El próximo 3 de junio los británicos comenzarán el mes más importante del año. De los últimos cuatro, si me apuran. Ni Brexit, ni Trump ni la boda de la hermanísima Middleton. Nada puede apartar a un británico que se precie de la pantalla de televisión cuando juegan los Lions, quizás el equipo con más mística del deporte europeo.

Los British and Irish Lions congregan el mayor talento individual, libra por libra, del deporte mundial. Es una selección de rugby que junta, una vez cada cuatro años, a los mejores jugadores de Irlanda, Inglaterra, Gales y Escocia para, de forma rotatoria, jugar contra los gigantes del oval en el Hemisferio Sur: Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda.

Este año habrá 41 leones representando el orgullo de todas las Islas Británicas. Dieciséis ingleses, 12 galeses, 11 irlandeses y dos escoceses fueron los llamados por el dragón Warren Gatland, que repite en el cargo de entrenador, para intentar la gesta más grande de todas: derrotar a los All Blacks en Nueva Zelanda.

Según está jugando la selección neozelandesa, renovada tras ganar la Copa del Mundo en 2015, se antoja una hazaña siquiera arrancarles una victoria en alguno de los tres partidos que disputarán ambos combinados. Hacerse con dos triunfos sería un hito, mientras que lograr el pleno supondría un paro cardíaco en cada uno de los habitantes de la isla austral. No entra ni en las quinielas.

La gira de 1971

Pero claro, ya hay precedentes en la Historia. Los British and Irish Lions comenzaron a girar por el mundo en el año 1888, aunque no fue hasta 1910, en Sudáfrica, cuando los viajes comenzaron a tener cierto respaldo y seguimiento. Nada era oficial, por decirlo así.

Con los años la popularidad a nivel mediático fue creciendo, no así los resultados deportivos. Los Lions siempre derrotaban a los equipos regionales y acababan sonrojados cuando había que medirse a los combinados nacionales de Sudáfrica, Australia o Nueva Zelanda. Hasta 1971.

La situación entonces era similar a la actual. Los All Blacks dominaban el mundo oval, paseándose ante un rival tras otro, era un festín. Los Lions viajaron hasta Brisbane para disputar su primer partido con la intención de salir de las series sin que aquello fuera una humillación muy grande. Iban a salvar los muebles y el primer partido no hizo cambiar de opinión a nadie: derrota 15-11 contra Queensland. Empezamos bien.

La derrota sirvió de acicate a unos Lions que resucitaron apoyados en su bisagra galesa: Gareth Edwards hacía las veces de medio de melé, mientras que Barry John jugaba de apertura. Entre ambos se bastaron y se sobraron para reventar a los All Blacks a base de calidad y lograron una gesta imponiéndose por 2-1. Fue el nacimiento de los verdaderos Lions.

Ese triunfo puso los cimientos para el tour de 1974 por Sudáfrica, en el que el 3-0 que le endosaron a los Springboks les dejó con cara de tontos. Con el irlandés Willie John McBride liderando la carga, los británicos se hicieron con su primer triunfo en el país africano en unas series que se caracterizaron por los choques violentos.

Revancha reciente

Si algo tiene la Historia, según cuentan, es que siempre ofrece la oportunidad de revancha. Los All Blacks la tuvieron en el año 2005, el último enfrentamiento entre ambas escuadras. Por entonces las tropas neozelandesas estaban por debajo del nivel actual, si bien ya dominaban el panorama mundial.

Eran, en cualquier caso, ganables, como ya demostró Francia en los infames cuartos de final del Mundial 2007 en el Millenium de Cardiff. No se me distraigan por haber oído la dichosa ciudad.

Los primeros siete partidos de aquella gira se los llevaron los Lions, entonces entrenados por el inglés Clive Woodward. Su selección venía de conquistar el Mundial de 2003 en Australia frente a los Wallabies, con el legendario drop de zurda de Johnny Wilkinson en la prórroga de la final, y todos se las prometían muy felices.

Se llevaron un 3-0 en cuanto la cosa se puso seria. Todas las series fueron un recital de los All Blacks, con el nacimiento de un verdadero mito: Dan Carter. El apertura de Southbridge reventó el segundo triunfo, que su equipo se llevó por 30 puntos, sumando él sólo 33 puntos frente a los 18 de los Lions.

