Empezó todo sobre la mesa de su oficina. Javier Arcos, director de publicidad, se puso a montar un robot con lo que encontraba: la lata de una bebida, un sacapuntas, una cajita. Trabajar con las manos era un remedio contra el estrés. En breve su despacho se convirtió en la atracción para los clientes de visita. Pitarque Robots nació así.

Ahora su estudio en el barrio madrileño de Prosperidad es un lugar a medio camino entre el taller de un artista y el taller de un mecánico. O una tienda de juguetes tamaño adultos. En la planta baja están las esculturas, los robots: los que miden diez centímetros y los que miden como una lavadora. Las paredes están llenas de estanterías repletas de seres mecánicos. Las paredes están decorados con símbolos que recuerdan la señalización de una fábrica.  Arriba, en un lugar más apartado, está la mesa de trabajo, con las piezas y la soldadora.

 

Se lo pasa bien Javier Arcos, ecuatoriano crecido en Madrid, entre sus criaturas.“Cada robot tiene una personalidad”. Alineados en la estantería de la pared  los hay que se ríen, los hay con un ojo sólo, con una bombilla en lugar de la cabeza y los hay teleguiados. “Estos últimos los creé para el evento de una marca, para que los niños jugaran”, dice.

Robots venidos del pasado

Las criaturas de Pitarque están hechas de la esencia de los robots. Son el ancestro, el modelo primordial de todos robot hechos y por hacer: el dominio de lo mecánico. Parecen proceder de una galáxia (o de un futuro) donde inteligencia artificial no ha sabido desarrollarse. Son metal, tornillos y enganches.“Cuando era niño me fascinaba la serie “Perdidos en el espacio”. Mis robots vienen de aquel espacio-tiempo”, explica. Y de Bender, el robot de la serie animada Futurama, que también es uno de sus fetiches.

Al principio no los construía, los compraba. Luego descubrió que podía hacerlos solo. Ahora son un ejército de casi 300 droides. Muchos se han vendido, pero es secundario, dice Javier Arcos: “los hago porque no puedo dejar de hacerlos”. Muchos llevan años incompletos porque falta esta o aquella pieza. Se pasea por mercadillos, desguaces. Todo lo que se tiraría de la casa de la abuela es un robot en potencia. A Javier le encantan los packaging de los años cincuenta y sesenta: las cajas, las latas, las viejas cámaras, los mandos, las televisiones de tubo. “Estaban hechos con amor, con una atención al diseño que se ha perdido. Los objetos se creaban para durar”.

Más que robot: herramienta para las empresas

Pero los robots de Javier Arcos no sólo valen para decorar. Han conquistado marcas como el Corte Inglés o Doritos, que le han encargado unos modelos especiales para eventos de marketing. Con sus robots Arcos realiza también talleres para directivos y empresas: “construir un robot es una manera de hacer equipo y de recargar las pilas”.

El team building es una práctica corriente en el mundo de los negocios. Pero con robots no tanto. Es un tipo de formación dirigida sobre todo a cimentar la confianza en equipos de nueva constitución. “Por ejemplo construimos juntos robots que representan los valores de la empresa”, explica.

Por su experiencia de directivo, Arcos está convencido de que el momento peor del trabajo no son las horas extra, sino el ambiente hostil que se puede instaurar en La Oficina. “Hay que instalar la cultura del compañerismo, la de confianza en la gente con la que trabajamos. Construir un robot es una manera de pasar tiempo juntos y conocerse más”, asegura.