El año 1492 ocupa un lugar privilegiado en todas las crónicas sobre la historia de España. La conclusión de la Reconquista, con la toma de Granada; el decreto de expulsión de los judíos de los reinos hispánicos; y el descubrimiento de América representan episodios esenciales en la historia de los reinos de Castilla y Aragón, que ligados a través del enlace de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, empezaban a trazar un rumbo común que en poco tiempo les llevaría a convertirse en uno de los mayores imperios de todos los tiempos.

Pero todo esos logros pudieron verse seriamente comprometidos el 7 de diciembre de 1492, hace ahora 525 años. Ese día, el rey de Aragón, Fernando el Católico, estuvo muy cerca de perder la cabeza en Barcelona. Literalmente.

Pasaba un cuarto de hora de las doce del mediodía y el rey se encontraba en las escalinatas del Palacio Real, ubicado en la Plaza del Rey de Barcelona. Esa misma mañana, Fernando II de Aragón (Fernando V en Castilla), que no visitaba los territorios de la Corona de Aragón desde hacía doce años, había mantenido una audiencia en el palacio para tratar una serie de asuntos judiciales. Fue en el momento de marchar, al término de la reunión, cuando el rey fue víctima de un inesperado atentado.

Vista de la Plaza del Rey de Barcelona, con las escalinatas que daban acceso al Palacio Real.

Vista de la Plaza del Rey de Barcelona, con las escalinatas que daban acceso al Palacio Real.

Oculto entre la multitud que abarrotaba la plaza, un hombre vestido con una amplia capa se aproximó por la espalda al rey, que se había detenido a hablar con el tesorero, y sacó de entre sus ropajes una espada corta y ancha con la que trató de decapitar al monarca.

Si Fernando el Católico logró conservar la cabeza sobre sus hombros fue porque la fortuna quiso que en el momento de la acometida se moviera en dirección a su cabalgadura, lo que evitó el golpe certero de la espada, porque «si le diera antes que se mudara, partiérale por medio la cabeza hasta los hombros», según relata Andrés Bernáldez en su Historia de los Reyes Católicos.

Pero el monarca hispano no salió, ni mucho menos, indemne de aquel atentado. El espadazo de Joan de Canyamars, el autor del ataque, le alcanzó de lleno entre el hombro y la nuca, causándole la rotura de la clavícula y una «herida tan grande […] tan larga y tan honda, que de honda entraban cuatro dedos», según escribió la reina Isabel a su confesor Hernando de Torres. Sólo, la cadena de oro que Fernando portaba en su cuello -probablemente la del Toisón de Oro- evitó que la espada le causara daños aún más serios. Había salvado la vida «por un hilo de araña», según los cronistas del suceso.

La cadena que el rey portaba al cuello impidió que la espada le hiciera un corte más profundo

Mientras el rey se llevaba la mano al cuello y lanzaba gritos de «traición, traición», dos miembros de su séquito se avalanzaron sobre Canyamars, al que apuñalaron y habrían matado allí mismo si Fernando no les hubiera ordenado dejarlo con vida.

La noticia del atentado fue recibida con conmoción en la Corte real, donde temieron que el atentado formara parte de una amplia conspiración. De hecho, la reina Isabel ordenó que los barcos amarrados en el puerto estuvieran listos, por si ella, el príncipe heredero Juan y las infantas tuvieran que huir.

Lo cierto es que a la reina no le faltaban razones para temer el estallido de una insurrección en tierras catalanas. La segunda mitad del siglo XV había sido especialmente convulsa en la Corona de Aragón y, más concretamente, en Cataluña. La crisis que venía arrastrando el reino desde el siglo anterior había agudizado los desencuentros entre la Corona y la oligarquía, la nobleza y el campesinado, dando pie a constantes luchas sociales que, por momentos, alcanzaron el grado de guerra civil.

Representación del atentado en el Dietari de l'Antich Consell Barceloní.

Representación del atentado en el Dietari de l’Antich Consell Barceloní.

