Es el récord de los récords. El más longevo del atletismo al aire libre, el más discutido entonces y hoy, el primer ejemplo que utilizan los defensores de la tabla rasa y la anulación todas las plusmarcas mundiales previas al año 2005. Las dos vueltas al estadio que la checa Jarmila Kratochvilova completó en 1:53.28 el 26 de junio de 1983 en Múnich figuran en la historia casi como una provocación, un exceso. Ninguna mujer corrió nunca los 800 metros tan rápido, desde luego nadie los correrá este domingo en Londres y tampoco parece viable que nadie lo haga ni en el medio, ni en el largo plazo. En 34 años, de hecho, sólo una persona se ha conseguido acercar en menos de un segundo a la alucinante marca de la campesina que volaba sobre el tartán.

Quienes lo vieron recordarán siempre a la atleta de equipación blanca y dorsal capicúa sobre un torso de culturista, apoyado en unas piernas desproporcionadas, sin depilar, con el cuerpo coronado por un rostro a menudo enrojecido y siempre masculino. Semenya al cubo 30 años antes. No es revisionismo histórico: la prensa americana, menos polite que hoy, se preguntó numerosas veces si Kratochvilova era de verdad una mujer, aunque los controles de feminidad (los únicos que pasaban las atletas durante los primeros años de carrera de la checa) siempre dijeron que sí. “Yo no tengo la culpa de ser fea y tener este aspecto”, llegó a decir la atleta, hoy entrenadora, harta de las dudas sobre su género.

Entonces y hoy, la atleta y sus preparadores han defendido siempre que el ultramusculado cuerpo de Kratochvilova no era más que el resultado de una dura infancia en el campo, una capacidad de entrenamiento sobrehumana (para recuperarse de una operación del tendón de Aquiles esprintaba dentro del agua, con chalecos lastrados y el rostro cubierto por una máscara de gas) y un consumo “grande” de vitamina B-12. “Innovamos”, defendía su entrenador recientemente en una entrevista con The New York Times.

Innovaban tanto que, más de tres décadas después, las autoridades antidoping siguen jurando y perjurando que la utilización de la citada vitamina no tiene efectos apreciables en deportistas de élite.

El problema es que tampoco pueden demostrar qué sustancias, descartado el B-12, utilizaba Kratochvilova para mejorar su rendimiento. Y tampoco que participase en el programa de dopaje centralizado que posteriormente se demostró que había puesto en práctica el gobierno checoslovaco, a imagen y semejenza del soviético y del de la Alemania Oriental. Pese a que Kratochvilova era el emblema deportivo del país, pese a que su nombre figura como el número 1 en la lista de los atletas que debían pasar al programa centralizado de “tratamiento especializado” y pese a que el propio Gobierno le realizó controles antidopaje previos a competiciones internacionales para asegurarse de que no habría sustos en pleno evento.

Kratochvilova recuperó un aspecto normalizado poco después de retirarse, para sorpresa de quienes coincidían con ella

Pese a todo ello, no se han encontrado documentos en los que Kratochvilova aceptase formar parte del programa, ni se han documentado calendarios de tomas ni prescripciones médicas como sí ha sucedido en el caso de la alemana Marita Koch, su archienemiga. A eso se agarra la checa, hoy con un aspecto ya normalizado que casualmente recuperó poco después de retirarse, para asombro de quienes coincidían con ella en reuniones atléticas a las que acudía ya como federativa.

Nadie correrá este domingo en Londres ni mínimamente cerca de la marca de Jarmila Kratochvilova, aunque fijándose en su ejemplo, no deberían desesperar. La plusmarquista mundial de los 800 metros consiguió su marca en su tercera carrera sobre la distancia, con molestias en una pierna y a la edad de 32 años, inusual para la plenitud, especialmente esta plenitud, de una atleta de carrera corta. Porque Kratochvilova ni siquiera era mediofondista: antes de su corto pero exitoso affaire con el 800, ya era una prestigiosa atleta de 400, distancia de la que también fue plusmarquista mundial, y más discreta de 200.

Su imagen excesiva sigue evocando a día de hoy el escalofrío de la barra libre de los años 80, la década salvaje del atletismo, la utilización de los deportistas como armas de propaganda, a cualquier coste. En el citado reportaje del New York Times habla Doriane Lambelet Coleman, rival de Kratochvilova en la carrera del récord y actualmente profesora de Derecho en la universidad de Duke: “Nadie se hace eso a sí mismo. Siempre sentí lástima por ella. Asumí que era un peón dentro de este engranaje, parecía una persona verdaderamente simpática”.