Justin Rose y Sergio García habían llegado empatados al último hoyo del último día de competición. El británico había fallado su putt por milímetros y Sergio, aún El Niño a sus 37 años, tenía uno de metro y medio, recto, para ganar el Masters de Augusta. Para entrar en la historia de los grandes, por fin, 74 participaciones después. Para vencer a todos sus miedos, a todos sus fantasmas, a todas las voces internas que le llevaron hace tres años a reunir a la prensa española y, en el mismo escenario que ayer, soltarles ese lamento desesperado tras no superar el corte del segundo día: «Quizás no valga para ganar un grande».

Era el putt que había fallado siempre, durante toda su carrera. El que le ponía los peros a sus definiciones. Sergio García ha sido durante dos décadas «el mejor golfista sin un grande» y «el mejor jugador del tee al green«. Pero. En sus manos estaba la opción de dejar todo eso atrás, vestirse de verde, redondear de una vez el halago y cumplir con el deseo de prácticamente cualquier aficionado que en ese momento estuviera delante de la pantalla: «Vamos chaval, mételo».

El golpe salió recto y empezó el jaleo en la grada. «In the hole!«, gritó un espectador ansioso anticipando lo que le parecía a todos: que era bueno. Lo hizo una décima antes de que el golpe abandonara la línea y, de tan recto, perdiera el hoyo por su derecha. Sergio se dobló de rodillas, miró a su novia, miró a la nada y terminó abrazándose con Rose con una media sonrisa maldita. “Otra vez”, pensamiento unánime.

Otra vez como hace diez años, en Carnoustie, cuando falló un golpe franco que le mandó al desempate en el British que acabó perdiendo frente a Paddy Harrington. Los mismos fantasmas. La misma miel en los labios que cuando perseguía a Tiger Woods por Medinah en el campeonato de la PGA del 99. Y a Paddy Harrington, otra vez Harrington, en el 2008. Y a Rory McIlroy en el British en 2014.

Entonces Sergio pensó, en el largo camino hacia la salida del 18 en el que debía arrancar de nuevo el desempate, por qué estaba allí.

Estaba allí porque Rose, campeón olímpico, también había fallado su putt. Estaba allí porque había completado cuatro días de ensueño y había terminado sus 72 hoyos nueve golpes por debajo del par. Estaba allí él y no estaban Jordan Spieth, ni Rickie Fowler, ni Rory McIlroy, ni tampoco Jon Rahm, que terminó su primer grande profesional con +3 y en el puesto 27.

Fue una roca

Allí estaba él porque tenía que estar. Porque podía no haberlo estado tras tres salidas desastrosas que le dejaron a dos golpes de Rose en los últimos siete hoyos. Pero se había recuperado a base de cañonazos –siempre más lejos que su compañero de partido y siempre mejor colocado- y de golpes gigantes como el segundo en el hoyo 15, par 5, que le dejó con la opción de completarlo en sólo tres. Embocó el putt, selló el Eagle, igualó la clasificación y aunque volvió a descolgarse en el 16, recuperó la igualdad en el 17.

Había sido, en definitiva, una roca. Sus mejores golpes del día los había pegado desde la vereda del riachuelo, desde las raíces de un árbol y desde arenas de toda clase. Se había crecido ante la dificultad y el desempate, con el recuerdo fresco del fallo, era la mayor a la que se podía enfrentar.

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Lo arrancó con un drive monstruoso, larguísimo, centrado en la calle, mientras Rose mandaba su bola al espesor de los troncos. El británico no pudo jugar su segundo golpe más que para poner la bola de nuevo en juego. Rose cerró su hoyo sin opciones siquiera de par y a Sergio García, a cuatro metros de la bandera, le valía completar el corto trayecto en dos pasos para enfundarse la chaqueta de los grandes. La de Severiano Ballesteros, que hoy habría cumplido 60 años; y la de Chema Olazábal, que no consiguió pasar del viernes.

En ese momento su victoria ya era evidente, si no en un golpe en dos, pero se contuvo la respiración igual. Silencio absoluto en el green, en las televisiones, parecía que en todo el estado de Georgia e incluso en la mente de Sergio, nublada minutos antes.

En cuanto el golpe echó a rodar se acabó la contención. No había recorrido medio camino y el narrador de la CBS ya advertía: “Después de tantos años…” Sergio permanecía inmóvil, ajeno a los gritos, observando con una mueca como la bola jugueteaba alrededor del hoyo, dilatando el momento, estirando el grito de júbilo, haciendo que el puño se apretara a cámara lenta.

Cuando cayó, por fin, se echó al suelo, gritó, lloró, celebró y se abrazó con su rival como llevaba haciendo todo el día. Hay un plano frontal que muestra a su pareja, Angela Akins, mimetizada en la grada con los gestos del ganador. En realidad lo estaba todo el mundo, otra vez unido en pensamiento unánime. Resulta que sí valías, Sergio.