se convirtió en el primer español en ganar el Pritzker. Su trayectoria es tan impecable que no genera ni envidias. A día de hoy sigue trabajando, sigue empezando con dibujos, reivindicando la importancia de los mismos en un mundo lleno de programas de diseño.

Ahora, el Museo Thyssen-Bornemisza, que restauró él mismo hace 25 años, presenta su mayor retrospectiva. Una muestra que incluye 52 proyectos y que ha estado comisariada por Francisco González de Canales y que pretende reivindicar «la arquitectura como cultura y como forma específica de conocimiento». «La exposición enseña cómo Moneo resiste, refleja y absorbe todos los intereses diversos de su época para conformar una reflexión cultural propia», asegura.

Una reflexión que siempre, o casi siempre, va acompañada de bocetos. «El dibujo ha sido desde el Renacimiento el instrumento utilizado por el arquitecto para representar sus obras. La Arquitectura se ha pensado con la ayuda de éste», asegura Moneo a El Independiente. Por eso en Rafael Moneo. Una reflexión teórica desde la profesión son los que más espacio ocupan, los que más enseñan y lo hacen en uno de sus edificios, 25 años después.

Maqueta del Museo Thyssen-Bornemisza.

Maqueta del Museo Thyssen-Bornemisza.

«El Museo Thyssen ha respondido muy bien. A mí me gustaría haber envejecido como él», asegura, y añade que estos proyectos tienen una importancia descomunal. «Me atrevería a decir que sientes cierta propiedad, casi como una madre cuando da a luz. Hacer que el edificio esté más allá de uno mismo, cuesta. No termino nunca un edificio con gusto. Por un lado hay alivio pero por otro la sensación de apartarse de algo en lo que has trabajado muy activamente. Pero el edificio adquiere vida, vive por sí mismo y en este caso la evolución ha sido maravillosa».

Lo mismo piensa de Atocha, siempre afianzando la idea del contexto. De cómo el edificio no puede ir por libre. «Cada vez veo más los edificios como algo que vive inmerso en la ciudad y que abre un nuevo juego en ella. Cuando veo Atocha, por ejemplo, me alegra ver que lo que se hizo en su día ha dado pie a lo que tenemos actualmente», asegura y añade que «es cierto que en un mundo en el que los valores individuales tienen tal predominio como ocurre en nuestros días no es raro que el trabajo de los arquitectos subraye esa condición individual tan característica del ahora».

Atocha, 1984-1992.

Atocha, 1984-1992.

Esa filosofía le ha llevado a permanecer ajeno a la monumentalidad, a lo comercial, aunque siempre con un pie en el momento. «Esta exposición permite ver reflejos de lo que han sido las discusiones de la Teoría de la Arquitectura desde los 60 hasta ahora. No he estado tan ajeno a las tendencias. Yo veo mi trabajo suficientemente amplio y extenso. En general, si vuelvo a mucha de la obra hecha no creo que la hubiera abordado hoy de manera muy diversa. Quizá con unas condiciones de presupuesto mejor podría haber conseguido más, pero no le habría dado un cambio profundo», alega.

Mantiene su ojo en cada uno de sus proyectos y la necesidad de enseñar quizá por encima de la de crear, lo que le ha hecho mantenerse con un equipo más pequeño de lo que su nombre podía generar. «Seguramente no me he sentido tan tentado por trabajar dentro de una organización mucho más amplia; en el fondo he disfrutado con mi trabajo y el estar tan en contacto con él pues no me ha dado pie para hacer un estudio muy grande. Tampoco sé si tengo dotes organizativas. Mi perfil como arquitecto tiene que ver con mi condición de estar ligado con la enseñanza y he utilizado gran parte de mi tiempo en ella».

En esta muestra se puede comprobar su dedicación en cada dibujo, en cada maqueta, en todos los resultados. Engloba su trayectoria de manera cronológica y él pasea orgulloso por ella. Pero al hablar de Moneo no se puede dejar de lado las cientos y cientos de páginas que ha escrito con reflexiones, técnicas, enseñanzas. «Me gustaría ver de qué modo ordenar lo escrito y que pudiera ser material para examinar lo que ha sido un determinado momento en la arquitectura. Me gustaría poder hacer una selección que me permitiese acompañar mi trabajo arquitectónico. Pero, de todas formas, el que esté interesado puede encontrarlos en internet», dice esperando a que le busquen. A Moneo, ya con 80 años, sólo se le ha escapado el concurso para renovar el Bernabéu, pero nadie le gana en Recoletos.