El Tour se llama Tour, la Vuelta se llama Vuelta y el Giro se llama Giro porque las carreras, originalmente, rodeaban a sus países. Ya no. La Vuelta a España de 2017 nace en Francia, recorre la costa mediterránea, se recrea en Andalucía y de ahí salta hasta el Angliru. Olvida Castilla y León, casi al completo Castilla-La Mancha, Galicia e incluso Madrid, excepción hecha del paseo de la última etapa. El Tour que arranca este sábado lo hace en Düsseldorf, Alemania, y ni roza regiones históricas de la carrera como Bretaña o Normandía. Queda lejos 1928.

Aquel Tour, como otros tantos, empezó y terminó en París. También empezó y terminó con victoria del luxemburgués Nicolas Frantz, que repitió triunfo en la clasificación general tras haberse impuesto ya en la edición de 1927. Fue un Tour novedoso: incluyó la figura de los sustitutos, que entraban en acción cuando algún ciclista se retiraba, incorporó casi 3.000 kilómetros de contrarreloj por equipos y, más allá, acogió también al primer conjunto enteramente anglosajón en participar en la ronda francesa (los australianos Don Kirkham e Iddo Munro ya lo habían hecho en 1914).

El poderoso Sky de Chris Froome que amenaza a todos en 2017 tuvo su primitivo antecesor hace 89 años en el modestísimo Ravat-Wonder-Dunlop, que consiguió reunir a tres australianos y a un neozelandés y mandarlos a competir a Francia tras cruzar el mundo haciendo rodillo sobre la cubierta del RMS Otranto. Fueron el primer contrapunto al oligopolio ciclista de Francia y el Benelux. La historia de Hubert Opperman, Harry Watson, Percy Osborne y Ernest Bainbridge la cuenta ahora, novelada, el neozelandés David Coventry en La milla invisible, publicado en España a mediados de este mes de junio por la editorial Seix Barral.

El equipo anglosajón Ravat-Wonder-Dunlop, antes de una de las etapas del Tour de 1928.

El equipo anglosajón Ravat-Wonder-Dunlop, antes de una de las etapas del Tour de 1928.

Aquel equipo nació por iniciativa de Opperman, que previamente había ganado algunas carreras en Oceanía y después evolucionó hasta convertirse en ciclista de gran fondo. Llegó a ganar en 1931 la Paris-Brest-Paris, un desafío mastodóntico de 1.166 kilómetros que consiguió completar en 49 horas y 21 minutos. Ídolo en Australia, tras colgar la bici escaló hasta ser ministro de Marina y Transportes, primero, y de Inmigración, después. Fue enterrado con honores, y nunca dejó de pedalear. Murió en 1996, a los 91 años, encima de una bicicleta estática.

Pese a ser 18º en el Tour, la estrella australiana del Ravat fue votado deportista del año por los lectores de L’Équipe

El reconocimiento no le llegó en la tumba, como a tantos. Ya en 1928, el medio millón de lectores de la revista francesa L’Auto (después L’Équipe) le votó como deportista del año, pese a ser 18º en la ronda gala y pese a que aquel año el tenista francés Henri Cochet se impuso en Roland Garros, en el US Open y en los dobles de Wimbledon. La presencia en el Tour de los extravagantes ciclistas del RWD, queda claro, fue un fenómeno dentro de la locura colectiva que entonces desataba el Tour en toda Francia.

El shock, no obstante, fue de ida y vuelta. Tanto se sorprendió Francia con los ciclistas de las antípodas que entraban en meta agarrados de la mano como se sorprendieron ellos mismos de la pasión que transmitía en todo el país la monstruosa ronda ideada por Henri Desgrange. El libro, bien documentado pese a las licencias narrativas, lo refleja a la perfección cuando detalla los momentos previos a la salida de la primera etapa en los que el director del Ravat, Mr. France, da instrucciones incomprensibles a sus anglófonos pupilos: «Lo que necesitamos saber nos lo dice su mirada, y lo que nos está diciendo es que somos los siguientes, los siguientes en avanzar hacia ese aullido que emite la ciudad cuando a los hombres se los pone en libertad».

