Mirar la Piedad te deja frío. Te alerta sobre algo que desconoces, o quizás atisbas a medias. Se trata de una mujer con el peso del mundo sobre las piernas. De una madre que entiende el porqué de tanto dolor y es capaz de mirar inmutable como si fuese más necesario que tortuoso. Es como una montaña que aguanta firme la tempestad, que tiene la fuerza de cargar con un duelo que normalmente es inabarcable.

Miguel Ángel otorgó a un bloque de mármol la angustia y la serenidad, como si ambas pudiesen vivir bajo el mismo techo. Puso en cada pliegue un sentimiento, una virtud y un miedo, y nos dejó a todos helados. Dicen los expertos que tal minuciosidad, que tanto detalle y ese pulido final no se habían visto hasta entonces. Que esa piedra no tenía vuelta atrás y que él consiguió que no fuese necesario corregir errores.

La 'Piedad', de Miguel Ángel.

La ‘Piedad’, de Miguel Ángel.

Tal y como revela el documental Michelangelo, de la serie sobre arte de Exhibition on Screen que se estrena el próximo 15 de junio, la palabra genio es la más acorde para este artista multidisciplinar. Según los historiadores de arte, y los críticos, que han participado en esta filmación, Miguel Ángel diseccionó cuerpos 50 años antes de que a cualquier científico se le ocurriese hacerlo en serio. Y lo hizo con especial atención a cada músculo, a cómo la forma se condiciona por el movimiento.

Sólo la mano de David es una obra de arte en sí misma”

Así fue como pudo concebir su David, como, obsesionado con la figura masculina, puede que atraído por ella, fue capaz de crear una escultura de dimensiones perfectas, con una anatomía que reflejó como un espejo al hombre. “Sólo la mano de David es una obra de arte en sí misma. Las venas, se intuye como corre la sangre por ellas. Toda la fuerza se ve en esa mano”, asegura la actual encargada de mármol de Carrara, donde Miguel Ángel pasó largas etapas de su vida buscando las piezas perfectas.

Aunque no en el caso del David. El encargo lo había asumido otro escultor 40 años antes que Michelangelo, pero tras un par de punzadas dejó que el mármol cogiese moho en un sótano. Cuando Miguel Ángel supo que buscaban a una persona para acabar con ese proyecto, que iba a ser colocado en lo alto del Duomo, no tardó en dejar sus lienzos en Roma y aparecer en Florencia. Cuentan en el documental que se desanimó al ver el estado de la piedra, que tuvo que repensar su diseño porque no podía cincelarlo de cero.

También aseguran que rodeó el mármol con una sabana, impidiendo a cualquier curioso ver cómo realizaba su trabajo. Se pasó trabajando día y noche durante más de tres años. Según los historiadores de arte, se calcula que la media de horas diarias de dedicación fue de 20. Parecía que el escultor había enloquecido, que no veía más allá de este trabajo y que pensó, y acertó, le encumbraría como el mejor escultor de la Historia.

Modeló un desnudo, algo inusual para una estatua que debía erguirse en el exterior de una edificio, y el resultado enmudeció al personal. Vieron que tanto talento no podía dejarse roer al aire libre y buscaron un sitio resguardado pero que tuviese un significado para el pueblo. Florencia convirtió al David de Miguel Ángel en su icono y lo hizo tras un comité de sabios, entre los que se encontraba el mismo Leonardo da Vinci. La escultura era sensual, provocativa, era monumental e inmortalizó al genio renacentista.

La Capilla Sixtina, de Miguel Ángel.

La Capilla Sixtina, de Miguel Ángel.

Tras el éxito, llegó el gran pedido, esta vez el pictórico. El Papa Julio II llamó a Miguel Ángel, quería que él fuese el encargado de llevar a cabo su mausoleo. El diseño que le presentó el artista emocionó al jefe de la Iglesia que le encomendó decorar la famosa bóveda y le puso dos condiciones: tenían que aparecer los doce apóstoles y el centro tenía que estar diseñado al gusto de la época.

Pero la cosa no funcionó, como el artista italiano afirmó en una carta a un íntimo amigo: “Cuando había hecho algunos dibujos, me pareció que resultaría cosa pobre; por lo que me dio otro encargo, incluir las historias de más abajo y me dijo que hiciera en la bóveda lo que quisiera”. Miguel Ángel había ganado la primera batalla. La relación entre ambos se regía por discusiones, al principio educadas y después hasta amenazantes.

Defiende tú ahora, mi muerta pintura y mi honor”

Él, en ese momento, pintor, relata como la posición que tenía que tomar en el andamio le acababa por causar dolor y locura. “Los lomos se me han hundido en la panza, hago del culo, para contrapeso, grupa, y, perdidos los ojos, doy pasos en falso. Por delante se me alarga la pelleja, y, al inclinarme hacia atrás, se me rejunta de tal modo que quedo tenso como arco sirio. Con ello, mis juicios resultan erróneos y extravagantes, pues mal se puede apuntar y disparar con cerbatana torcida. Defiende tú ahora, mi muerta pintura y mi honor, pues ni éste se halla en buen lugar, ni soy yo pintor”, escribió a su amigo Giovanni da Pistoia. Tardó cuatro años en acabarla.

Los últimos veinte años de su vida se los dedicó a la arquitectura. Se encargó de la remodelación de la plaza del Capitolio o de la capilla Sforza de Santa María Mayor, pero su gran trabajo fue terminar la basílica de San Pedro en el Vaticano. Además, la poesía ocupó también parte de su tiempo. Siempre con la religión como inspiración. Cuando ya sobrepasaba los setenta años, murió con 88, realizó una Piedad en la que se incluyó. En ella, Nicodemo sostiene a Cristo. El judío, que se hizo su discípulo, nunca entendió la idea de la vuelta a la vida, de una segunda oportunidad tras la muerte. Miguel Ángel le pone a éste su cara. Parecía tener miedo a que no hubiese nada.

Murió en 1564, casi rozando los noventa. Lo hizo con decenas de proyectos sin terminar. Sabía que era mortal pero las ideas parecían no tener limite. Murió como uno de los grandes del renacimiento. Hoy nadie no sabe quién es Miguel Ángel.