De charla en la calle, con una gilda y un vermú sobre una mesa-tonel, el mundo se ve de otra manera. También saboreando despacito un helado de turrón en un banco del Paseo Pereda, frente a la bahía. O tomando las rabas junto al Sardinero en la terraza del Casino, que conserva intacta esa aura señorial que sólo se percibe en algunas ciudades del Norte. Luego están los gintonics en vaso de sidra en la bulliciosa Plaza de Cañadío o las cervezas del Río de la Pila, que saben a rock. Y las meriendas de churros con chocolate, que ayudan a sobrellevar el chirimiri, que aquí se llama calabobos. Todo eso, y mucho más, cabe en Santander.

Por eso es imprescindible hacer una parada si se viaja al norte. Vale con un fin de semana si uno anda corto de tiempo. Aunque lo ideal es establecerlo como base de una estancia algo más larga, para conocer los increíbles contrastes de Cantabria, una región de apenas 5.000 kilómetros de superficie, donde conviven playas para hacer surf y montañas de casi 3.000 metros.

Parque de las Llamas de Santander, con los Picos de Europa al fondo.

Parque de las Llamas de Santander, con los Picos de Europa al fondo. Ayuntamiento de Santander

Que el inicio de este artículo no llame a engaño. En Santander no solo se come y se bebe. Sobre todo, se pasea: en bañador o con paraguas, en bermudas o con chinos, en sandalias o con zapatos de marca, que zapaterías hay muchas y muy buenas; casi tantas como excusas para ponerse a caminar, desde la arena suave del Sardinero a la recta impoluta que une el Centro Botín y el Palacio de Festivales. La parte baja de la ciudad, la que mira al mar, se presta a ello. La capital cántabra está divida en dos mitades, bien definidas por la orografía. La vieja está encajonada entre el paseo Pereda y las cuestas interminables que ascienden a la zona más alta, con Puerto Chico y su estampa de barquitos amarrados en medio. En el otro extremo están las playas, delimitadas por la península de la Magdalena y el cerro que alberga el espectacular (y público) campo de golf de Mataleñas.

El casco viejo no lo es tanto, porque media Santander quedó devorada por un terrible incendio en 1941. Casi todos los edificios se reconstruyeron imitando el esquema original y sus bajos albergan hoy las tiendas, las tabernas y los restaurantes que revisten la ciudad de buen gusto. Hay buen comercio donde comprar moda, con firmas de nivel que resisten frente a los Zaras como resistía contra los romanos Corocotta, uno de los héroes de la mitología cántabra. Hay buenas barras donde picar rabas, mejillones y bocartes (la antigua Cigaleña o la moderna Solórzano). Y hay espléndidos restaurantes  donde darse un homenaje, con estrellas (El Serbal) o sin ellas (Cañadío, La Vinoteca, La Bombi o Marucho). En la zona se concentra también la mayoría de los locales nocturnos, agrupados en dos polos. Uno, más pijo, en torno a la Plaza de Cañadío; y el otro, más gamberro (en el buen sentido), en los aledaños del Río de la Pila.

Paseo Pereda de Santander, con Puerto Chico y el Palacio de Festivales al fondo.

Paseo Pereda de Santander, con Puerto Chico y el Palacio de Festivales al fondo. Ayuntamiento de Santander

En la zona marítima hay menos ambiente pero mucha más belleza. El Sardinero rivaliza desde siempre con La Concha de San Sebastián por el título de mejor playa del norte. También tiene forma de concha y se divide en tres. La primera y la segunda son las más amplias, y las más azotadas cuando sopla el viento. La tercera se llama El Camello y linda ya con la península de la Magdalena, cuyo palacete merece una visita sólo por contemplar las vistas que permite el montículo. A un lado, el Sardinero arropando la fachada norte de la ciudad;  al otro, la línea de costa que avanza, verde y escarpada, hacia el País Vasco. En el complejo de la Magdalena también hay playa, con el mar más remansado, ideal para los niños; y una campa tan amplia que permite jugar al fútbol, tirar cometas o hacer conciertos en verano, con la Semana Grande (la del 25 de julio) y el Santander Music (agosto) a la cabeza.

La hierba de la Magdalena o la arena del Sardinero proporcionan en estas fechas un asiento idílico para detenerse y contemplar el ajetreo de una ciudad de provincias. Y, por supuesto, para zambullirse en un libro. De un autor local (José María Pereda, José Hierro, Gerardo Diego, Elena Quiroga, Álvaro Pombo…) o de algún otro que hable del mar, que es lo que pide el cuerpo allí y ahora. La estancia junto al Cantábrico puede ser una excusa estupenda para repescar –nunca mejor dicho- Moby Dick. ¿Que no hay tiempo para tantas páginas? Pues ahí está El viejo y el mar, esperando una oportunidad para quien aún no lo haya descubierto o una relectura para quien ya disfrutó de él. El Cantábrico no es el Caribe de Hemingway, pero hay peces igual de grandes y pescadores igual de valientes.