Por libertad entiéndase un martirio de 5.376 kilómetros (siete etapas de más de 320), por caminos sin asfaltar, por roderas abiertas en la montaña, en etapas que arrancaban a medianoche y que tenían a los ciclistas más de 12 horas sobre la bicicleta, con las cámaras de repuesto enrolladas sobre el torso «como extrañas anguilas» para hacer frente a los cuatro o cinco pinchazos que de media sufría al día cada participante.

El ciclista belga Maurice Geldhof subiendo a pie el Col de l'Aubisque. Etapa 9: Hendaya-Luchon, 387 kilómetros.

El ciclista belga Maurice Geldhof subiendo a pie el Col de l’Aubisque. Tour 1928, etapa 9: Hendaya-Luchon, 387 kilómetros. Archivo Nacional

El ciclismo ultraprofesionalizado, ultramedicalizado de hoy ya no es ese, pero la base es la misma, pese a que parte de la población sostenga que las tardes veraniegas del Tour invitan más a la siesta que a la épica. Lo sepan o no, los somnolientos comparten diagnóstico con los protagonistas. Es certero el libro para describir esta sensación, familiar para cualquiera que haya pisado la carretera sobre dos ruedas: «Concentración, adrenalina, frío, confianza, lluvia, esperanza, viento, resistencia, dolor, piel, calor, orín, sangre, llagas, hedores, fe, suciedad, comida, agua, vino, ampollas, medicinas. La perdición de los ciclistas es esta rutina: con los padecimientos de cada día podemos lidiar; es el aburrimiento lo que va acabando con cada uno de nosotros».

El ciclismo, 90 años más tarde, sigue viviendo de la miseria y el sufrimiento como elementos del espectáculo

El Tour que arranca este sábado tendrá muchos de los elementos de esa enumeración, si no todos, y otros imprevistos. Es la excepcionalidad en la miseria, la acumulación de la desgracia sobre el sufrimiento, lo que sigue atrayendo al público general hacia la televisión y hacia las cunetas. Que Tom Dumoulin tenga que parar en una por un apretón o que Chris Froome se quede sin bici y tenga que subir corriendo el Mont Ventoux, vestido de amarillo, mientras le adelantan ciclistas, motoristas, fotógrafos, coches y hasta dirigibles, si siguieran existiendo.

Y que después, por supuesto, suban al podio de Milán, de París, con la victoria como premio y la adversidad como trofeo. Como le sucedió en 1928 a Nicolas Frantz, que en la 19ª etapa, a la que llegó con más de una hora de ventaja sobre el segundo clasificado, rompió su bici y tuvo que pedir prestada una de señora, sin barra, de rueda ancha y sin desarrollo de ningún tipo. Pese a todo, completó así más de 100 kilómetros y se las arregló para perder poco más de 30 minutos, asegurando la victoria final en los Campos Elíseos.

Cambia todo para que nada cambie. El pasado verano, antes de la etapa de la Vuelta a España que unió a Villalpando con el Alto de La Camperona, el periodista Javier Ares daba una charla en el pueblo zamorano en la que explicaba a la audiencia lo que iban a ver el día siguiente en el control de firmas, pasando por debajo de los balcones de sus casas: a ciclistas que llegarían a Madrid enfermos, anémicos, quemados y generalmente derrotados, aunque hoy las etapas de 380 kilómetros sean impensables y la televisión imponga las de 100.

«Los jueces intentan reunir a los ciclistas para preguntarles por sus compañeros, pero ellos los miran entornando los ojos como sorprendidos por los pinchazos del hambre. A un tipo lo ayudan a llegar hasta una camilla, es incapaz de caminar», escribe Coventry en La milla invisible, y el concepto es el mismo por el que Mussolini odiaba el ciclismo, y por lo que lo amamos los que aún aguantamos en la pantalla y en la carretera hasta ver llegar al coche escoba: «El nutrido público de la tarde se ha dispersado ya (…) Observan y saben que son incapaces de imaginar los tormentos de la jornada. Se arremolinan, se acercan. Yo me quedo parado. Me vuelvo para sacudirme la sensación de estar siendo observado, porque sin duda lo estoy. Llamo la atención. Una vez que nos bajamos de la bici no somos más que despojos repulsivos y apestosos».

Ciclistas, desfondados, al término de una de las etapas del Tour de Francia de 1928.

Ciclistas, desfondados, al término de una de las etapas del Tour de Francia de 1928. FLICKR