“La fortuna hizo que la hija del rey, tan joven, fuera la escogida. El rey fue inexorable y con el corazón roto de dolor aceptó sacrificarla. La doncella abandonó la villa de Montblanc y se dirigió al lago donde vivía la fiera, pero en cuanto atravesó la muralla, se le presentó un joven caballero sobre un caballo blanco que se ofreció a luchar contra el dragón. El caballero, Jorge, mató al dragón para liberar a la princesa y a toda la villa de Montblanc, y de la sangre del dragón brotaron rosas rojas”.

Esta es la leyenda de Sant Jordi que los niños catalanes aprenden desde pequeños para explicar la Diada del libro y la rosa, que cada 23 de abril invade todas las ciudades y pueblos catalanes y se ha convertido en la fiesta más emblemática del calendario. Una historia que, con variaciones, forma parte de la mitología popular y el calendario de celebraciones de media Europa.

El auténtico San Jorge fue un soldado romano martirizado por negarse a cumplir las órdenes del emperador Diocleciano de perseguir a los cristianos. La primera referencia conocida a san Georgius, original latino que significa “labrador que trabaja la tierra” la encontramos en el palimpsest de Viena, la narración de Pasícrates, testigo del martirio y al que podemos considerar el primer biógrafo del santo.

De este documento del siglo V se derivaron múltiples copias (copta, siria, armenia, etíope…) pero su carácter fabuloso hizo que el Papa Galeasio I la declarase apócrifa. En ella se relataba una increíble lista de torturas al santo durante siete años: fue lanzado por un precipicio, a un pozo atravesado por cuarenta clavos de hierro ardiendo, golpeado, cubierto con plomo líquido y unas cuantas perrerías más.

Sin embargo, un segundo grupo de textos agrupado en las “actas griegas” recoge la historia de San Jorge liberada de la fantasía considerada herética. Se conservan en la Biblioteca Vaticana y se consideran la historia oficial del mártir. Nacido en la Capadocia e hijo de padres cristianos, San Jorge se alistó en el ejército romano, pero a raíz de la persecución decretada por Diocleciano en el 303 proclamó su fe el emperador, quien le condenó a muerte. Fue torturado durante siete días y murió tras conseguir la conversión de miles de personas al cristianismo y ser el artífice de varios milagros.

Incluso para esta versión, los martirios a los que fue sometido le valieron el calificativo de “megalomártir” de la iglesia oriental, es decir, el mártir de los mártires.

Del mártir a la leyenda

La leyenda popular que nos ha llegado es posterior, del siglo XIII. La difundió Jacopo da Varezze en su Leyenda Dorada (una colección de hagiografías, vidas de santos muy popular en la Edad Media) quien probablemente la recogió de una tradición oral anterior. Varezze sitúa la leyenda de San Jorge y el dragón en Silene (Libia) pero el relato, con escasas variaciones, es el mismo en todas partes. Según una antigua interpretación cristiana del mito, Jorge sería el creyente, el caballo blanco la Iglesia y el dragón representaría el paganismo, la idolatría y la tentación, y Satanás.

Jorge sería el creyente, el caballo blanco la Iglesia y el dragón representaría el paganismo, la idolatría y la tentación y Satanás

Será en la Alta Edad Media, en la época de las cruzadas y de la caballería, cuando el culto a San Jorge se extenderá por toda Europa. Jorge se convirtió en el protector de los cruzados en la conquista de Jerusalén, en 1099, y su cruz roja en símbolo de los cruzados. Como miles Christi, es decir, ‘soldado de Cristo’, se convirtió en patrón de los caballeros y soldados, y en protector de algunas órdenes religiosas militares como los templarios.

