16 de julio de 1988, estadio Michael Carroll de Indianápolis, torneo de clasificación para los Juegos Olímpicos de Seúl. El voluntario Mike Takaha entra en la sala de prensa alterado y se dirige a su jefe: “Griffith acaba de correr en 10.49”. El responsable de comunicación del evento, Peter Cava, no se inmuta: “¿Quién es él y a mí que me importa?”. El propio Cava explica su reacción: “10.49. Eso es un tiempo de hombre y además malísimo, ¿por qué tanta sorpresa? Entonces Mike me dice: ‘No, no, Florence Griffith-Joyner ha corrido en 10.49’. Y todos nos quedamos pensando… ¿estás de broma?”.

La anécdota revela la magnitud de aquella hazaña, tan inesperada como aparentemente inexplicable. El 10.49 de Griffith-Joyner fue extraño en sí mismo: un mundo por debajo del récord previo de los 100 metros lisos femeninos, que ostentaba Evelyn Ashford con 10.76 desde 1984. Fue extraño por el momento: en los cuartos de final de un torneo preolímpico, sin especial competencia, y no en una final espoleada por rivales de nivel. Fue extraño, especialmente, por sus circunstancias: durante la carrera se registró un viento de 0.0 m/s.

También fue extraño por lo que vino después: nunca nadie ha estado cerca de rozar esa marca, con o sin dopaje de por medio. Ni Carmelita Jeter (10.64 en 2009), ni Marion Jones (10.65 en 1998), ni Shelly-Ann Fraser-Pryce (10.70 en 2012) ni Elaine Thompson (10.70 en 2013). Nadie estará cerca de su marca tampoco este domingo. En 2017, sólo 6 mujeres han bajado de 10.90 segundos, y ninguna ha corrido más rápido que Thompson: 10.71. Compiten en otro mundo. Uno sin vendavales ni anemómetros estropeados.

Porque el récord de Florence Griffith-Joyner aquella tarde de julio de 1988, hay que decirlo, es una farsa. Un error que la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) se ha negado a enmendar durante ya casi tres décadas. Un registro artificial forzado por unas rachas de viento superiores a los 20 km/h, que no captaron los medidores Omega P/N 3158-008, modelo WSM, dispuestos aquella tarde en el estadio.

Que la carrera no se disputó con un viento de 0.0 metros por segundo es evidente con el simple visionado de la misma. Fíjense en la atleta de la equipación naranja, Carlette Guidry, y en cómo se mueven su dorsal y su flequillo mientras se coloca en los tacos. Fíjense en cómo vuela sobre el hombro la acreditación del tipo de la camiseta roja y gorra blanca, a la izquierda de las atletas. Fíjense en la bandera blanca del fondo, antes de que las sprinters arranquen la prueba.

Es suficientemente clara la reacción de los comentaristas de la ABC:

Al Trautwig: Florence Griffith-Joyner destrozando al resto de participantes… ¡con 10.49! Con ayuda del viento, 10.49. Espera un minuto…¡el anemómetro dice que el viento estaba dentro de los límites legales!

Marty Liquori: No puede ser. Nadie puede correr tan rápido. El calor debe estar afectando a la electrónica.

Que en Indianápolis hacía viento el 16 de julio de 1988 no lo dicen sólo el vídeo, Al Trautwig y Marty Liquori. El aeropuerto de la ciudad, con sus pistas dispuestas en diagonal a la recta del estadio Michael Carroll, reportó durante el día vientos de entre 29 y 35 kilómetros por hora. Pero las evidencias están en la propia recta: en un margen de 10 minutos, se disputaron las tres series de cuartos de final del 100 femenino. Las dos primeras obtuvieron la extraña medición de 0.0 metros por segundo, mientras que la tercera registró un viento de 5 metros por segundo, muy por encima del límite legal (+2 m/s).  En la misma recta, el mismo día, se celebraron también las semifinales y la final del 100 masculino. Todas con viento ilegal: +2,6 m/s, +4,9 m/s y +5,2 m/s. En aquella final, Carl Lewis marcó un 9.78 que aún hoy sigue siendo una de las diez mejores marcas de la historia con viento asistido.

