La obra de Iganacio Zuloaga (1870-1940) está tradicionalmente vinculada a la España Negra que marcó a la generación del 98. Una obra que es casi un reverso sombrío de la de Sorolla. Pero la muestra  Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914 de la Fundación Mapfre desvincula al pintor de esa visión para presentarnos a un artista estrechamente unido a la vanguardia parisina. Y lo hace a través de 90 obras de Zuloaga y de otros artistas como Pablo Picasso, Henri de Toulouse-Lautrec, Giovanni Boldini, Jacques-Émile Blanche, Auguste Rodin o Émile Bernard.

«En 19o0 se crea en París el  debate de una España negra y una España blanca y hay un montón de intelectuales que defienden la pintura de Zuloaga como una pintura mucho más auténtica. Zuloaga está en un mundo que está más a la vanguardia de lo que puede estar Sorolla. En esta exposición se ve, es amigo de Gaugin, de Aguste Rodin, de Touluse-Lautrec… Está en un grupo  de artistas que lo que buscan es esa especie de simbolismo con una pintura más auténtica, con una espiritualidad más verdadera. Y Zuloaga entronca mucho más con eso», asegura Pablo Jiménez Burillo, comisario de la muestra.

El Zuloaga que se alimenta intelectualmente del ambiente parisino se vuelve muy refinado, pero desde España es percibido «muy mal, porque se consideraba que daba una imagen ofensiva del país», señala Bustillo. En este sentido su obra Víspera de la corrida es rechazada por el comité español para participar en la Exposición Universal de París de 1900, en la que Sorolla, por el contrario, cosecha grandes éxitos.

La exposición, que se podrá ver hasta el 7 de enero, se organiza en torno a varias secciones en las que se recogen aspectos de su obra, como su contacto con la pintura au plein air, durante los primeros años en la capital francesa, su faceta como coleccionista de arte y su trabajo como retratista.

Uno de los momentos más importantes de su presencia en París ocurre a partir de 1890, cuando presenta sus obras en la galería Le Barc de Boutteville junto a los protagonistas del simbolismo como Paul Gauguin, Maurice Denis, Paul Sérusier o Émile Bernard. Influenciado por este ambiente, comienza a experimentar con la simplificación de las formas, aunque manteniendo siempre una paleta más sombría de lo habitual entre sus coetáneos.

La muestra  da buena cuenta de la amistad del artista vasco con el pintor Émile Bernard y con el escultor Aguste Rodin. A Bernard, le une la admiración por la tradición pictórica y por los maestros del pasado y su relación con Rodin nace de la profunda admiración que siente por la obra del escultor. Ambos artistas intercambian obras y exponen de forma conjunta en diferentes ciudades europeas.

En cuanto al Zuloaga coleccionista se exponen piezas de la colección artística del propio pintor que dedica especial atención a los pintores españoles que más admiraba: El Greco, Zurbarán o Goya. Una admiración que se aprecia en su producción y estilo.

La última sección, Vuelta a las raíces, destaca la relevancia que la experiencia parisina tiene en el regreso de Zuloaga a sus propias raíces. Ofreciéndonos una visión de nuestro país en la que se funden realismo y simbolismo, tradición y modernidad. En esta vuelta, el pintor se encuentra con algunos de sus compañeros, con los que comparte iconografía: bailarinas, celestinas o enanos ocupan también la mirada de Picasso o de Anglada Camarasa.

Entre las obras que no son de Zuloaga destaca ‘La Celestina’ de Picasso que «creo que nunca ha estado en España,  solo por eso merece la pena venir a la exposición», ha apuntado Burillo.