No aprendemos. En España mantenemos una relación muy peculiar con el Festival de Eurovisión. Siempre es lo mismo. Vivimos en una especie de déjà vu. Arranca el país pensando creyendo ciegamente en el tema que presenta, pero con el paso del tiempo, las expectativas se desinflan como el champán. Al final todo termina sin pena ni gloria, salvo cuando el batacazo es tan tremendo que hace historia.

En 1961 España se estrenó en Eurovisión y desde entonces el país ha sufrido algún que otro Eurotrompazo, unas veces por no alcanzar la posición soñada y otras por levantar ampollas y crear polémica entre la audiencia.

El último varapalo lo tenemos fresco. El año pasado, Manel Navarro regresó de Kiev con cero puntos y convertido en el último de la fila. Lo que empezó con un corte de manga y con denuncias por tongo acabó tan mal como auguraban las casas de apuestas, en un último lugar, cero puntos (cinco del televoto). Fue la crónica de un desastre anunciado. Ni el tema, ni la puesta en escena, ni la voz (desafinó en varias ocasiones y se le escapó un gallo memorable), nada fue digno. Los intentos surferos de Do it for your lover no conquistaron a nadie. Su puesto en el Festival de Eurovisión 2017 fue más que merecido.

Tampoco comenzó España con buen pie su andadura en el Festival de Eurovisión. Corría el año 1961. Tras el noveno puesto de Conchita Bautista y su Estando Contigo, Víctor Balaguer volvió de Luxemburgo con cero puntos y el primero por la cola. Conchita Bautista repitió participación en 1965 y su ¡Qué bueno, qué bueno! tampoco sedujo a nadie en Nápoles. Otro rosco para la España del blanco y negro.

La televisión en aquellos años todavía andaba en pañales y estos fracasos no fueron tan sonados como el vacío de Remedios Amaya. Cero points. La flamenca perdió su barca en Múnich. Su intervención fue muy  criticada, sobre todo porque la artista salió al escenario descalza. Ya ves, como si eso fuera definitivo. Descalza arrasó Loreen con Euphoria en Baku en 2012.

A las puertas del siglo XXI, Lydia quedó en último lugar con No quiero escuchar. Ella sí que no escuchó, se enfundó en un modelito de Agatha Ruiz de la Prada que sólo le trajo disgustos para aterrizar en España con un mísero punto que le regalaron desde Croacia. Casi es menos humillante terminar con cero. Pocos se pueden acordar puesto que tuvo la suerte de que en aquellos años el festival andaba de capa caída.

Eurovisión resucitó con Operación Triunfo y desde el La, la, la de Massiel España nunca estuvo más cerca de ganar. A pesar de todo, el séptimo puesto de Rosa y su Europe’s living a celebration supo a fracaso, pero el tiempo coloca todas las cosas en su lugar, desde entonces, nadie lo ha superado.

La mayor polémica de esta última etapa de Eurovisión la protagonizó David Fernández. ¿No les suena? Rodolfo Chikilicuatre consiguió conseguía en la gala previa a Eurovisión y se impuso a Coral Segovia y a la Revolución sexual de La Casa Azul. En 2008, España envió a Belgrado a un esperpento con guitarra de juguete que bailando el Chiki Chiki quedó en decimosexto lugar, un puesto más digno que la Ketchup (21 de 24) y Soraya (23 de 25). La polémica estaba servida.

Tanto como la de Soraya, que tras su fracaso se dedicó a echarle la culpa a la organización que no le habían dejado ser ella misma. “Me quitaron la coreografía y a mis bailarines”. Barey tampoco se quedó corta en sus críticas a la organización. En el fondo a RTVE tampoco le conviene ganar el Festival.

Lo que de verdad supondría un problema para RTVE sería organizar el festival en caso de ganar el concurso. Para empezar, esa partida de gastos no existe en los presupuesto de la Corporación y tendrían que abrirla a destiempo. A pesar de las aportaciones de los distintos participantes y de la propia UER, la inversión es responsabilidad del anfitrión. Correspondería a TVE establecer la cantidad que estaría dispuesta a gastar. Por supuesto, el desembolso se podría solapar con la presencia de patrocinadores.

Austria, por ejemplo, gastó en el 2015 21 millones de euros. En 2014 fue Dinamarca el anfitrión y gastó 44 millones de euros, el doble de lo previsto inicialmente. La edición celebrada en Malmö (Suecia) fue la más barata de los últimos años, en 2013 conllevó un gasto de 15 millones de euros, 30 millones se gastó Alemania un año antes, 16,5 millones desembolsó Noruega en 2010 y 32 millones invirtió Rusia en 2009. El récord lo tiene Azerbaiyán, que en el año 2012 se dilapidó 100 millones de euros, en esta partida se incluyó la construcción del espacio que acogió el certamen: el Baku Crystal Hall.

Conclusión: dada la situación y  las cuentas de RTVE, ganar el Festival de Eurovisión no sería un buen negocio.