Si el aviador y explorador norteamericano Richard Byrd hubiera tenido Instagram o Facebook se habría retratado en 1926 junto a su compañero Floyd Bennett a los mandos de su Fokker sobrevolando por primera vez en la historia el Polo Norte. Un año más tarde habría actualizado su muro exponiendo sus heridas tras estrellar el avión que pilotaba antes de tratar de realizar el primer vuelo trasnoceánico sin paradas; y habría felicitado, quizás en Twitter, a Charles Lindbergh por haber completado la misma hazaña poco después. Pero, sobre todo, habría logrado ser viral tras alcanzar el Polo Sur con su avión, en otro vuelo pionero, en 1929.

Con todo, en los años de entreguerras, sin redes sociales, pero con la emergente presencia de los mass media en Estados Unidos, el explorador Byrd logró convertirse en una de las personalidades más importantes de su época, tan ansiada de héroes, como lo pudieron ser Amundsen, Scott o Shakleton. No le faltaron cortejos, ni amistades influyentes como el banquero John Rockefeller o el magnate de los automóviles Henry Ford, que financiaron sus incansables expediciones.

Sin embargo, cuando su fama ya había alcanzado su cenit y con esposa y cuatro hijos, algo le llevó a buscar el punto más solitario de la tierra, donde conversó, como quien chatea, con la vida y también con la muerte. Y esa acabó siendo su gran historia.

El hombre que pudo ser Plutón

Nacido en Winchester (Virginia) en 1888, en el seno de una familia adinerada, la vida de Byrd fue una de esas historias ejemplares americanas: un hombre trepidante, autosuficiente, comprometido con un destino en el que se veía ampliando las páginas de historia de su país, su grandeza. Su incipiente carrera naval fue efímera por una serie de lesiones en el pie derecho que le de dejaron cojo y le obligaron a abandonar el cuerpo, no sin antes recibir la Medalla al Rescate del Congreso en 1914 por el doble salvamento de varios marineros que se ahogaban.

Retrato del explorador norteamericano Richard Byrd.

Retrato del explorador norteamericano Richard Byrd. Wikimedia Commons

Sin embargo, lo que son los límites y las fronteras para la gente corriente son solo el punto de partida para los exploradores. Por eso Byrd supo sobreponerse a este obligado retiro para, con lucidez, coger al vuelo los avances de la industria aeronáutica y basar en los aeroplanos su mayores logros. “Mi única oportunidad de escapar de una vida sin acción era aprender a volar”, diría.

Los testimonios de biógrafos como Eugene Rodgers, Lisle Rose o Robert Matuozzi dan, por el contrario, la idea de un hombre que, entre la nobleza y la pureza de sus ambiciones, también escondía un profundo anhelo de fama y reconocimiento. Incluso algunas teorías desmienten que Byrd pudiera alcanzar el Polo Norte en un avión como el Josephine Ford, que pilotaba en 1929, al no contar con alas tan resistentes como para sobreponerse a los vientos de la Antártida.

Su ego se hizo más grande a cada logro: fue el único hombre al que se le organizaron tres desfiles en Nueva York tras sus méritos e incluso el planeta Plutón estuvo apunto de recibir su nombre. No era para menos que Byrd se sintiera algo extraordinario.

En busca de la soledad

Como se recoge en los escritos oficiales de la Sociedad Histórica de Virginia, llegado cierto momento, su compromiso con el avance de la ciencia, la innovación en el transporte y las comunicaciones se mezcló con un individualismo creciente que le llevó incluso a dejar fuera de la autoría de sus descubrimientos a sus compañeros de expedición.

Y fue entonces cuando falló en sus cálculos y buscó la épica en la soledad, cuando la soledad era algo épico.

El año 1934 fue el de su dudosa hazaña. En una segunda expedición a la Antártida, en el asentamiento próximo a la barrera de Ross llamado Little America que se había levantado con anterioridad y que perecía entre la nieve, se dispuso a pasar el invierno junto a otros dos compañeros en una base avanzada, a casi 200 kilómetros de aquella pequeña patria, para realizar una serie de mediciones meteorológicas. Sin embargo, la falta de suministros suficientes impidió que pudieran permanecer allí tres personas y Byrd, contando con que dos entrarían en conflicto en un lugar tan aislado sin la mediación de un tercero, prefirió permanecer solo.

