Ya está. Usain Bolt ha corrido la última final de su vida en una prueba de 100 metros lisos. Nunca más correrá el hectómetro en un gran evento internacional. Ya nunca más sus gestos, su aura. El atletismo ya ha comenzado a perder al hombre que tantas veces lo salvó del descrédito. Lo ha hecho perdiendo, como nunca. Más lento que nunca: 9.95. Ante el rival más indecente: el reincidente Justin Gatlin, que se ha impuesto en 9.92 segundos. También le superó Christian Coleman, con 9.94.

El duelo había quedado servido a eso de las 20.30, cuando Coleman, la última perla de la velocidad universitaria norteamericana, cometió la osadía de vencer a Bolt en la semifinal. 9.97 contra 9.98. El jamaicano corrió los últimos 15 metros con la cabeza girada hacia su izquierda, mirando al joven que esprintaba hasta los cuadros sabiéndose la única alternativa decente a la leyenda, descontando de la ecuación al tramposo Justin Gatlin.

En un momento dado, Coleman giró la cabeza hacia su derecha y además de la victoria, se encontró los ojos de Bolt apuntándole fijamente. Mala cosa. Durante las dos horas y cuarto que pasaron hasta la final parecía que esa mirada sería el argumento de la noche. No lo fue.

La carrera

Bolt se ha pasado todo el Mundial quejándose de los tacos de salida. Un artefacto renovado, ligeramente curvo, que no convenció a nadie durante el último Europeo sub-23. Se utilizó en la zona de calentamiento, pero en la competición se usó el clásico, liso, donde se apoya el pie completo. Este nuevo deja un ligero espacio vacío entre la curvatura de la zapatilla y la base que resta impulso en la salida. Quizá el efecto sea más psíquico que físico, pero ahí está, y era igual para todos.

El jamaicano salió mal tanto en las series como en la semifinal. Es casi una costumbre, pero en la semifinal se notó demasiado. Entre precavido y sobrado, con la sensación de que alcanzaría a cualquiera. En la final volvió a salir mal, peor que Coleman y peor que Gatlin, que sorprendió a todos escondido por la calle 8. Esta vez no hubo remontada, Bolt corrió tenso, en ningún momento llegó a relajarse y ni siquiera pudo superar a Coleman, que corría a su lado.

Mientras tanto, ajeno a todo, en su camino, Gatlin se abría paso a zapatazos, con la revancha de Pekín en la cabeza. Allí, hace dos años, llegó siendo el grandísimo favorito ante un Bolt ya en cuesta abajo, pero que le ganó en lo psicológico. Gatlin, 35 años, dos sanciones por dopaje a cuestas, corrió mejor que sus rivales, pero no mucho. Más redondo, pero tampoco tanto. Tenso, como habitualmente.

El villano del atletismo mundial se impuso ante los abucheos del público, que no le soporta, y al que mandó callar tras cruzar la meta. Más abucheos, ruido de fondo mientras se arrodillaba frente a Bolt, como pidiéndole perdón, antes de abrazarse. Bolt amenazó con dar la vuelta de honor, pero le pudo la timidez. Además de Gatlin también le había superado Coleman, en el que, como en André de Grasse, como en Trayvon Bromell, todavía se puede confiar.

Bolt ya ha comenzado a decir adiós. El definitivo lo dará el próximo fin de semana, junto al resto de la selección jamaicana en el relevo 4×100. Una prueba peligrosa, siempre escurridiza, aunque los caribeños la han masterizado durante la última década. Lo que dependía de él, no obstante, ya está hecho. También depende de él la decisión de alargar o no la temporada hasta el final. Quedan reuniones, queda Diamond League, quedan todavía carreras en las que brillar, con los récords siempre lejos. La gloria ya se fue. Queda el dinero.