Es cierto. En la exposición “Canon” de Mateo Maté hay una Venus con pene. Se trata de la escultura número cinco, al lado de la entrada y un poco a la izquierda, para que los espectadores más sensibles no se asusten frente a esta inquietante visión del arte clásico.

Desde lejos las 20 esculturas instaladas en la Sala Alcalá 31 de Madrid no tienen nada de anormal. Son estatuas aparentemente antiguas, idénticas a lo que nuestro imaginario tiene asimilado. Sin embargo la perturbación es la cantidad de extraño que se insinúa en lo familiar. Cuando nos acercamos, descubrimos que algo no cuadra. Todas las esculturas han sufrido leves, pero inquietantes, retoques.

A la transformación testicular de la Venus Médici se suman afroditas obesas o embarazadas. Atletas y adonis macrofálicos o viejovenes. Todo el repertorio habitual grecorromano de  troncos sin cabezas y bestias antropomorfas puebla el laberinto de Mateo Maté, pero con un grado más de perversión.

La autoridad del cuerpo normativo

El cuestionamiento de la autoridad, de los nacionalismos o de la religión es una constante del trabajo de Mateo Maté, al mismo tiempo que los laberintos. En este caso la autoridad cuestionada es la belleza, que a través de la publicidad se impone como forma de control. El cuerpo-mercancía, en la visión del artista, se transforma en un fetiche. Un modelo ineludible, deseable y, al mismo tiempo, inalcanzable y represivo. Un conjunto normativo de virtudes y comportamientos que se pueden resumir como “lo que es bonito es bueno”.

“Durante el fascismo y el nazismo la belleza clásica fue utilizada como herramienta de propaganda”, explica Maté. Para las Olimpiadas de 1933 Hitler ordenó comprar una copia del Discóbolo para convertirlo en símbolo de la supremacía blanca. Sin embargo fue un atleta negro, Jesse Owen, el ganador de las tres medallas de atletismo. “Sencillamente he modificado la cara del Discóbolo para que tuviera los rasgos de un atleta de raza negra”, explica el artista.

Una regla, muchas vidas

El frontispicio del catálogo de la exposición lleva impresa las definiciones de la palabra canon en el diccionario de la Real Academia. Todas tienen a que ver con el concepto de modelo, conformidad, regla, establecido.

El canon de la belleza nace en la Atenas del siglo V a.C., cuando el escultor Policleto define como ‘canon’ la armonía entre porciones. Un concepto heredado de las ideas pitagóricas sobre la relación entre los números. El Renacimiento recupera el arte clásico y lo convierte en el único modelo de belleza admitido. Las Academias de bellas artes del siglo XIX y la publicidad en el siglo XX se encargarán de  difundir el canon del cuerpo perfecto entre las masas, con el semblante del deseo inalcanzable.

Las salidas del laberinto

La galería escultórica de Maté se presenta como una prueba: un laberinto donde el espectador no puede elegir el recorrido. Tiene que seguir los caminos marcados. “Simboliza los dilemas vitales a los que nos enfrentamos”, explica Maté. El cuerpo que, perdido en el laberinto, no responde a las reglas del canon es por definición indeseable.

«Existe una censura previa sobre la representación de la infancia. No procede de ninguna legislación, pero  galerías y museos prefieren no exponer obras que representen niños o niñas desnudas». Maté ha sorteado los tabúes presentando el Spinario, la escultura helenística de un muchacho que se quita la espina de un pie, como una niña que enseña su vulva. «Si la versión masculina de esta estatua está expuesta en los Museos Vaticanos, ¿por qué no podemos tener aquí su versión en femenino?

“Vivimos en una sociedad que nos ofrece la posibilidad de ser lo que queremos. Desafortunadamente podemos elegir nuestro destino sólo en parte, la libertad que creemos poseer no es tal. El laberinto es la mejor forma de expresar la gran trampa que es la vida misma”, afirma el artista. Pero al mismo tiempo representa también la oportunidad de tropezarse con otros cuerpos. Otras bellezas, otros valores que no sólo son posibles, sino también reales.


Mateo Maté. Canon.
Hasta el 23 de julio.
Sala Comunidad de Madrid – Alcalá 31.
Entrada libre.