Hablaba con ese ritmo anémico del que recuerda tormentas pasadas. Con esas pausas eternas, esas contestaciones monosilábicas y con el cigarro consumiéndose en su mano izquierda. Juan Rulfo (México, 1917-1986) fue alguien tan oscuro como mágico. Huía de todos, como con miedo. Hasta el punto de que si un entrevistador le hacía un repaso rápido de su biografía, le contestaba con un:  “¿Cómo puede saber todo eso?”. Como si hubiera podido mantenerse como un hombre anónimo.

Quizá se había acostumbrado durante demasiado tiempo a pasar desapercibido, a lo mejor había actuado con una naturalidad ajena a sus virtudes. El autor de Pedro Páramo era de una complejidad sencilla y pasó los primeros treinta años de su vida viviendo como un ciudadano de a pie. Había nacido, justo este 16 de mayo hace 100 años, en un pueblo pequeño, casi construido por completo por su abuelo. Había crecido en una familia acomodada de Jalisco, pero llegó la Revolución Cristera, donde el pueblo se opuso al gobierno por su antipatía a la religión, y entre un bando y el otro le dejaron huérfano de padre y le desabastecieron de herencias.

Entré en una depresión y en una soledad de las que aún no he salido del todo”

No pasó mucho tiempo y la orfandad se hizo completa. Su obra, la obra, puede tener parte de su origen en aquella época, cuando el mexicano tuvo que ser acogido en un orfanato de Guadalajara sin llegar a expandir las dos manos para indicar su edad. “La disciplina era durísima, carcelaria. Entré en una depresión y en una soledad de las que aún no he salido del todo. Antes de eso era un chico alegre y feliz”, aseguraba en una entrevista en 1977 para TVE.

En la misma en la que hablaba con rotundidad de la maldad, de la violencia, como algo intrínseco al hombre, y en la que se mostraba más milagroso que nunca. El conocido como uno de los escritores principales del boom latinoamericano no cogió una máquina de escribir hasta sus treinta años. Antes había estudiado contabilidad, “una carrera muleta”, trabajado en inmigración y viajado de Guadalajara a D.F. Allí escribió una novela sobre un campesino que se veía absorto por la gran ciudad, extensa y con tremenda sensibilidad, pero no tardó en hacerla pedazos. “Era realmente mala”, aseguraba. “Ni siquiera me publicaron el mejor de sus capítulos en una revista”, añadía riéndose.

La novela ya estaba escrita, sólo me hizo falta trasladarla de mi cabeza al papel”

Sería un libro de cuentos, El llano en llamas, el que le abriría las puertas de la literatura. Por el que le concederían la beca Rockefeller que le hizo crear Pedro Páramo. “La novela ya estaba escrita, sólo me hizo falta trasladarla de mi cabeza al papel”. Las dos primeras ediciones las usó como presente para amigos y conocidos, nadie las compraba. Pero al final, el éxito, el medio millón de ejemplares, el reconocimiento nacional, el internacional y el de los literatos. Uno de ellos, García Márquez, tras leer la novela aseguró: “Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá —casi diez años atrás— había sufrido una conmoción semejante”.

Pero Rulfo quiso volver a la soledad. El mexicano se centró en investigar la cultura y dejó de generarla. Escribió otra novela, pero fue cuando a Pedro Páramo todavía había que regalarlo, y no se publicó hasta dos décadas más tarde bajo el título de El gallo de oro. “Al autor hay que dejarle el mundo de los sueños, ya que no puede hacerse con el de la realidad”, confesó poco después, diferenciando la literatura del periodismo. Él, gracias a eso, había creado personajes sin rostro, había descrito sin adjetivos, había mostrado paisajes repletos en escasas líneas. Soñaba y hacía soñar, con la magia, la superstición y el hombre como animal irracional.

Al autor hay que dejarle el mundo de los sueños, ya que no puede hacerse con el de la realidad”

“Lo único que había de verdad en la novela era la ubicación, el resto es totalmente imaginado”, aseguró sobre su casi única y más exitosa novela. “¿Qué piensa ahora mismo de Pedro Páramo?”, le preguntó Joaquín Soler Serrano. “Nada, la olvidé”, sentenció, como si hubiera sido insignificante. Como si no hubiese acabado con la literatura revolucionaria y hubiese llenado los libros de los posteriores autores mexicanos y latinoamericanos de magia.

Murió en 1986, los cigarros dejaron de consumirse y le consumieron. El cáncer de pulmón se lo llevó en México D.F. y Rulfo se fue dejando su firma en muchas disciplinas. En la literatura, en la fotografía, como guionista. Se fue como acaba Pedro Páramo. “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”, dejando que su influencia rodara en muchas direcciones.