Conocí a Boban en el festival de las trompetas que se celebra en Guča cada verano. Tenía apellido de dictador o de esos aleros del Partizán de Belgrado que con una canasta dejaban a tu equipo sin la Copa Korac. Sin embargo, sus ojos y su andares no pasaban de los de un repetidor de curso. Ni siquiera tenía gesto de estraperlista, aunque se dedicaba a un negocio ilegal. Alquilaba la porción de valle que había frente a la casa de sus padres por cinco euros la noche a todo aquel que quisiera plantar allí su tienda de campaña durante esos días. Ese, decía, solo sería el primer negocio de muchos.

A sus veintipocos, aportaba de esa forma a la economía familiar aprovechando que Guča, su pueblo doméstico y amable, se desbordaba con la llegada de miles de visitantes. El festival, además de ser el caldero de la música balcánica, era una desmedida fiesta a la que los jóvenes acudían como niños tras un flautista para agotar premeditadamente todas sus fuerzas. A su paso, el pueblo, al haber estado lleno y luego vacío y sucio, parecía devastado.

La mayor parte de los que desembarcaban en el festival llegaban de otras regiones de los Balcanes. El acceso era difícil hasta ese pequeño enclave, situado casi en el centro geográfico de Serbia. A falta de un coche, solo quedaba la suerte del autostop a bordo de todo tipo de chatarras llenas de jóvenes con gorrillos militares verdes, banderas del país, trompetas y cerveza.

Eso o tomar un minibús lento y aburrido como un gusano desde una localidad cercana llamada Čačak. Solo circulaba dos veces al día por la carretera que salía y entraba en el valle de Guča hasta más allá de sus peladas praderas, primero, y sus colinas boscosas, después.

El pueblo era en aquellos días un concierto caótico y atronador

Desde el campamento particular de Boban se podía contemplar de un solo vistazo todo el festival. Un río escaso y lleno de basura a partir del primer día, que hacía de espina dorsal del pueblo. Calles que se abrían desde sus orillas como las espinas de un pez y, a modo de cabeza, un campo de fútbol de césped, con gradas bajas y delimitado por muros blancos de ladrillo.

La música sonaba desde primera hora de la mañana por todas las calles del pueblo. Decenas de bandas, de un lado otro, en un concierto caótico y atronador. En torno a la plaza donde se levantaba la escultura de un trompetista, se congregaban cientos de jóvenes borrachos con cervezas calientes en la mano y bailando sin parar. En los aledaños, grandes cerdos ensartados se cocinaban a fuego lento en puestos ambulantes, mientras en cuencos de barro, en los que bien podría caerse uno, se cocinaban guisos y sopas.

Mientras, en las terrazas y bares la gente lanzaba dinero a los músicos y se abrazaba para bailar kolos. Todo eran las trompetas.

Por la tarde, la multitud iba camino del campo de fútbol para ver las eliminatorias del concurso de bandas de trompetistas, el plato fuerte del festival, y en ese momento el espíritu serbio se le metía a uno dentro, alentado por el onder de las banderas azules, blancas y rojas. La rakia, el licor local, pasaba de mano en mano y de ahí a la sangre. Camisetas con héroes militares y más gorrillos verdes, muchos sin viseras y con insignias. Goran Bregovic, Kosturica…dioses para aquellas milicias del alcohol, la carne y la danza. Y en todo momento, luces en las laderas, que salían de las pequeñas casas y las tiendas de campaña. Como en la casa de Boban. Unas más cerca y otras más lejos.

Boban, con su escasa altura, su delgadez y la tez clara resaltada por el pelo negro y los dientes algo amarillentos ya por el tabaco, parecía un turista. Ni llevaba el nombre de alguna hija tatuado, ni se había afeitado la cabeza, ni llevaba botas militares. Vestía, eso sí, el mismo gorro verde y ofrecía su propia rakia mientras transportaba a sus huéspedes de la estación del minibús a su casa en un Renault 5 blanco. Y sonreía en todo momento como un guía ávido por descubrir al extranjero lo extraordinario de su tierra.

Cuando caída la noche iban llegando los compañeros de campamento, buscaban con sus linternas una parte del césped en la que clavar la tienda mientras lanzaban vistazos al barullo, abajo, en el festival. Franceses de Burdeos, griegos de Bolos y otros locos desorientados que acababan en Guča como hinotizados por su música. A Boban le gustaba hablar con todos ellos una vez había terminado de explicar las condiciones en las que se podían quedar allí. Se hacía entender sin importar el idioma y de una tienda de campaña a otra parecía correr sobre las cuadrículas de un mapa mundi.