En Inglaterra, el rey Eduardo III, promotor del código de caballería, proclamó patrón a Jorge de Capadocia, que ocuparía la capilla principal del Castillo de Windsor. En Portugal, donde sigue siendo el patrón nacional, fueron los cruzados franceses, que ayudaron a Alfonso I de Portugal en la conquista de Lisboa en el siglo XII, quienes introdujeron el culto a Jorge en el país, aunque no fue hasta la época de Alfonso IV en la que se pasó a usar el nombre de San Jorge como grito de guerra en lugar de Santiago.

La imagen de Jorge de Capadocia aparece en el antiguo escudo imperial de Rusia y en el escudo nacional moderno. Era el antiguo emblema de los ejércitos rusos y dio nombre a la primera orden militar del país. Sigue siendo venerado en Grecia como El gran mártir y su emblema forma la bandera de Georgia. La veneración por San Jorge se ha extendido a los ejércitos americanos; es el patrón de las ordenes de caballería de los ejércitos de Argentina, Uruguay, Colombia y Venezuela.

La batalla de Alcoraz

En España, San Jorge se convirtió en patrón de la Corona de Aragón a raíz de la batalla de Alcoraz. El ejército aragonés dirigido por el rey Pedro I de Aragón asediaba la ciudad cuando llegaron los ejércitos musulmanes de Al-Musta’in II desde Zaragoza, apoyados por los ejércitos castellanos de Gonzalo Núñez. Fue en ese momento cuando, según la tradición, San Jorge se apareció en el campo de batalla a favor de los aragoneses. Huesca fue conquistada ese mismo año a los musulmanes, convirtiéndose en la primera ciudad musulmana incorporada al Reino de Aragón.

Sant Jordi se convierte en patrón oficial de Cataluña en 1456 y es entonces cuando se produce la fusión entre la celebración del patrono y la costumbre de regalar rosas. Hay constancia de que entonces se establece la costumbre entre la nobleza catalana de acudir a misa a la capilla de Sant Jordi, en el Palau de la Generalitat -costumbre que mantiene la Generalitat en la actualidad- y de que en esa misma plaza se celebraba la Feria de rosas, una vieja fiesta en la que los hombres regalaban rosas como prueba de amor, un antecedente del actual San Valentín.

Probablemente el origen de esa Feria esté en las ofrendas florales que los romanos hacían en mayo, con ocasión de los fastos de la diosa Flora. La rosa roja simboliza la pasión, y la espiga que a veces la acompaña, la fertilidad. La rosa se unió a Sant Jordi, y la Diada se recuperó con fuerza en la Renaixença.

El libro y la rosa

El regalo del libro es posterior. En 1926, el escritor y editor Vicente Clavel Andrés propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona que se instaurase una Fiesta del Libro como forma de difusión de la labor de los editores y herramienta de fomento de la lectura. La fecha propuesta originalmente fue el 7 de octubre, la del nacimiento de Miguel de Cervantes, y así lo ratificó Alfonso XIII con un Real Decreto por el que se creaba la Feria del Libro Español.

Sin embargo, a partir de 1930 se cambió la fecha al 23 de abril en conmemoración de la muerte de Cervantes y Shakespeare (ambos en el año 1616, pero de distintos calendarios), y del Inca Garcilaso de la Vega. Casualmente, ese día también nacieron o murieron otros escritores famosos: William Wordsworth (1850), Vladimir Nabokov (1899), K. Laxness (1902), Maurice Druon (1918), Manuel Mejía Vallejo (1923) o Josep Pla (1981). Y también casualmente, en Cataluña el día 23 de abril coincidía con la celebración de la Diada de Sant Jordi y la feria de la rosa a la que los editores se apresuraron a sumar la Feria del libro.

A la costumbre de regalar la rosa de Sant Jordi a la enamorada se sumó la de regalar un libro y probablemente ahí esté la clave de la supervivencia de la Feria del libro en Cataluña tras la Guerra Civil, mientras desaparecía en el resto de España. La declaración del 23 de abril como Día mundial del libro y los derechos de autor en 1995 por la UNESCO ha favorecido la recuperación de esa feria del libro.