Juan II de Aragón, padre de Fernando el Católico, había sufrido la oposición de los representantes de las instituciones urbanas y los miembros de la nobleza, que trataron de sustituirle, ofreciendo el trono aragonés a distintos candidatos, incluido al rey Enrique IV de Castilla -hermano de Isabel-, a cambio de que les garantizara sus privilegios.

El rey Juan salió victorioso de aquella contienda, pero cuando le sucedió Fernando el territorio estaba lejos de estar pacificado y en 1484 se produce una nueva revuelta campesina (la segunda guerra remensa) que obligó al monarca a intervenir, para reconducir las tensas relaciones entre los señores y sus siervos, que se habían rebelado contra los continuos abusos de aquellos.

La respuesta del monarca fue la Sentencia Arbitral de Guadalupe, de 1486, que logró apaciguar los ánimos, recogiendo algunos de los postulados de los campesinos. Pero como advierte el profesor Valentí Gual, de la Universidad de Barcelona, aquel arbitraje real «no creó un mundo de propietarios y, sobre todo, […] no suprimió el régimen feudal. Fueron muchos los campesinos que no pudieron pagar las redenciones y, por lo tanto, un importante sector remensa quedó al margen de las mejoras introducidas por el arbitraje real».

Este convulso contexto alimentaba las sospechas de que una amplia conspiración, ya fuera señorial, ya fuera campesina, estuviera detrás del atentado contra el rey, tal vez con el ánimo de sumir al reino en un complejo callejón sucesorio que permitiera a unos u otros ganarse el favor de un nuevo monarca.

Pero lo cierto es que en los interrogatorios a los que fue sometido, y a pesar de las torturas, Canyamars, un campesino catalán de 60 años, no ofreció otra versión que la de haber tenido una visión en la que se le instaba a matar «a este rey, y tú serás rey, que este tiene lo tuyo por la fuerza».

Sometido a torturas, Canyamars justificó el atentado por una visión que le instaba a matar al rey

Mientras el rey era atendido por los físicos y cirujanos de la ciudad, en Barcelona, más que un ambiente de conspiración, reinaba la conmoción. Pese a que, tras un primer momento, se pensó que la salud del rey no estaba en peligro, la infección de la herida una semana después avivó los temores a su muerte.

De haberse producido el fallecimiento del monarca, «seguramente hubiesen surgido problemas en la sucesión. Pero legalmente, Fernando tenía un heredero, el príncipe Juan, de 14 años en aquel momento, que es quien tendría que haber asumido la Corona, y, hasta que cumpliera los 16 años con los que ya podría reinar, tendría que actuar como regente su madre, Isabel, que estaba muy bien considerada en Cataluña», explica el profesor emérito de la Universidad de Barcelona Ernest Belenguer. El asunto podría revestir más complejidad si se tiene en cuenta que el príncipe Juan moriría cinco años después, pero «nada de esto sucedió y no tiene sentido especular con lo que habría pasado, porque no se puede saber», comenta Belenguer.

Tras el atentado, se decidió que la catedral de Barcelona «se mantendría abierta durante dos semanas, en continua oración, día y noche, por la recuperación del rey. La ciudad organizó catorce procesiones públicas para rogar por su restablecimiento, y finalmente el día 22 se celebró una procesión de acción de gracias a Dios y a la Virgen cuando se confirmó que el rey ya estaba plenamente recuperado», relata el historiador Henry Kamen.

Para entonces, Canyamars ya había sido ejecutado públicamente, con extrema crudeza, siendo su cuerpo descuartizado, como castigo ejemplarizante para quien osara atentar contra el monarca.

Con su muerte, quizás Canyamars se llevó las verdaderas razones de su atentado, que algunos historiadores han planteado que podría estar motivado por su frustración, como campesino remensa, al no haber obtenido del rey una respuesta que aliviara su situación de servidumbre. Sea como fuere, como señala Gual, «seguramente nunca podremos saber si Joan de Canyamars tenía alguien detrás, o si le inspiraba algún móvil que no fuera la locura que se le atribuyó ni una supuesta inspiración, diabólica o divina».