El Giro de Italia arranca este fin de semana entre sombras, como nunca antes lo ha hecho en 100 ediciones. Echa a andar con Michele Scarponi muerto en una cuneta de Filottrano, asesinado por el conductor de una furgoneta que dejó al equipo Astana sin líder, a Italia sin ídolo recurrente y a la ronda sin parte de su alma.

Navegue por el mapa para conocer más detalles.MARÍA BALLESTEROS, LUIS SEVILLANO

Faltará uno y el pelotón, con la tragedia reciente, se ha levantado en armas para que no falte ninguno más. En la carrera en la que se mataron cuesta abajo Orfeo Ponsin (1952), Juan Manuel Santiesteban (1976), Emilio Ravasio (1986) y Wouter Weylandts (2011), a los organizadores se les ocurrió a última hora la peregrina idea de crear un nuevo premio económico para el mejor bajador. Una incitación al riesgo en una disciplina ya temeraria, con 198 ciclistas rodando en grupo y lanzados en ocasiones a más de 90 km/h a centímetros de los quitamiedos.

Las reacciones, unánimes. “Debería daros vergüenza”, le lanzó a la organización el compañero de Alberto Contador en el Trek, Jasper Stuyven. “A veces es mejor ignorar las ideas estúpidas y dejar que se desvanezcan en silencio”, agregó el holandés Stef Clement. El más duro fue el norteamericano Joe Dombrowski, agitador habitual de la carrera: “Las tiritas Band-Aid patrocinan el nuevo premio del Giro a la caída más espectacular. En serio, ¿a quién se la ha ocurrido esta mierda?”. El Giro, finalmente, ha decidido renunciar a su idea. No ha sido el único contratiempo que ha marcado el inicio de la carrera: un día antes de empezar, los ciclistas italianos del sospechosamente habitual Bardiani, Nicola Ruffoni y Stefano Pirazzi, dieron positivo en un control fuera de competición.

No le hace falta a la ronda ningún artificio para añadir interés a una edición diseñada para ser espectacular. Por recorrido y por participación. El español Mikel Landa y el británico Geraint Thomas, con el séquito del todopoderoso Sky detrás, liderarán el grupo de aspirantes a discutirle el trono a Nairo Quintana y Vincenzo Nibali. Una categoría engrosada también por el talento del francés Thibaut Pinot, la pujante juventud de Adam Yates, la constancia de Bauke Mollema tras su espectacular último Tour y las ansias de revancha de Steven Kruijswijk, cuyas opciones, junto a él, se estrellaron el año pasado contra un muro de nieve mientras descendía el Agnello vestido de rosa. La subida, por cierto, había sido una exhibición de Scarponi, que tras coronar en cabeza se detuvo para ayudar a su compañero Vincenzo Nibali a completar una remontada histórica y acabar venciendo el Giro.

Italia reclama para sí todo el protagonismo en el centenario de su gran orgullo, con un recorrido que discurrirá casi íntegramente por territorio patrio, salvo una ligera incursión en Suiza a través de los Alpes. La corsa rosa no deja territorio sin tocar y por eso arranca su primer fin de semana en Cerdeña antes de desplazarse a Sicilia para agitar la carrera por primera vez y llevar al pelotón hasta las faldas del volcán Etna, en erupción hace apenas un mes.

El grupo se quedará lejos de los ríos de lava de la cumbre, pero aun así ascenderá hasta los 1.892 metros para observar Sicilia a vista de pájaro y vestir de líder al primer favorito a la general final. Una ascensión de 18 kilómetros, con pendientes de hasta el 12%, pero de dureza sostenida siempre en torno al 7%. Una subida de contrastes que arranca verde en Nicolosi, muy cerca de Catania y la costa del mediterráneo, hasta terminar en un marrón hostil y marciano en los últimos kilómetros.

Para entonces aún estarán enteros los Rui Costa, los Ilnur Zakarin y el resto de cazaetapas dispuestos a relegar a los favoritos a un segundo plano. Para entonces Movistar tendrá también que empezar a demostrar la eficacia de un equipo diseñado específicamente alrededor de Nairo Quintana para hacer sombra al bloque de Sky. Cuenta con gregarios de lujo para la tarea, empezando por el costarricense Andrey Amador y terminando por los combativos Winner Anacona, Jesús Herrada o Gorka Izagirre.

Dejando el Etna atrás, la carrera entra entonces en una transición de sprints y finales trampa hasta llegar en la novena etapa al Blockhaus, una mole de nombre impropio (en la zona, cerca de L’Aquila, se lo conoce como Paso de la Mama Rosa) en los Apeninos, con rampas constantes por encima del 10% de desnivel durante algo más de 13,5 kilómetros.