De aquella experiencia deja testimonio en su libro Solo, publicado en 1938 y reeditado ahora por Volcano. Un libro extraño, en el que la aventura se desidealiza y el héroe se desnuda y se muestra un poco menos héroe. Un libro sobre una experiencia en la que la falta de cálculo (la falibilidad) casi le cuesta la muerte y que, por ello, habla más de la miseria que de la grandeza.

Imagen aérea de la base Little America.

Imagen aérea de la base Little America. Wikimedia Commons

En su reclusión, en medio de la inmensidad antártica, el aviador se sincera. Su anhelo era la soledad. En esa base avanzada, asegura, “podría vivir como quisiera, sin obedecer a más necesidades que aquellas impuestas por el viento, la noche y el frío, y sin cumplir más leyes que las propias”. Sin embargo, una vez más, algunos autores apuntan que, el hombre que había llegado a los polos necesitaba otra acción espectacular para seguir engordando su fama y eso era un aislamiento de seis meses en una base inhóspita en medio del invierno antártico.

Aun así, Byrd insiste: “Quizá era el único momento en toda mi vida adulta en el que era profundamente consciente de que no tenía nada que hacer”. “Creo que la mitad de todos los problemas del mundo proviene de no saber lo poco que necesitamos en realidad”, reflexionaba entre observaciones de fenómenos atmosféricos en plena soledad y silencio.

La épica de la soledad

Seis meses en una construcción bajo el hielo polar, con pasadizos para guardar provisiones. Una estación de radio, combustible para calentar la estancia y evitar que el hielo escalara por las paredes; libros, música e instrumentos meteorológicos para justificar la misión. Y en todo momento, temperaturas muy frías, más allá de los 50 grados bajo cero.

En ese lugar tan lejos hasta de la vida, Byrd dijo conectar con una sensación de paz nunca antes experimentada. Tomó conciencia del Cosmos, sintió la unidad con todo lo que le rodeaba y alcanzó lo que denominó un especial estado de conciencia. A eso ahora le llamamos mindfullness.

Pero lo que debería ser un relato en tonos claros, como la nieve, se torna oscuro, como el humo de una caldera que, por su mala ventilación, acabará teniendo efectos devastadores sobre la salud de Byrd. Y en ese momento, el aventurero, un hombre de otro tiempo que prioriza el honor, se enfrenta a su estación de radio como a un enemigo. Ante todo, la vergüenza de haber subestimado el reto. Su rescate el último recurso. “Me doy cuenta de que no puedo tomar mi soledad a la ligera, es demasiado grande”, asegura.

Richard Byrd fotografiado al pie de uno de los aviones que pilotó.

Richard Byrd fotografiado al pie de uno de los aviones que pilotó. Wikimedia Commons

Su relación con la radio se torna el centro de un relato. “Así que esto es lo que hago: mientras la maquinaria se calienta en la estufa me siento en el escritorio y escribo en una hoja de papel los mensajes que he pensado. Los deletreo en vertical a lo largo de la hoja, como si fuera escritura china, con una letra bajo la otra y luego, al lado de cada letra, escribo los puntos y rayas equivalentes”, escribe para afirmar a continuación: “Resulta reconfortante hablar así con Little America, aunque en el fondo de mi corazón desearía no tener que necesitar la radio. Me conecta con los lugares en los que preparan los discursos y las impertinencias del mundo exterior”.

Si Byrd se lanzó solo ante la basta nada de la Antártica por obtener más reconocimiento o si lo hizo saturado por esa misma fama es algo quizás cuestionable. Si en los peores momentos pudo hacer de ello un relato para el mundo a través su radio, prefirió no hacerlo, solo más tarde con la publicación de su libro. Quizás en su Instragram o en su Facebook tampoco habría colgado un selfie con la nariz congelada y a punto de morir. Nadie vende su fracaso.

Sin embargo, a su retorno a Estados Unidos su recepción volvió a ser la de un héroe. La soledad también fue épica en su tiempo, sin embargo algo había cambiado en el corazón de Byrd al mismo tiempo que los tiempos cambiaban a su alrededor y quizás en sentido contrario. En su testimonio en la base dejaba entrever esa transformación: “Soy más capaz de discernir que es trigo para mí y que es paja en el mundo. De hecho, mi propia definición de éxito está cambiando”.