Como baño, una letrina un poco apartada, donde comenzaba el bosque. Eso para los hombres, las mujeres tenían permitido entrar en el baño de la casa. Como ducha,una manguera sujeta por una rama hincada sobre un suelo de porexpan. Alrededor, una mera cortina de plástico azul. Podía parecer poco, pero una ducha al aire libre en medio del calor del festival era mucho más que una ducha. Y Boban lo sabía, así que sencillamente ajustaba el coste a las necesidades.

Cuando verdaderamente conocí a Boban fue al amanecer

Con todo preparado, la noche fue larga en el pueblo. Todos querían invitar a su rakia, cantar más alto y abrazar más fuerte. Pero el encuentro prometido con Boban no se produjo. Ya nos veremos por las calles dijo, pero la casualidad no lo permitió. Así es que cuando verdaderamente conocí a Boban fue al amanecer.

El hospedaje incluía un desayuno de pan con mermelada de arándanos y café. Lo servía su madre, mientras su padre se sentaba a fumar exhibiendo barriga y un cuerpo policromado con alguna cicatriz grosera. Cuando el sol ya no dejaba dormir más y hubo que salir de la tienda de campaña, el saludo fue cordial. La madre, una inclinación de cabeza secándose las manos en el delantal; el padre, una palmada en la espalda que bien le podría sacar a uno un demonio de dentro y que se sentía como una advertencia.

Boban ya estaba allí antes que nadie despertara. Llegó recién duchado, como si hubiera dormido 10 horas. Tal vez lo había hecho. A los que iban levantándose les invitaba a sentarse en una mesa de madera alargada bajo una parra, en el exterior de la casa familiar.

En la sombra fresca al fin, Boban hablaba y dejaba hablar, preguntaba. Sobre la vida en otros países, la crisis en Grecia, la juventud en España, el precio de las Rayban de aviador, el color de los ojos de las mujeres en Francia. Quería estudiar psicología o derecho fuera de Serbia, vivir en otros países, montar allí empresas, aprender otros idiomas. Y quería un gran jardín. Pero no se conformaba con algo como aquel pedazo de valle, pensaba más bien el valle entero.

Boban tomaba el café humeante como si se tragase el mundo, sin miedo y sin defensas. Y en medio de ese estado de determinación, con la música de las trompetas ya llegando desde lo lejos del pueblo de nuevo, le interrumpí:

-Boban, ¿tú no tocas la trompeta?

-No, nunca he aprendido. Se me da fatal.

-Quizás sea cuestión de práctica.

-Tal vez – dijo casi sin pronunciar las palabras.

-¿Y por qué lleváis todos ese gorro?

-¿Este? – se señaló a la cabeza como si acabara de reparar en él.

-Todo el mundo lo lleva, sí.

-Es el de los chetniks, los milicianos serbios. Lo hemos llevado desde siempre en la guerra.

-¿Qué guerra?

Entonces, Boban dejó el café a un lado, apagó el cigarrillo y con suma calma preguntó:

-¿Cuál quieres?

Me señaló a su padre, que en ese momento se levantaba como un buey en su establo, imponente, y tan amable como peligroso. Tan gigante y tan volcán.

-¿La Primera Guerra Mundial? ¿la Segunda Guerra Mundial? ¿la de Yugoslavia? De esa hace poco. ¿Cuál prefieres?

Y en ese instante la letrina, la ducha, las tiendas de campaña, todo pareció ser de repente un antiguo campo de batalla. Los idiomas cruzados en pleno desayuno con las manos agarradas a los cafés, los de los refugiados. Ya no había aire libre, sino intemperie. Ya no había padres, sino supervivientes. Ya no había canciones y trompetas, sino llamadas a la carga. Y los tambores, solo tambores de guerra.

Se había hecho el silencio por primera vez desde que Boban salió de su coche para saludar. Él sabía que debía esperar a que su respuesta traspasara el cuerpo, como lo hace la rakia. Después se levantó y entró en la casa. A los pocos minutos, salió con uno de los gorros de los chetniks en la mano y lo dejó encima de la mesa junto a un papel con su dirección y un teléfono.

-Si encuentras una Rayban de aviador baratas me las mandas. ¿Trato?

A la salida del pueblo, los jóvenes caminaban con sus trompetas al hombro y sus gorros. Como milicianos del alcohol y la música. Y uno no sabía si para otros sus sonidos también podrían ser los de las balas, y su ruido, el de los cañonazos. Boban, no quería una trompeta, pero sí conquistar otras tierras.