La explicación que la marca Omega continúa ofreciendo 30 años después es que aquella tarde no hubo ningún problema con los anemómetros. Simplemente, explican que en el momento de disputarse las dos carreras el viento era cambiante y soplaba exactamente en perpendicular a los medidores, y por tanto a los atletas, por lo que no había efecto favorable.

La teoría es tan poco creíble como suena y ha sido desmontada con el paso de los años. En especial, en un paper elaborado en el año 1995 por el físico australiano Nicholas P. Linthorne para la IAAF. “Un viento de 0.0 puede obtenerse si no hay viento, si el viento es cambiante y las direcciones se anulan unas a otras, o si la dirección del viento es perpendicular a la de la carrera”, explica Linthorne, que tras un detalladísimo análisis del rendimiento de cada atleta participante en las dos carreras sin viento, concluye que todas corrieron muy por encima de su nivel. Y aporta un dato: examinando el rendimiento anterior y posterior de las atletas, y comparándolo con el de aquella ventosa tarde en Indianápolis, los cuartos de final en los que Florence Griffith-Joyner demolió el récord del mundo se disputaron con un viento favorable de entre 5 y 6,5 metros por segundo.

Eso cuadra especialmente bien con un dato que debería ser el más revelador de todos. Al mismo tiempo que se celebraban las series de los 100 metros lisos, en el foso paralelo a la recta se disputaba la competición de triple salto. El salto inmediatamente anterior a la carrera de Griffith-Joyner fue de Robert Cannon, con viento favorable de 4,3 m/s. El inmediatamente posterior correspondió a Johnny Washington, con similar ventolera: +4,5 m/s. En toda aquella competición, hubo 44 saltos con viento ilegal (alguno incluso por encima de siete metros por segundo) y sólo tres con viento legal.

La pregunta obvia es: ¿tanta influencia tiene el viento sobre la carrera de un atleta? La respuesta es más obvia todavía: sí. El propio profesor Linthorne la cuantifica en el referido estudio: para un hombre, un viento de 2 metros por segundo (máximo legal) supone una ventaja de 0.10 segundos respecto a su rendimiento habitual. Para las mujeres, esta ventaja es incluso mayor: 0.12. Contando con que en la carrera del récord de Griffith-Joyner el viento hubiera sido de 6 m/s y no el irreal 0,0, la atleta norteamericana habría obtenido 36 centésimas de ventaja. Es decir: si la carrera se hubiera disputado realmente sin viento, el registro de FloJo habría sido 10.85, a casi una décima del récord del mundo, y no 10.49.

Ejemplos de la ayuda del viento hay cientos. Por ejemplo, en un programa de la televisión japonesa el nortemaericano Justin Gatlin consiguió correr, impulsado por ventiladores gigantes, los 100 metros lisos en 9.45 (+20 m/s), por debajo del récord del mundo de Usain Bolt (9.58). Este mismo año, en la reunión de la Diamond League en Estocolmo, el canadiense André de Grasse recorrió la distancia en 9.69, ayudado por un viento de 4,8 metros por segundo.

Resulta incomprensible, por tanto, que la IAAF mantenga 29 años después un récord irreal, con pruebas evidentes de que se obtuvo en circunstancias que imposibilitan su homologación. Máxime, si se tiene en cuenta que al día siguiente, en la misma pista, y esta vez con viento legal (+1,2 m/s), la propia Griffith-Joyner registró la segunda mejor marca de la historia, 10.61. Se trata del verdadero récord del mundo de la especialidad.

FloJo confirmó después su nivel en los Juegos Olímpicos de Seúl, donde se hizo con el oro tanto en el 100 como en el 200, distancia en la que estableció un nuevo récord del mundo. Entonces en el cénit de su carrera, con sólo 29 años, sorprendió al mundo del deporte con su retirada en febrero de 1989, citando “oportunidades fuera del negocio” de la velocidad. Las sospechas de dopaje siempre han orbitado en torno a aquella decisión, tomada apenas una semana después de que las autoridades deportivas anunciasen el inicio de los controles antidopaje aleatorios fuera de competición. Griffith-Joyner, no obstante, nunca dio positivo durante su carrera. Murió el 21 de septiembre de 1998 tras sufrir un ataque epiléptico a los 38 años de edad.