Iban a ser cuatro meses pero se alargaron hasta 18. El dinero no entraba y después de su coche y de los electrodomésticos, sólo les quedaba por empeñar el secador de pelo. Mercedes Barcha no permitía que a su marido le faltasen sus folios, sus hojas en blanco que acababan estrujadas en el suelo y que reabastecía cada cierto tiempo con otras 500 sobre la mesa. Estaba convencida de su convencimiento. Él estaba soñando una gran novela y era nada menos que García Márquez.

La idea, dicen, surgió de camino a Acapulco, en un viaje en familia en el que al autor le shockeó la inspiración, le invadió la historia. Unos aseguran que dio la vuelta de un volantazo para encerrarse a escribir en su casa de la calle de la Loma, en el barrio de San Ángel de Ciudad de México, donde había llegado cuatro años antes desde Colombia. Otros, que continuó el trayecto y en Acapulco disfrutó pensando.

Ya tenía la historia y le aseguró a su mujer que sería un trabajo rápido. Apareció Macondo y el tiempo hubo que estirarlo. Crecieron las colas de cerdo, las supersticiones, las casas de adobe, una ciudad que pasaría del esplendor al fracaso, y la falta de dinero. No tardaron en tener que hacer de su Opel un sustento, de los electrodomésticos hojas de papel. Como él aseguraría más tarde, fue ella la que se hizo cargo de todo, la que asumió el peso y la que le quitó la preocupación por el dinero.

Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha.

Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha.

Fue ella, también, la que pasaba a máquina las páginas que ya tenían el visto bueno del autor. Fue ama de casa, tesorera, contable y secretaria mientras hacía malabares para que ni sus hijos ni su marido notaran la falta de ingresos. Tal fue la situación que, cuentan, al mandar la primera versión a la Editorial Sudamericana, no les llegaba el dinero y tuvieron que enviar primero la mitad y, tras empeñar otro de sus objetos, empaquetar la segunda parte. También dicen que, cuando salieron de correos, Barcha hizo su primer comentario realista: «Lo único que falta ahora es que la novela sea mala».

Tenía la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica»

La misma sensación tenía García Márquez. En una carta años después aseguraría que tuvo «la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica». Fue, quizás para él, una mezcla entre ambas. La novela se publicó el día 5 de junio de 1967 en Buenos Aires, hace exactamente 50 años, con una dedicatoria a un matrimonio. Eran Jomí García Ascot y María Luisa Elío, los que le ayudaron durante los 18 meses que pasó generando parte de la historia de la literatura, los que se quedaron con las galeradas de su libro llenas de anotaciones a los bordes y los que jamás quisieron venderlas pese al alto precio que llegaron a tener las mismas.

En tan sólo mes y medio, y ante la atónita mirada de Márquez, que antes no había vendido más de 1.000 ejemplares por libro, se agotó la primera edición: 8.000 copias que cambiaron el curso de la literatura iberoamericana y que a día de hoy son una minucia en comparación a los 30 millones de ejemplares que se han vendido en todo el mundo.

Un costumbrismo a lo Faulkner, de los buenos»

Cuentan que la fama le llegó de golpe en Buenos Aires. García Márquez entraba con Mercedes en el teatro y antes de sentarse la gente del patio de butacas le gritó un enhorabuena con tanta efusividad que le costó darse cuenta del porqué. Su obra había revolucionado el panorama y conseguiría internacionalizar lo que conocemos como el boom latinoamericano. Fue el culmen del realismo mágico, de cómo lo insólito se cuela en lo común sin causar sospecha pero sí adicción. Él lo consideró como parte de su cultura, de la de su pueblo, Aracataca, donde él había nacido.

«Conozco a gente del pueblo raso que ha leído Cien años de soledad con mucho gusto y con mucho cuidado, pero sin sorpresa alguna, pues al fin y al cabo no les cuenta nada que no se parezca a la vida que ellos viven», alegó. Y es que, él la concibió como una narración de costumbres, aunque quitándole la connotación negativa. Como llegó a asegurar, «un costumbrismo a lo Faulkner, de los buenos». Era el espejo de la Colombia de aquella época, la ruptura con los estilos anteriores y una novedad mágica para el lector español, acostumbrado a un realismo tosco.

Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio»

Su literatura impactó de tal forma que Gabo pasó a ser una estrella del rock. Su novela le convirtió en el deseado de todos. En 1968 ya se había traducido al francés y al alemán, García Márquez era el escritor de moda y en poco tiempo ganó el Nobel de Literatura (1982). Pero el éxito acabó horrorizándole. En una entrevista que concedió en 1991 al periodista Tomás García Yebra, cuando éste le pregunta por cómo le ha afectado la extrema relevancia de su novela, él contesta: «Una conmoción. Y no para bien. El acoso al que he sido sometido me ha perturbado. Desde entonces, mi vida ya no es la misma. No soy una persona normal. Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio».

Para él, ni era su mejor trabajo ni las claves que había utilizado eran complejas. «Sin ninguna duda es mejor El otoño del patriarca. Aquí, en cambio, los críticos, ni han sabido leerla ni han sabido interpretarla. Decepcionante», añadió entonces.

Durante todos esos años de viajes, entrevistas, conferencias, todos y cada uno de ellos, Mercedes permaneció en un oculto segundo plano. Gabo la había mencionado un par de veces, incluso antes de recibir el Nobel aseguró que: «Sin Mercedes no hubiera llegado a escribir el libro». Pero sería años más tarde cuando la historia de su participación indirecta en la que se consideró la obra culmen del autor se le reconociese y se la aceptase como el aceite que no permitió que el motor gripase. Como dijo la hermana de García Márquez: «Gabito respira por el pulmón de Mercedes».