El Dream Team fue el mejor equipo de la historia. Da igual el deporte, da igual la época. Los 12 jugadores que se pusieron a las órdenes del legendario Chuck Daly para viajar a los Juegos Olímpicos de Barcelona son la mayor combinación de talento que nunca jamás practicó deporte alguno. Nunca veremos nada igual.

La FIBA hizo posible la formación de esta leyenda con un acuerdo con la NBA que permitiría a los jugadores profesionales norteamericanos acudir a los JJOO por primera vez. Y lo hicieron en España.

Más allá de toda la mística alrededor de cómo se reclutó a los equipos, con la negativa inicial de Michael Jordan y el veto que puso a la presencia de su archienemigo de principios de los 90, Isiah Thomas, el Dream Team estuvo envuelto por un halo que les hacía parecer casi dioses. Su presencia en la Ciudad Condal desataba la locura cada vez que alguno de ello se atrevía a poner un pie más allá del hotel.

Tras lograr su clasificación para los Juegos en el Torneo de las Américas, celebrado en Portland, los 12 elegidos destrozaron a todos sus rivales hasta el punto de que el entrenador, Chuck Daly, no tuvo que pedir ni un sólo tiempo muerto. En los ocho partidos que disputaron ganaron a sus rivales por una media de casi 44 puntos, anotando 117 tantos por partido.

En la final, ante la Croacia de Toni Kukoc y Drazen Petrovic, tampoco hubo color y los americanos se impusieron por 32 puntos de diferencia, pese al buen papel del genio de Sibenik. El Dream Team arrasó, pero su mejor partido no fue ninguno de los que jugaron en Barcelona. Tampoco en Portland, en ese torneo clasificatorio. El mejor choque de esas 11 leyendas del baloncesto y el universitario Christian Laettner fue en un oscuro pabellón de Montecarlo, tal día como hoy hace 35 años.

Un choque generacional

El Dream Team fue un choque generacional entre los tres gallos que dominaban el corral. Magic Johnson y Larry Bird llegaron a la liga en 1979 y convirtieron un campeonato oscuro en una competición que nadie quería perderse. Fueron los años dorados en los que los choques entre Los Angeles Lakers, liderados por el primero, y los Boston Celtics del segundo paraban el país, literalmente.

Hasta que se conocieron rodando un anuncio de Converse en French Lick, el pueblo natal en Indiana de Larry Bird, ambos se odiaban. Lo habían hecho desde que Indiana State y Michigan State se enfrentaran en la final universitaria, con triunfo para la Michigan State de Magic Johnson. La cara de éste cuando le dijeron que el premio a novato del año fue para Bird era todo un poema.

En 1984 su reinado estaba en todo lo alto, pero había un nuevo aspirante al trono. Un imberbe Michael Jordan salió entonces de la Universidad de Carolina del Norte y se enroló en los Chicago Bulls, que lo eligieron con el número 3 del draft. La llegada de Jordan supuso un cambio radical en la NBA, pero también una revolución cultural en todo el país. Todos querían ser como Jordan.

Su impacto fue tal que, en su segundo año y tras perderse casi toda la temporada por una lesión en el pie, Jordan anotó 63 puntos en un partido de playoffs en el mítico Boston Garden, en toda la cara del propio Bird, entonces en su máximo nivel. «Dios se ha disfrazado de jugador de baloncesto», dijo entonces el alero.

Por eso cuando los tres se juntaron para unir fuerzas en el Dream Team había que discernir quien era el dueño de la NBA. Bird quedó fuera de la ecuación, aquejado de una lesión crónica de espalda que se produjo mientras echaba grava en la carretera de su casa, pero el carácter ultracompetitivo de Magic, ya contagiado de VIH, no le permitía echarse atrás ante Jordan.

El partido que nadie vio

Cada entrenamiento era un desafío. Ambos se retaban, se quedaban jugando uno contra uno cuando todos se habían marchado. Hasta que llegó Montecarlo. La selección estadounidense preparó con unos días en el Principado su desembarco en Barcelona, entre visitas del príncipe Alberto y tardes jugando al golf y quemando dinero en el casino.

En uno de esos choques se organizó el mejor partido que nadie haya visto, hasta que hace unos años salieron a la luz las primeras imágenes en un VHS. Se formaron dos equipos: Michael Jordan lideraba a los de blanco con Karl Malone, Patrick Ewing, Larry Bird y Scottie Pippen, mientras que los de azul tenían a Magic Johnson a la cabeza, bien asistido por Charles Barkley, Chris Mullin, David Robinson y Clyde Drexler.

«Fue el mejor partido que nunca jugué», ha comentado alguna vez Michael Jordan. No en vano estaba en juego el trono de la liga, que Magic se resistía a entregar. El choque entre ambos fue duro, sin entrenadores y con árbitros que procuraban hacer sonar su silbato lo menos posible.

Lo que sí hubo fue thrash talking. Tras cada canasta los jugadores se desafiaban y se decían de todo. Malone y Barkley se odiaban, Robinson y Ewing aprovechaban cada oportunidad para machacar sobre el otro e imponerse a nivel físico. Drexler, que ocupaba la misma posición que Jordan, no le podía ni ver.

Con tanto talento sobre el parqué, tanta intensidad y un tono físico elevadísimo, Jordan se encendió. «Cuando veías esa mirada… Lo mejor era darle el balón y apartarte de su camino», ha afirmado varias veces Scottie Pippen, el que mejor conocía a su compañero en los Bulls.

El resultado final del partido, finalizados los cuatro cuartos, fue de 40-36 para el equipo de Michael Jordan. En un oscuro y húmedo pabellón de Montecarlo se produjo, esta vez sí, el cambio de ciclo en la NBA. Ni siquiera Magic pudo negarlo esta vez.

Tras el partido, Magic y Larry se sentaron juntos y comenzaron a charlar. Poco después llegó Jordan, pegado a su habitual puro, y se sentó con ellos. Tras mirarlos a ambos unos instantes, el más grande que jamás jugara al baloncesto dio una calada, expulsó el humo y espetó «Larry, Magic, habéis tenido vuestro momento. Pero hay un nuevo sherriff en la ciudad». Ninguno de los dos pudo negarse.