Ya no pescan ballenas. No reman en diminutas embarcaciones, arpón en mano, a la captura de cetáceos en los mares de Terranova. En su puerto tampoco se dibuja la hilera de embarcaciones pesqueras que durante décadas dieron de comer a sus vecinos en lejanos océanos ricos en capturas. Tampoco la realeza les visita como lo hacía antaño ni su imponente basílica se queda pequeña ante plegarias en busca de protección. Hoy son más los curiosos dispuestos a verificar si es cierto lo que dicen de su retablo, que es difícil de olvidar. Pero en sus calles adoquinadas se conserva la esencia de todos ellos; la de los aguerridos arponeros, la de los sufridos arrantzales (pescadores) y sus esforzadas y siempre olvidadas rederas, la de su tradición marítima y señorial y la de su belleza natural, la misma que atrajo a reyes y emperatrices.

Los veranos en Lekeitio son lo más parecido a un amanecer. Esta villa marinera de apenas 7.000 habitantes permanece tranquila, casi adormecida, gran parte del año, desde que el final de sus fiestas de San Antolín (1 al 8 de septiembre) recuerdan que comienza un nuevo curso. En octubre se inicia el letargo que no se despeja hasta la primavera para despuntar en julio. Es entonces cuando esta bella localidad de la costa vizcaína resurge, recibe a sus fieles veraneantes y a los esporádicos turistas hasta alcanzar su máxima cota de vida y actividad en agosto, multiplicando por cuatro su población.

La Villa Marinera cazaba ballenas en Terranova, atrajo a la realeza y hoy resucita cada verano con un turismo familiar de calidad»

Pese a ello, en Lekeitio no hay saturación. No espere fenómenos costeros de otros puntos del cantábrico en los que el boom de la segunda residencia de tiempos de bonanza acabó con su belleza y se tragó su paz. Aquí, las curvas que durante décadas hicieron mareante acceder hasta su costa zigzageante le hicieron un favor. También el mal estado de las carreteras contribuyó a ahuyentar masificaciones. En Lekeitio apenas hay urbanizaciones y nuevas construcciones. Conserva su carácter tradicional, pesquero, combinado con construcciones señoriales de un tiempo glorioso.

Situado a sólo una hora de Bilbao y poco más de San Sebastián, el principal atractivo de esta villa marinera es el mar y la playa. Sus calles huelen a sal marina y pescado fresco y lo hacen con la cotidianeidad de un pueblo que convive sin problemas con un turismo familiar. Su imponente basílica de Nuestra Señora de la Asunción compite en protagonismo con la isla que da la bienvenida a los barcos en el centro de todas las imágenes de Lekeitio. La isla de Garraitz o San Nicolás, de la que la leyenda cuenta que fue un tiempo lugar de leprosos y ubicación de religiosos, aparece hoy como objeto de deseo en campañas de la primitiva en busca de ‘47 nuevos millonarios’ o ranking de lugares con encanto donde perderse.

 

Tradición y belleza

La isla de Lekeitio flota en la pleamar y descansa en la bajamar. Situada en la desembocadura del río Lea, a ella se puede acceder a pie en marea baja a través de un malecón que comunica con la playa de Isuntza. La imagen de la costa lekeitiarra cambia cada seis horas, con cada subida y bajada del mar. La bajamar deja al descubierto un imponente arenal que comunica con las vecinas playas de Mendexa –a sólo dos kilómetros por la costa- y que queda casi sumergida cuando las mareas vivas de septiembre anuncian que el verano está a punto de terminar. Playas todas ellas, Isuntza en Lekeitio y Karraspio y Salvaje en Mendexa, que gozan de un elevado nivel de equipaciones y servicios, a excepción del aparcamiento.

Ya se sabe que en Euskadi lo único que no está asegurado es el sol. Pero en municipios como Lekeitio ni siquiera cuando llueve aburrirse es una opción. Aunque las nubes cubran el cielo, las calles gozan siempre de vida intensa en verano. A las no pocas actividades deportivas que se ofrecen en los arenales –piraguas de alquiler, windsurf, vela, surf…- se suma la siempre abundante agenda de eventos que durante los dos meses de verano mantienen viva la vida en el municipio; desde un festival de teatro callejero hasta competiciones de traineras, ferias artesanales o festivales de música.

En los días en los que el clima no invita a tomar el sol el paseo hasta el faro de Santa Katalina o el ascenso hasta la cima del monte ‘Lumentza’, hasta coronar sus tres cruces y disfrutar de las mejores vistas sobre Lekeitio, son dos de las opciones más interesantes. Y qué decir de la visita obligada a la Basílica de Nuestra Señora de la Asunción, de la segunda mitad del siglo XV, cuyo retablo gótico policromado bien merecen pagar el euro por ver iluminado uno de los retablos más valiosos de su estilo.

La ‘fiesta de los gansos’, que se remonta a 1722, consiste en colgarse de un ánade hasta arrancarle el cuello mientras se es izado sobre el mar».

