Ni Yesterday, ni Hey, Jude, ni Let It Be, ni otras cien canciones serían posibles sin el pensamiento circular en el que entraba McCartney, sin sus miedos, sin sus maravillosas rachas de entusiasmo, sin cualquiera de sus virtudes y, menos aún, sin todos sus defectos. No aspiraba a nada y lo consiguió todo. Hizo que el mundo entonase al ritmo de sus inquietudes, fue un pilar del fenómeno musical más llamativo de la época y del fanatismo elevado al cuadrado. Incluso el protagonista de un rumor tan extendido como macabro, su muerte y su suplantación tanto musical como personal por un guitarrista estadounidense.

Pero hubo un tiempo en el que su vida era tranquila. En la que ni despuntaba con los instrumentos ni le interesaban más de lo debido. Paul McCartney pertenecía a una familia media y se alejó de la normalidad entrando en el Liverpool Institute tras quedar de los primeros en una prueba de acceso. Fue ahí donde la vida le ofreció otro camino, muy distinto, que le llevaría a una cumbre que nadie había pisado hasta entonces.

McCartney cumple hoy 75 años, siete décadas y media desde que su madre, una joven enfermera, lo trajera al mundo. Su padre era un músico sin mucho éxito que le regaló a su hijo pequeño una trompeta. Él no tardaría en ver en aquel instrumento algo pasado de moda y en cambiarlo por una guitarra acústica. Quizá la mejor decisión que tomó nunca.

Era 1954, el comienzo de una etapa tan turbulenta como emocionante, tan triste como excitante”

Fue con esa guitarra y en ese instituto donde conocería a George Harrison, donde, aseguraría años más tarde, le trataría con la superioridad del que se cree mejor por sumar más años. Era 1954, el comienzo de una etapa tan turbulenta como emocionante, tan triste como excitante. Pocos años más tarde perdería a su madre, se la llevó una embolia, y su muerte despertó en él la necesidad de escribir. De contar lo que ira incapaz de expresar sin música. Apareció su primera canción, el empujón que le hacia falta a su acústica.

Tenía sólo 14 años y su orfandad a medias fue lo que un día le acercó a un joven John Lennon que pasaba por la misma pena. No tardó mucho en unirse a su banda, The Quarrymen, y menos aún en invitar a Harrison a la fiesta. Luego llegaron Stuart Sutcliffe y Pete Best y The Beatles, nombre que adoptaron a principios de la década de los sesenta y que les haría dar la vuelta al mundo.

Entre alguna salida y la incorporación de Ringo Starr como batería, McCartney pasaría a ser el bajista y entre todos lanzaron Love Me Do, su primer single, su ticket al cielo. Surgió el fenómeno fan más impactante de la historia, los desmayos, los gritos, los tatuajes, los autobuses repletos que seguían el recorrido de sus giras. Las canciones que se convirtieron en hitos, la firma de Paul en la mayoría de ellas y la de Lennon en otras tantas, la de los dos en cientos. Se acababan de convertir en inmortales. Empezaba una amistad sustentada en la admiración y la competitividad a partes iguales.

“Lo genial de John y yo escribiendo juntos era que competíamos el uno con el otro sin parar, y eso era algo muy sano”, confesaría McCartney a El País años más tarde. Su relación se sostenía sobre una cuerda tensada que perdía hilos en cada éxito ajeno. Juntos, con los demás y por influencia de Bob Dylan, hicieron de la marihuana el comienzo de un viaje por la cocaína y el LSD. Flotaron, y fueron capaces de no ahogarse. Según Paul, “me alivió lo ojos, me hizo un mejor, más honesto y más tolerante miembro de la sociedad”.

Fue durante aquella época, en la que el éxito ya era absoluto, cuando surgió el rumor de su muerte. Decían que la estrella había fallecido en un accidente de tráfico y que había sido suplantado por un doble. Las informaciones iban acompañadas de fotos del beatle antes y después y se basaban en la diferencia de tamaño de sus orejas. Además, aseguraban que el grupo, en forma de homenaje, había diseñado dos de sus portadas en relación con este hecho. Se trataba de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de la que decían se trataba del funeral de McCartney.

Portada de Sgt. Pepper's.

Portada de Sgt. Pepper’s.

Paul superó su propia muerte pero a The Beatles les quedaban dos telediarios. En 1970, cuando la mayoría rozaba los 30, se separaron. Dicen que fue un tema de egos, también que todo fue culpa de Yoko Ono. Fuese lo que fuera, McCartney y Lennon parecían haber roto la cuerda por completo y el primero comenzó rápidamente su carrera en solitario. Los fans se echaron las manos a la cabeza, la prensa abría en portada con la separación del grupo del siglo y medio mundo pensó que de forma individual no tendrían un gran futuro.

McCartney primero sacó un álbum homónimo y al año montó junto a su mujer, Denny Laine, y Denny Seiwell, la banda Wings. Fueron otro pelotazo musical, otro éxito mundial. Desde entonces, y tras varias separaciones amorosas, el ex beatle ha continuado hasta hoy con su música, sin Wings pero con su sello en todas las canciones, en todos sus movimientos. Su momento más negro, en aquella época, lo vivió a causa de la marihuana. En 1980 fue detenido en Japón y encarcelado 10 días por posesión. Desde entonces, o incluso desde antes, ha defendido en varias ocasiones su legalización.

Ahora, con 75 años sobre la espalda continúa con su música e incluso ha decidido meter un pie en la saga de Piratas del Caribe, como el gran Jack Sparrow. Se ha olvidado de su lucha con Lennon, ha homenajeado a todos los caídos de la gran banda y se ha convertido en un vegetariano acérrimo. Paul McCartney sigue dando conciertos, levantando al público y defendiendo que sigue vivo.