La foto que abre esta historia pertenece a una pareja de veinteañeros cuya relación dará un giro profundo en pocas horas. Han acudido como mucha otra gente al Salón Erótico de Madrid para divertirse. Atraídos por la curiosidad de ver cómo es desde cerca una feria del porno. Ella trabaja en hostelería. Él en una tienda. La chica viste unas medias de malla y un collar de cuero negro alrededor del cuello. Llevan años juntos. No son los únicos jóvenes en este escenario del Palacio de Cristal de la Casa de Campo.

Es domingo, el último día de un evento que ha sido un fracaso pese a haber sido cuidadosamente preparado a lo largo de toda la primavera, con una exitosa publicidad que parodiaba a los políticos. Aquí las productoras de películas de sexo explícito han montado escenarios con actuaciones en vivo y ofrecen suscripciones a sus catálogos online. Al público se le permite grabar y hacer fotos.

El sexo en Madrid y Barcelona no funciona igual. El Salón Erótico de Madrid es hermano del homónimo festival de Barcelona. No es la primera vez que los empresarios del entretenimiento de la Ciudad Condal intentan desembarcar en la capital. Lo intentaron entre 2005 y 2008, con el Festival del Cine Erótico, también llamado Exposex. La última edición se cerró con 15.000 visitas frente a las más de 50.000 de Barcelona. De ahí surgieron unos sucedáneos más culturetas pero igual de fallidos. Esta vez tampoco ha ido bien.

Al lado de las productoras están las casetas de comerciantes de lencería y juguetes eróticos. Los feriantes admiten sin problemas que las ventas han sido un fracaso. “El viernes no ha venido nadie, el sábado ha ido mejor, pero está otra vez vacío”, confiesa un corpulento treintañero con un pasado de boxeador y actor porno que ahora trabaja al otro lado de la cámara.

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Al mirarles, los empresarios del sexo parecen un grupo de osos polares sobre un iceberg que se aleja irremediablemente hacia la deriva. En pocos años han sufrido tres oleadas disruptivas que han puesto en riesgo un sector antaño muy rentable.

Primero fue el VIH, en los ochenta. Pese a los controles sanitarios obligatorios algunas productoras se vieron obligadas a cerrar por brotes de infecciones. Luego vino internet. El sexo online es gratis y está ampliamente disponible. De hecho, apenas un 3% paga por contenidos premium, lo que llevó a la bancarrota a muchos estudios. La tercera oleada ha venido con las cámaras de los teléfonos. Ha surgido la moda del porno amateur. Ya a nadie le apetece ver a alguien actuar: todos quieren mirar por la cerradura. Ahora los actores ni siquiera tienen que esforzarse para lo que podríamos definir interpretar un papel. A menudo basta con que sujeten firmemente el móvil. Quizás en el futuro este sector pueda encontrar un aliado en Netflix, que acaba de estrenar una serie de documentales dedicados al “porno de autor”.

Pero también en Salón Erótico hay algo que aprender. Es el caso de una mujer de 26 años de Orense, trabajadora social que se ocupa de personas con discapacidad física y mental. “Ellos también tienen una sexualidad pero la sociedad no está todavía preparada para admitirlo”, explica. Reconoce que ha aprovechado las charlas informativas que se han impartido en el aula de sexualidad. Está segura que antes o después sabrá cómo sacarle provecho en su trabajo.

Sin embargo la tónica del Salón Erótico es menos ilusionante para las modelos y actrices encargadas de las actuaciones con sexo en vivo. Parece que se han quejado porque no hay vestuarios y están obligadas a cambiarse y lavarse en los baños del público. En la feria existen también espacios donde los visitantes pueden tener sexo oral con algunas de ellas. Un joven de 23 años dice haber visto ‘agobiada’ a la única mujer que atendía a cuatro hombres.

Hay por lo menos siete escenarios donde actores y actrices se turnan a la hora de hacer sexo. En uno de ellos está, entre el público asistente, la pareja de nuestra foto. Cuando dos chicas del espectáculo piden al muchacho subir a la tarima, el hombre parece disfrutarlo. Es bajito, un poco calvo y no tiene un cuerpo curtido por el ejercicio, casi no parece que tenga veinte años. En el escenario empiezan los masajes, caricias y frotamientos que se convierten en el principio de un coito cuando una chica saca un preservativo. Al chico se le nota rígido y nervioso. Cuando le toca hacer su parte no está nada preparado. Mientras tanto el auditorio se ha llenado: la humillación pública dura veinte minutos, el show entero.  Su chica se ha sentido mal y se ha ido. Está llorando detrás de una columna, al lado de un cubo de basura.

SEM

Foto: GMP

Cuando el espectáculo termina, un hombre de la organización acompaña al chico al lugar donde se encuentra su novia. Se quedan sentados allí más de media hora hablando. Alrededor la gente apenas se da cuenta. Cuando terminan de pacificarse, están dispuestos a hablar. “No creía que iba a ir tan lejos la cosa”, dice la chica sin mirar a los ojos. Iba a pasarlo bien con su novio, no a sentirse traicionada. Él ya le ha intentado explicar que la cosa no tiene nada que ver con el amor. Ha sido una experiencia y ya está, pero ella no parece convencida.

– ¿Qué vais a hacer ahora?

Vamos a dar otra vuelta, dice el chico.

Es media tarde de domingo. El Salón Erótico sigue medio vacío pero la gente que ha acudido se mueve sin parar de un escenario a otro. Como el chaval de 18 años de Murcia, con segundo de la ESO y sin ganas de seguir los estudios.“Es emocionante ver por fin a las actrices que estás acostumbrado a ver en pantalla”, cuenta. Como el grupo de cuatro alemanes que llevan colgando dos cámaras al cuello cada uno. Como las numerosas parejas de mediana edad que siguen merodeando ni tan escandalizadas ni tan emocionadas.