Y en un radio de apenas media hora o cuarenta minutos en coche las opciones se multiplican. Visitar San Juan de Gaztelugatze (Bakio), la Casa de Junta de Gernika, -la cuna de la foralidad vasca-, Ondarroa o las siempre elegantes Zarauz o Getaria son otras opciones.

En realidad, el verano empieza en Lekeitio con la fiesta de la Kaxarranka (29 de junio), una fiesta que se remonta al siglo XV. Después de la Misa Mayor se celebra la procesión de San Pedro hasta el puerto. Ante la hornacina con la imagen del santo se realiza la ceremonia del ‘Kilin-Kala’, consistente en una quiñada que realizan los portadores de la imagen, dándole una inclinación hacia el agua. Se trata de un rito propiciatorio o interrogatorio en relación con la pesca. A continuación, comienza el baile de la Kaxarranka en el que el danzante baila sobre un arcón sostenido por ocho marineros y en el que se transportan los libros de cuentas de la cofradía de pescadores. Lo hace vestido con frac, camisa y pantalón blancos, pañuelo rojo al cuello y un clavel rojo en la solapa y una chistera en la mano derecha y banderín rojo con las insignias de San Pedro en la izquierda.

Si con los Sanpedros se inicia el verano, con los Sanantolines se cierra. Se celebran a comienzos de septiembre. Es en estas cuando los ojos de muchos y la polémica se fijan en Lekeitio. La fiesta de los gansos, el Antzar Eguna, que se remonta a 1722. Un ganso colgado en el centro de una soga cruzada sobre el puerto es el asidero sobre el que un joven, un ‘txo’, deberá dejarse izar, arriba y abajo, hasta arrancarle el cuello al ánade. Quien más alzadas resista hasta logra el trofeo, vencerá. Y así hasta en 80 ocasiones o cuantas embarcaciones concurran al evento.

Hoy, al menos, los gansos ya no están vivos, como lo estaban no hace tantos años. Ahora, el camino de esta tradición centenaria, que se repite cada 5 de septiembre por la tarde en un abarrotado puerto, enfila la de convertirse en un ‘Día de gansos’ con animales mecánicos y articulados como alternativa más respetuosa.

¿Comer? No hay problema

Comer en Euskadi nunca fue un problema. Y en Lekeitio, tampoco. Sin duda el pescado es el rey de la mesa, en restaurantes y pisos de verano. Esperar en el puerto a la llegada los numerosos barcos pesqueros con la pesca del amanecer es una experiencia además de una opción fresca y económica de abastecer la nevera. Mujeres con pequeños puestos en la Plaza de Arranegi continúan con la tradición cada mañana. Lo hacen a voz en grito, en una lluvia de escamas y demostrando una habilidad insuperable limpiando chicharros, verdeles, salmonetes o chipirones pesados a casi a ojo y cobrados de memoria.

La oferta hotelera es ajustada y los alquileres prohibitivos durante los meses estivales»

Muchas de ellas abastecen a los no pocos restaurantes que a lo largo del muelle salpican de oferta gastronómica, y que se completa con otras opciones como los numerosos locales de pintxos del Casco Viejo de Lekeitio. El ‘Lumentza’, el ‘Norai’ -y sus bocadillos-, las pizzas del ‘Santi’, el pescado del ‘Arropain’, el ‘Egaña’ o el ‘Goitiko’ son sólo algunas de las opciones interesantes. Y para las opciones de media mañana en el Casco Viejo del municipio no son pocos los locales que ofertan una amplia barra de pintxos.

Lekeitio fue tierra elegida por la nobleza. Aún se recuerda con orgullo cómo la última emperatriz del imperio Austro Húngaro, Zita de Borbón-Parma, vivió siete años aquí junto a sus siete hijos. Hoy el palacio que la acogió entre 1922 y 1929, invitada por Alfonso XIII, y los jardines en los que paseo, sobre la playa y frente al mar, se han convertido en un hotel -recientemente cerrado- y en un lugar de esparcimiento público.

Pocos hoteles, alquileres prohibitivos

El Hotel Aisia Zita era una buena opción. Disfrutaba de las mejores vistas pero su demanda elevada complicaba sobremanera disponer de una habitación en verano. Ahora el complejo, otrora real, busca nuevos gestores. Más opciones existen si se busca disponibilidad en el Hotel Zubieta, en un inmueble del siglo XVIII. En Lekeitio la oferta de alojamiento es reducida, lo que obliga a no descarta las opciones de la vecina Mendexa, -Hotel Villa Itsaso- o en casas rurales de la zona. Y si lo que se busca es un alquiler de verano, prepárese para dejar temblando la cartera.

Pero sin duda, Lekeitio bien merece una visita. En verano para disfrutar de sus playas y el ambiente relajado de sus calles siempre palpitando, y en verano, para recrearse en su belleza natural que hipnotizó a nobles y hoy viste los sueños de los aspirantes a nuevos millonarios.