Eran el odio, la rabia, el amor mal llevado, la felicidad cuando pesa. Eran ellos los que movían sus músculos, los que daban fuerza a sus articulaciones. Eran sus fantasmas las manos que le monitorizaban, le elevaban y le hacían caer con esa elegancia del maldito, del genio. Sergei Polunin era, y es, el enfant terrible de la danza, el del cuerpo tatuado en un mundo de colores lisos, de torsos sin mancillar. El chico que conquistó el Royal Ballet de Londres con tan sólo 19 años y al que la presión le hizo rendirse a los 22.

Su historia acaparó portadas, titulares hirientes, le otorgó los calificativos de drogadicto, de trasnochador, de indomable. Hablaban de ese chico de Kiev que quería ser bailarín y por el que su padre tuvo que emigrar a Portugal para costearle una pasión. Contaban como él, cumpliendo un sueño ajeno, consiguió viajar por medio mundo, resucitar un arte dormido y deslumbrar al viejo continente aún siendo adolescente. Pero, sobre todo, ponían el énfasis en su otra realidad. En sus noches de dos días, en sus declaraciones sobre actuar bajo los efectos de la cocaína y en cómo la fama le había hecho despistarse como a una vulgar estrella del rock.

El bailarín Serguei Polunin en un primer plano.

Un primer plano del bailarín Sergei Polunin.

La presión le ahogaba. Empezó a sentir como su cuerpo se transformaba en una jaula, era preso de un arte. «Me sentía retenido por esa necesidad de bailar», llegó a declarar. Polunin había nacido en un lugar donde la palabra ballet había que buscarla en el diccionario, de donde tuvo que salir en cuanto su cuerpo empezó a despuntar en dirección a un internado que su padre costeaba desde el otro lado del continente. «Y ahí fue cuando se acabó la diversión. Trabajaba el doble que el resto para poder volver a unir a mi familia», asegura en el documental Dancer, que se ha estrenado este 19 de mayo en nuestro país.

En él se ve cómo la ambición le acompañaba desde sus primeras apariciones públicas. Fue con tan sólo 9 años, y al ganar la Competición Nacional de Ballet de Kiev, cuando se le intuía pensar con angustia. «Quiero tener una figura más bonita. Adelgazar para que disfruten mirándome. Ser el mejor para que todos me recuerden», aseguró entonces. Esa intención, la de ser el número uno le acompañó en cada prueba, en cada país y lo hacía con la sombra de una responsabilidad familiar siempre en la espalda. Su padre, en el documental, le convierte en la salvación de una familia humilde, en una gallina de los huevos de oro. «Éramos un gran equipo, y ese niño era nuestra esperanza», asegura.

Y así era. Con tan sólo 13 años entró en la British Royal Ballet School. Era 2003 y Polunin ya pisaba más fuerte que los demás. Su estilo duro, de acero, y la levedad de sus movimientos le hicieron generar emociones incontenibles en el público, pelos de punta, sonrisas tristes, ojos como platos. Por eso, no tardó en entrar a formar parte de la prestigiosa Royal Ballet de Londres y en un año se hacia el líder de la banda. Se convirtió, así, en el hombre más joven en alcanzar ese mérito, en la portada de los periódicos, en un ser que había que analizar con lupa.

El nombre de Sergei Polunin no sólo atraía a la prensa y a los aficionados a la danza. Las marcas le vieron como un filón publicitario. Era el chico malo en un mundo que tendía a oler a naftalina. Era un moderno en un arte moribundo. Llenó revistas a la vez que teatros y concedía entrevistas con la misma sinceridad con la que bailaba. Fue en una de ellas en la que confesó que había consumido cocaína varias veces antes de salir al ruedo. Todo, unido a su ruptura con la bailarina Helen Crawford, diez años mayor que él y, como aseguran sus compañeros, a una fragilidad mental, le hicieron perder el control, permanecer en un estado de confusión. Empezó a saltarse ensayos, a llenar su cuerpo con tatuajes, a odiar lo que amaba.

Fue un 24 de enero de 2012 cuando dijo basta y a través de su cuenta de Twitter anunció: «Sólo una noche más». Dejó tirada a la Royal, justo antes de estrenar la producción de The Dream, su carrera, cuando ésta era imparable y su futuro en Reino Unido (su visado dependía de su contrato). Lo hizo con la más absoluta de las certezas.»El artista que llevo dentro se está muriendo», aseguro. Y salió de Inglaterra.

Apareció en Rusia e hizo varias intentonas. Pero ni la desilusión ni el agotamiento se habían difuminado. Entonces, decidió poner un broche final a su trayectoria. Hacer un The end a lo grande. Para ello confió en su viejo amigo David LaChapelle. Hicieron de un viejo granero el escenario perfecto y de la canción Take me to Church, de Hozier, la banda sonora. Polunin trabajó durante nueve horas para realizar la grabación final, su adiós.

Quizá fue el resultado, el verse bailando como nunca, el romper con lo humanamente posible lo que le hizo recular. «Pensé que dejarlo todo sería fácil», aseguraba después. Y fue tan difícil que no lo consiguió. Ahora, con más tranquilidad, con más entusiasmo, trabaja para varias compañías, no se casa con ninguna. Ve cómo Youtube se ha llenado de niños imitando sus pasos de su casi último trabajo y como el mundo del cine le abre las puertas con proyectos como Asesinato en Orient Express o como este documental. «No elegí la danza, es lo que soy», sentencia en Dancer. Y esta vez sonríe.