No se sabe el nombre del autor, sólo un pseudónimo, pero su libro La acusación, que incluye siete relatos sacados clandestinamente de Corea del Norte en 2013, acaba de ser publicado en España -Libros del Asteroide en castellano, Edicions del Periscopi en catalán- tras lograr un notable eco internacional. La obra, como prácticamente todo en Corea del Norte, está envuelta en una nebulosa de interrogantes sin resolver, empezando por los que atañen al autor de los cuentos, supuestamente un único escritor norcoreano que guardó escondidos durante décadas sus relatos y que consiguió evacuarlos gracias a un familiar que pudo huir del más hermético bastión comunista, por lo que algunos lo comparan con el Premio Nobel ruso Alexandr Solzhenitsyn.

Ambas ediciones, en catalán y en castellano, incluyen un breve texto de Do Hui Yun, presidente de una ONG solidaria con los refugiados de Corea del Norte, que al parecer ayudó a sacar los manuscritos del país y que, sin llegar a decir su nombre, desvela una serie de datos personales del autor -nació en 1950 y es miembro del Comité Central del organismo que agrupa a los escritores norcoreanos- que más valdría que fuesen pistas falsas, para no comprometerlo y exponerlo a las represalias del régimen.

Bandi, pseudónimo coreano que significa «luciérnaga», retrata una mitad norte de Corea sumida en una asfixiante oscuridad, donde reina el miedo y donde la rigidez del régimen de los Kim -ya van tres generaciones al frente del país: Kim Il Sung, Kim Jong Il y ahora Kim Jong Un- conduce a situaciones tan dramáticas como absurdas. Las historias abordan diferentes aspectos «orwellianos» del autoproclamado «paraíso socialista» norcoreano, como el sistema de castas, ordenadas en función de la fidelidad de cada familia a un régimen que es capaz, por ejemplo, de degradar al mejor técnico de una fábrica porque su padre fue ejecutado como «enemigo público» al ser acusado de dejar morir unos brotes de arroz en un invernadero.

Un humilde comunista desengañado tras décadas deslomándose para construir la arcadia prometida»

De la crudeza de este relato se pasa a la hilarante y a la vez terrible historia de un bebé que llora ante los retratos de Karl Marx y Kim Il Sung, a los que identifica como el hombre del saco, y acaba metiendo en un enredo político muy serio a su familia. Un humilde comunista desengañado tras décadas deslomándose para construir la arcadia prometida, un joven que choca contra un muro burocrático que le impide viajar a su pueblo de origen para visitar a su madre moribunda o el hijo de un funcionario de la policía secreta a quien le vetan acercarse a una muchacha con un expediente familiar manchado con acusaciones de deslealtad al régimen son algunos de los personajes que desfilan a lo largo el libro.

Cada uno con técnicas narrativas distintas, los relatos -escritos entre 1989 y 1995- dejan entrever el terror con el que conviven cotidianamente los norcoreanos, aplastados por un aparato estatal gigantesco, omnipotente, omnipresente e insensible. La arbitrariedad y la inflexibilidad administrativa, la mediocridad de los cuadros con una pizca de poder y la pleitesía ideológica que el pueblo debe rendir a los Kim propician situaciones grotescas, en las que incluso llorar de pura impotencia puede ser interpretado como una prueba de pensamiento contrarrevolucionario.

Más allá de las peripecias que al parecer tuvo que superar el libro para poder ver la luz, el valor de la obra radica en gran medida en que se trata de un testimonio terriblemente agudo sobre los cotidianos atropellos que debe capear un ciudadano si quiere sobrevivir en un país donde los derechos humanos se ven pisoteados sistemáticamente.