Ese choque ponía el 2-0, tras la fuerte polémica con la que quedó atrás el primer envite. Cuando sólo habían transcurrido dos minutos de partido un placaje al alimón de Tana Umaga y Keven Mealamu lesionó al centro irlandés Brian O’Driscoll, capitán y alma de los británicos, que no pudo jugar en el resto de las series. El tercer choque estuvo más apretado, pero ni siquiera Johnny Wilkinson, que no fue originalmente seleccionado si no que se incorporó por las lesiones, pudo hacer nada.

La gira del siglo

Por mucho que ambas partes le hayan restado algo de importancia, esta gira es la que más promete del último siglo. Los All Blacks, pese a caer en Chicago con Irlanda, son la mejor selección del mundo con muchísima diferencia. Tienen a los mejores jugadores del planeta en las posiciones donde de verdad se construye el juego.

El talento y el despliegue físico que tienen en las posiciones de número ocho, medio de melé y apertura es inigualable. Kieran Read es el jefe de la delantera, y más desde que tomara el relevo como capitán de Richie McCaw tras la retirada del Coloso de Oamaru, mientras que la pareja de centros está formada por Aaron Smith y Beauden Barret, elegido mejor jugador del mundo el año pasado.

Si a eso sumamos una primera línea de garantías, una segunda con Sam Whitelock y Brodie Retallick, y el gran fondo de armario en la tercera línea, la conquista del balón está garantizada. Para rematar las jugadas están Julian Savea, Ben Smith, Malakai Fekitoa… un sin fin de jugadores imparables en velocidad.

Con la combinación de velocidad y talento que tienen, los All Blacks en un día malo te ganan, en un día normal te destrozan, y en un día bueno te pasan por encima. Cuando los muchachos de Steve Hansen están coordinados, es una sinfonía. Por si fuera poco, dos de los tres partidos se juegan en el Eden Park de Auckland, donde los de negro no han perdido un partido en más de 20 años.

¿Qué esperanza le queda a los Lions entonces? El juego en el Norte ha mejorado, algo que ya vimos en el último Seis Naciones celebrado en la primavera europea. El altísimo nivel de Inglaterra o Irlanda, que ya le ganó a los All Blacks, junto a las perlas galesas, debería ser suficiente para, al menos, presentar batalla.

Gatland sabe que su principal esperanza pasa por ralentizar el juego con una delantera que se base en la que ha creado Eddie Jones en Inglaterra. La conquista y la seguridad del balón es imprescindible para que el oval acabe en las manos de George North o Stuart Hogg, jugadores muy potentes en los tres cuartos visitantes.

Dan Biggar, Owen Farrell y Jonathan Sexton, galés, inglés e irlandés respectivamente, tendrán que valerse para sostener el juego desde el puesto de apertura, ya que todavía no está muy claro quién será el titular cuando lleguen los partidos grandes. Es muy probable que Gatland apueste por Farrell, que asegura talento con el pie y buena defensa para parar al escurridizo Barret.

Los Lions, antes de partir a Nueva Zelanda.

Foto de familia de los Lions antes de partir a Nueva Zelanda.

El puesto de medio melé sí puede ser un agujero demasiado importante para los Lions. Gatland ha tirado de veteranía y todos los que ha llevado a las antípodas con el número nueve tienen más de 28 años, pero ninguno tiene la destreza y el físico para parar al imperial Aaron Smith. Otra misión imposible.

Los británicos tienen que fiarlo todo, o casi todo, a su tercera línea. Ahí la baja del inglés Billy Vunipola ha sido devastadora, pero el fondo de armario es tremendo con Warburton, Tipuric, O’Brien, Moriarty, Haskell, Faletau… Pura potencia para la zona ancha y para incomodar el vertiginoso juego All Black.

Serán 10 partidos que comenzarán el 3 de junio, con el choque en Whangarei contra los Barbarians de Nueva Zelanda, y terminarán el 8 de julio con el cierre en el mítico Eden Park de Auckland. Pongan a enfriar las cervezas.