Vivir la vida como si el concepto no estuviera definido. Hacer de los impulsos, actos. Tomar decisiones sin pensar en el daño que ocasionan al de al lado, sino sintiendo que se te acaba el tiempo y que tú eres el único protagonista de la historia. La libertad tiene de grata lo mismo que de egoísta y ésta tomó como testigo a una joven Carson McCullers (1917-1967) hasta que se adueñó de ella. La convirtió en una mujer que amó sin límites sociales, que escribió provocando convulsiones a los conservadores del sur de EEUU, recibiendo amenazas del Ku Klux Klan y volando sobre lo establecido.

Desde muy joven se bebía los días a sorbos. Decían que su dieta se basaba en «ginebra, cigarrillos y desesperación». Incluso Gore Vidal llegó a asegurar que era «la desgraciada más talentosa» que había conocido. Pero no todo en la vida de Carson McCullers, de la que se celebra este año el centenario de su nacimiento, eran tristezas y copas, no todo era ese jerez del que no podía prescindir ni esa agonía que monitorizaba sus pasos. Cada uno de sus movimientos tenía el mismo porqué, la necesidad de hacer lo que le viniese en gana.

Comenzó a amar sin ataduras, se dejó llevar por mujeres a las que admiraba y por las que sentía una enorme atracción»

Se casó joven, con Reeves McCullers, poco después de publicar El corazón es un cazador solitario a los 23 años. Libro que escribió bajo el achaque de una enfermedad, que la acompañaría hasta su muerte, y que le abrió las puertas del mundo de la literatura. Puede que fuese esa apertura, esa manera de ver el mundo desde otra perspectiva lo que hizo que su cuerpo empezase a acompañar a su mente. Comenzó a amar sin ataduras, se dejó llevar por mujeres a las que admiraba y por las que sentía una enorme atracción. Reeves, su marido, no fue capaz de soportar ni su nuevo éxito ni su ferviente deseo por su mismo sexo.

Se separaron y ella siguió escribiendo, siguió conociendo gente. Su camino la llevó directamente a la escritora Annemarie Schwarzenbach, que hizo de su mente una revolución cultural. La llevó a quererla sin fisuras. McCullers intentó que ella, abiertamente homosexual y con una relación, sintiese lo mismo y sufrió el más grande de los rechazos. «Pensé que estaba manejando este asunto con prudencia y tacto, pero ella está tan convencida de que soy su destino… Y ahora su marido la ha dejado a causa de esta situación», le escribía la suiza a su amigo Klaus Mann, hijo de Thomas e íntimo de McCullers.

Anne Marie Schwarzenbach

Anne Marie Schwarzenbach.

McCullers, en cambio, continuaba con su obsesión. Con su dieta a base de alcohol y su constante bamboleo de litio. De su primer encuentro quedaron estas líneas. «Ella tenía un rostro muy hermoso que, lo supe enseguida, me perseguiría hasta el fin de mi vida con su aire de indefinible tristeza». Y su amor fue eso, una agonía, aunque ella consiguió definirlo, consiguió escribir el ansia de su derrota, de su desesperación amorosa.

Poco tiempo más tarde vuelve a casarse con Reeves, tras el paso de éste por la II Guerra Mundial, tras el rechazo absoluto de la mujer que amaba. Durante su época sin él había escrito El reflejo dorado, una novela más bien corta en la que narra relaciones homosexuales, aunque nunca de forma explícita. Estamos en mitad de los años cuarenta, y la sociedad se le echa encima. No podían soportar que una mujer sureña, nieta del dueño de una plantación, fuera capaz de situar a los negros como ciudadanos de primera y de convertir a un coronel del ejército en un homosexual reprimido. Rompía todo lo que ellos consideraban sagrado.

Acuérdate de los momentos en que nos comprendimos, cuánto nos quisimos»

Fue al publicar este libro cuando Anne Marie le escribió desde África. La dedicatoria llevaba su nombre. «Acuérdate de los momentos en que nos comprendimos, cuánto nos quisimos. No olvides nunca esta terrible obligación de escribir, no te dejes estar y cuídate mucho», escribió la suiza. McCullers siguió a pies juntillas la recomendación de su amiga, no dejó de escribir y jamás se dejó estar. Se la relacionó con otras mujeres, con otras escritoras, siguió viviendo como si le faltara el aire. Sin querer arrepentirse de haber dejado pasar la felicidad, aunque puede que nunca fuese feliz del todo.

Su lenguaje era tan frágil como áspero, era la consecuencia de años de alcoholismo y de sentimientos que no encontraban hueco en la sociedad. Se alejaba de lo complejo y aunque daba cobijo a la imaginación, era clara como el agua. Se mantiene con Reeves, que la cuida en varias de sus caídas al infierno, la enfermedad cada vez le dolía más. Es diagnosticada de cáncer de pecho y él le propone un suicidio pactado. Le dice que se vayan los dos, juntos, que dejen de sufrir. Ve en ese pacto la única forma de tenerla para siempre. Reeves acaba con su vida en 1953, en París. Ella no había aceptado el trato y su cuerpo superó el cáncer de pulmón.

McCullers se va 14 años más tarde. Casi sola, sin compañía, sin haber consumado sus pasiones. Lo hace con uno de sus últimos libros como lastre, la habían criticado hasta la saciedad, con el hígado anciano, el corazón libre, su habitual carácter a ráfagas y totalmente inmóvil. «Ella murió de alcoholismo/envuelta en una manta/en una tumbona/en un barco/de vapor./Todos sus libros/sobre la soledad aterrada,/todos sus libros/sobre la crueldad/del amor sin amor/, fueron todo lo que quedó de ella», sentenció Bukowski al conocer su muerte en soledad. El apagón de esa risa que no le cabía en la boca.