La peste convirtió a Sevilla en una ciudad fantasma. En un lugar en el que la tristeza y el miedo arrasaban por igual y que iba perdiendo adeptos por segundos. Sus calles se oscurecieron con una constante procesión de carros con cadáveres, de cuerpos amontonados que iban camino de fosas comunes. Los cementerios habían colgado el cartel de aforo completo hacía meses.

Detrás de uno de esos carros tuvo que caminar Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), viendo cómo se llevaban a su hijo tras haber enfermado con la peste. Era José Felipe, al que en poco tiempo le acompañaron sus hermanas, María e Isabel Francisca. El pintor vio a la epidemia del siglo XVII hacer añicos a su familia y sintió como Dios no le premiaba por su fidelidad, por haberle destinado su potencial artístico sin reservas.

En sus cuadros no había martirologios ni tormentos, ni sangre derramada, ni carnes santas ardiendo en calderos»

Así lo explica Eva Díaz Pérez, periodista y escritora que ha novelado la vida de Murillo en El color de los ángeles (Ed. Planeta). En esta novela ha querido dar luz a toda la oscuridad de su biografía y lo ha hecho por el cuarto aniversario de su nacimiento. Díaz Peréz rompe con la idea preconcebida que tenemos del pintor, le quita algo de alegría, algo de fe y habla de su parte menos conocida. De sus cuadros más profanos, de sus tormentas, de sus miedos y de Sevilla.

Mira al pintor sevillano desde su perspectiva más personal, analizando su pintura desde el porqué de cada pincelada, de cada tonalidad, de cada gesto. Al final, Murillo fue capaz de eliminar los componentes desagradables que tan asiduamente aparecían en los cuadros religiosos de la época, de saltarse un siglo para traernos amabilidad. «En sus cuadros no había martirologios ni tormentos, ni sangre derramada, ni carnes santas ardiendo en calderos, como tanto gustaba entonces», asegura Díaz Pérez.

‘Niños comiendo uvas y melón’, de Bartolomé Esteban Murillo.

Sus santos, sus vírgenes, tenían un componente humano. Sus pícaros, sus pobres, sonreían como el que encuentra la felicidad en el aire. Hizo mortales a los dioses y dio dignidad a los miserables. «Es probable que Murillo pintara un disperso retrato de familia en sus cuadros. Sus hijos y su esposa debieron de servir como modelos para sus famosos ángeles, santos, para la sagrada infancia de Jesús, la de San Juanito, la Virgen Niña y la Inmaculada», relata la autora.

Quizá al usarlos como modelos, consiguió darles vida. Como bien dice Díaz Pérez, «ningún artista había pintado de tal forma el color, pues parecía que un vapor místico saliera de las imágenes. Tampoco nadie había conseguido pintar a sus personajes como si dentro les corrieran las sangres». Como si pudiesen respirar, tan humanos que nos deshumanizan.

‘Cabeza de San Pablo’, de Bartolomé Esteban Murillo.

Lo raro en el caso de Murillo fue su dualidad. El pintor de la escuela sevillana se adentró por igual tanto en el mundo religioso como en el profano, en una época en la que pintar la realidad estaba mal visto. Siguió la tendencia que ganaba fuerza en el norte de Europa y se consagró en el estilo. «Recibió varios encargos y todas las obras de esta temática se encuentran fuera de España, por eso son más desconocidas», asegura la autora, que añade que «pintaba para ojos que aún estaban por nacer», en relación a su delicadeza.

Murillo era hijo de una familia media, de un barbero cirujano que atraía a moribundos a las puertas de su casa. Huérfano desde temprana edad, asumió como maestro a Juan del Castillo, ganándole en soltura en poco tiempo. Fue un pintor querido desde el primer momento, desde su gran encargo para el convento de San Francisco de Sevilla. Desde que acogió el claroscuro de Zurbarán hasta que la movilidad y la intensidad comenzaron a desarrollarse con fuerza entre sus dedos.

La gente se piensa que fue un hombre más feliz, con menos tragedias, de lo que fue en realidad»

Tanto la muerte de sus padres como la de sus hijos y su mujer provocó cierto cambio en su pintura. «Parece que la utilizó como alivio. La gente se piensa que fue un hombre más feliz, con menos tragedias, de lo que fue en realidad», asegura Díaz Pérez. La vida le pegó varios revolcones y él le dio luz y alegría a sus cuadros. «Un buen ejemplo son sus picaros, que sonrían con un mendrugo de pan en las manos, quizá lo único que iban a comer en todo el día», añade.

Murió con sólo dos de sus nueve hijos vivos, lo hizo con los intestinos hechos trizas por una grave enfermedad que se agravó tras caerse de un andamio pintando un encargo para el Hospital de la Caridad. Se fue dejando atrás un puñado de discípulos, una horda de seguidores que mantuvieron su estilo durante años, que entraron en el nuevo siglo dando importancia al gran pintor del barroco del XVII.