Allí tendrán que intentar distanciarse quienes teman a la etapa del día siguiente, una durísima contrarreloj larga (40 kilómetros) y muy dura entre las joyas medievales de Foligno y Montefalco. Un reto para Nairo Quintana, aliviado por la ausencia de un ultraespecialista como Chris Froome, aunque alerta de las opciones de corredores potentes como Tom Dumoulin o Bob Jungels que, si han librado las dos etapas de montaña previas a la crono, pueden salir de la 10ª jornada con posibilidades de llegar a Milán en puestos de honor.

Stelvio, cima Coppi

Antes, eso sí, tendrán que purgar un infierno. No sólo el día posterior a la contrarreloj, con cuatro puertos de entidad, sino en la última semana, convertida por los organizadores en un festival con la función estrella reservada para el martes 23 de mayo.

Ese día se recorren los 222 kilómetros que conforman el tappone por excelencia del Giro y de las tres Grandes Vueltas por desnivel acumulado (más de 5.400 metros), por distancia, por historia y por la mitología que rodea a las cimas que ese día se superan. Los ciclistas saldrán de Rovetta engañando a las piernas con un descenso de 10 kilómetros y pronto empezarán a ganar metros hasta llegar a los pies de Malonno, donde arranca la subida al Mortirolo. Un puerto mitificado a medias entre Marco Pantani, que realizó allí sus mayores exhibiciones durante los años 90, y los cientos de miles de tifossi que acuden cada año a esta meca del ciclismo.

“Es una ascensión terrorífica, la más ardua que jamás haya subido”, confiesa Lance Armstrong. Un escenario para la gloria o para la ruina que colaboró decisivamente en la pájara de Miguel Induráin en el Giro de 1994 camino de Aprica, la más brutal de toda su carrera. Una sucesión interminable de curvas de herradura, de verdor, de rampas sin descanso y de soledad. El Mortirolo cada uno lo sube como puede, aunque este año es el primer puerto de la jornada, se corona a casi 140 kilómetros de meta y la lógica invita a pensar que los favoritos lo suban agarrados de la mano.

Invita a hacerlo porque, pese a que tras el descenso los ciclistas pasarán por la meta de Bormio, lo harán como parte de un circuito y justo antes de encarar el paso del Stelvio, olimpo del ciclismo europeo, escenario de nieves perpetuas y cima Coppi (la más alta de las que se suben en carrera, 2.758 metros) del Giro de Italia.

22 kilómetros de ascensión terrorífica (por la vertiente por la que se sube en esta edición) que han regalado algunos de los momentos más épicos de la historia de las dos ruedas. Las batallas entre Coppi y Bartali, las avalanchas, las paredes de tres metros de nieve abiertas a ambos lados de un paso de montaña diseñado como capricho militar de los Habsburgo y prodigio arquitectónico del bresciano Carlo Donegani.

Quien no pase Stelvio con los mejores no puede ganar el Giro, y por si no queda claro los últimos 80 kilómetros de esta etapa mortal rodean las laderas del gigante para volver a subirlo desde Suiza por el conocido como Umbrailpass, un clásico de la zona a menudo olvidado por la corsa, entre otras cosas por su arranque sin asfaltar.

Competición hasta el último día

Dos días después el pelotón se enfrenta a otra joya, esta vez en los Dolomitas, con cinco ascensiones explosivas concentradas en sólo 137 kilómetros. Viernes y sábado, los muros de Piancavallo, el Monte Grappa y Foza ejercerán como penúltimos jueces de la carrera porque el domingo, último día de competición, el Giro ha decidido ofrecer un regalo a los aficionados y librarles del sopor de las etapas homenaje.

En lugar de pasear a ritmo globero por la Gran Vía de Madrid o los Campos Elíseos de París, con los líderes brindando con champagne en plena carrera y la nómina de sprinters reducida al mínimo, la ronda italiana ha reservado para el final una contrarreloj de 28 kilómetros entre el circuito de Monza y el Duomo de Milán que será decisiva.

Ya lo fue en 2009, cuando el ruso Denis Menchov llegó a crono final de Roma con 20 segundos de ventaja sobre el italiano Danilo di Luca. En una jornada lluviosa, el ruso, superior en la especialidad, perdió el control de la bici y se fue al suelo en el último kilómetro, para estupor y jolgorio de la afición local. Finalmente fue rápido en el cambio de bici y pudo imponerse igualmente, pero la competición lo fue hasta el último minuto, en lugar de conformarse con el autoimpuesto rol de trámite.