José María Iñigo y su bigote ya forman parte de la historia de la Televisión. El periodista (Bilbao, 1942) ha fallecido este sábado, según ha adelantado Pepa Fernández en el programa No es un día cualquiera de Radio Nacional, donde el locutor colaboraba desde el año 2000.

«La televisión es el gran invento del siglo XX aunque los otros medios la hayan maltratado siempre con epítetos como la caja tonta. Si le echas basura sale basura, pero si le echas talento sale talento. La televisión que se hace ahora no es mejor ni peor que la de antes, sino diferente. Es un contenedor que depende de lo que eches», solía decir.

Su fama se la debía a una televisión que consagraba porque no había otra

José María Iñigo sabía de lo que hablaba. Lo tenía claro. Su fama se la debía a una televisión que consagraba a todo el que pasaba por las 365 líneas porque no había otra. Era la televisión de las grandes audiencias, cuando se trabajaba sin ratios, sin presiones, porque tenía a todo un país concentrado en un solo canal. Programas como Estudio abierto, Directísimo, Esta noche… fiesta lo convirtieron en uno de los presentadores más populares de España.

Inició su carrera como locutor en Radio Bilbao y en la Cadena Cope local. Pronto destacó y empezó a escribir para La Gaceta del Norte. Con 18 años ingresó en la Agencia Efe, pero en aquella época su meta era triunfar en Madrid. Le dijeron que de provincias no se podía ser alguien en la capital y así que decidió volar a Londres. Allí se prodigó en la prensa musical y cuando volvió era el mismo, pero con el marchamo de Londres, con el pelo largo y un bigote a lo John Lennon. Esa fue la clave. Saltó a la fama como locutor de Los 40 Principales en El Musiquero y El Gran Musical.

En 1968, Adolfo Suárez, entonces jefe de programas de TVE, le abrió las puertas de la televisión

En 1968, Adolfo Suárez, entonces jefe de programas de TVE, le abrió las puertas de la televisión. En aquellos años tener una aparato de televisión en casa era todo un lujo puesto que costaba una fortuna, la friolera de 30.000 pesetas, la gente se reunía en casa de los vecinos para ver el gran invento del siglo XX. Un invento que, según sus propias palabras, “está tan infravalorado que ni siquiera recordamos el nombre de su inventor”. Por cierto, fue John Logie Baird.

En 1970 estrenó el programa Estudio abierto en UHF (actual La 2), un programa innovador y que tuvo tanta aceptación que en 1972 los directivos de TVE decidieron pasarlo a la cadena principal (La 1).

Era la época de la censura, aquella en la que no se podía hablar ni de política, ni de religión, cuando en los ensayos la última palabra la tenía unos señores de gris que debían dar el visto bueno. José María Iñigo los capeó como pudo. Tuvo que aconsejarle a María Jiménez que no fuera tan efusiva en su interpretación y que se tapara el canalillo. Que Massiel confesara en directo que tomaba la píldora le provocó más de un quebradero de cabeza con quejas de la Iglesia y algún revuelo social. Y no digamos cuando Joan Baez le dedicó su interpretación a La Pasionaria.

Estudio Abierto era un programa de entrevistas, reportajes y variedades que marcó tendencia en la televisión española. En la década posterior, José María Íñigo condujo programas similares como La gente quiere saber, DirectísimoEsta noche… fiesta y Fantástico. Incluso relanzó el mismo Estudio abierto en una segunda etapa, de 1983 a 1985.

Periodista de raza y gran entrevistador, se enfrentó a situaciones complicadas, “cosas del directo” solía decir. Conversó con una degenerada y alcohólica Ava Gadner, pero antes de destrozar al mito decidió cortar la entrevista. Inolvidable en la historia de la Televisión fue el número de la cuchara del mentalista Uri Geller, que puso a toda España a doblar cucharas en casa.

Uno de los grandes fracasos de aquella época, así lo solía llamar, fue la entrevista que le hizo a la actriz de Pippi Calzaslargas, un fenómeno de la época. «Nosotros esperábamos una niña y resulta que la actriz que la interpretaba era mucho mayor, gustó más a padres que a niños que se llevaron un disgusto terrible».

Descubridor de talentos, por sus manos pasaron unos desconocidos Martes y Trece que entonces actuaban en bares por 15 pesetas y al día siguiente de salir en su programa ya cobraban 100 veces más.

Otro momentazo televisivo de la época dorada fue el revuelo que provocó el debut de Miguel Bosé en Esta noche… fiesta, entonces era el hijo de Luis Miguel Dominguín, el torero le dio la alternativa en directo cuando nada presagiaba que aquel efebo blandito con vaqueros, camiseta ajada y pañuelo en culo se iba a convertir en un fenómeno de fans. Por no hablar de la interrupción en pleno directo de la actuación de Lola Flores porque “había perdido un pendiente de los buenos”.

Al día siguiente de la emisión de sus programas, no se hablaba de otra cosa. Íñigo removían la emoción del país a través de la televisión. No sólo conseguía el instante perfecto, también lograba mostrarlo con sensibilidad gracias a robar planos de los asistentes y unas propuestas escénicas imprevisibles.

El final de la época de oro de la televisión, la llegada de las cadenas privadas y la fragmentación de la audiencia diluyeron la popularidad del presentador. “La fama es algo efímero, lo importante, y lo que permanece, es el medio, tienes que tenerlo claro. No me gusta ser protagonista de nada, prefiero la segunda fila», decía.

Con cinco TP de Oro al Mejor presentador, un Ondas y una Antena de Oro, José María Íñigo dedicó sus últimos años a la radio. Aunque colaboraba de forma esporádica en televisión.

Eurovisión

De hecho, tomó el relevo de José Luis Uribarri en Eurovisión. En realidad debutó en 1975 y repitió en 1976, siendo el portavoz de los votos españoles gracias a su dominio del inglés. Pero se hizo aún más cercano a todos los eurofans en 2011, cuando sustituyó a José Luis Uribarri para narrar la final y algunas de las semifinales del Festival. En esa labor se mantuvo hasta el 2017.

No le gustaba que le llamaran maestro porque le recordaba a la jubilación. Y él nunca se jubiló. José María Íñigo ha fallecido justo cuando falta una semana para la gran final de Eurovisión, y pocas horas después de que Amaia y Alfred hayan realizado su primer ensayo.

Este año iba a ser el primero sin su presencia. A pesar del revuelo que se produjo cuando se supo que Iñigo iba ser sustituido por Tony Aguilar, él mismo aclaró que la decisión de no ir había sido suya, quizá el presentador ya era consciente de su precaria salud.