Conversar con Alfonso Armada (Vigo, 1958) es hacerlo con un hombre que piensa rápido y verbaliza poco. Su cabeza es una constante de ideas. Se cruzan, dan volteretas, desaparecen y vuelven de forma distinta. Una tormenta perfecta de impresiones que el antiguo corresponsal de guerra va asumiendo con la calma del que ha visto tanto horror que ya todo lo ve bonito. Le encantan las historias que contienen personas de verdad. Almas. Escucha cauto y sólo opina cuando su opinión le pesa demasiado.

Armada tiene la capacidad de observar paraísos donde los demás sólo vemos desiertos. Por todo esto, vio en la España abandonada la mejor historia para llenar las páginas de un periódico en verano. Se olvidó del turismo, del color, de las costas y se fundió al marrón que pinta esos lugares que sobreviven a base de cinco personas caracterizadas por ser demasiado perseverantes. Se fue a aquellos lugares llenos de ladrillo y sin nadie que los habite, a pueblos que fueron la cuna de grandes autores y que ahora reniegan de ellos. Se montó en un Seat Ibiza con Corina Arranz. La fotógrafa que hace de ilustradora de todas aquellas carreteras secundarias en las que se enfangaron para conocer de primera mano cómo es nuestro país cuando no se le tiene en cuenta.

Un libro que pretende mostrar los lugares más singulares de un país que va perdieron adeptos y ganando urbanitas

Ella ponía cara y forma a las historias. Él, como siempre, las contaba cómo si estuviese a punto de perder la vida. Cómo bien dice Eduardo Lago, “Armada alcanza su más alto nivel de precisión e incandescencia cuando escribe desde el corazón”. Sus escapadas se publicaron durante dos veranos en el diario Abc y ahora se recogen en un libro que pretende mostrar los lugares más singulares de un país que va perdiendo adeptos y ganando urbanitas. Los dos, un equipo indisoluble, se propusieron mostrar la verdad de cada pueblo, la historia que enseña los porqués, los lugares donde crecieron los escritores y donde son héroes y villanos. Intentaron salirse del país modernizado a base de asfalto y lo surcaron Por carreteras secundarias, a las que convirtieron en el título del libro publicado por la editorial Malpaso.

'Carreteras secundarias'.

‘Por carreteras secundarias’. Fotografía de Corina Arranz.

Como explica Armada al principio de esta publicación, “por carreteras secundarias el tiempo se remansa como un río que no tiene prisa por morir. El espacio se dilata, no está el campo encajonado como en las autopistas por las que corremos todos como alma que lleva el diablo”. Y así, calmado, todo empezó sin guión previo, “había que dejarse llevar”. Y aunque la intención era surcar España a pie, al final el recorrido era más viable por carretera.

“Tendemos a viajar como si fuésemos por un camino acelerado hacia la muerte, no nos preocupamos de lo que vemos y de lo que ocurre mientras realizamos ese viaje”, asegura Armada, que se sintió tremendamente atraído por las personas que encontraba en su recorrido (empezó en Madrid y pasó por Cataluña, Aragón, Asturias, Cantabria, Murcia, Galicia…), sobre todo por aquellas que seguían utilizando sus manos. “El panadero, el carpintero, el pastor… Todos utilizan sus manos para trabajar, algo que se nos ha olvidado. Estamos metidos en un ordenador y ya no las usamos. Para ellos el tiempo tiene otra densidad, son los que pueblan la España vacía y aunque te encuentras gente muy feliz, también personas que se sienten abandonadas”, añade.

Fotografía de Corina Arranz para 'Por carreteras secundarias'.

Fotografía de Corina Arranz para ‘Por carreteras secundarias’.

El periodista cuenta que no querían avanzar por ninguna autopista ni ninguna autovía pero parece que todo está diseñado para que acabemos en ellas. “Todos los caminos te llevan a estas vías rápidas, ir por carreteras secundarias no es fácil, tienes que proponértelo. Pero estas son mucho más humanas, mucho más hermosas, mucho más solitarias”.

Pasaron así dos veranos, dos viajes parecidos pero distintos, descubriendo rincones como Espera, el pueblo con más parados de España, Monóvar, el de Azorín, donde el autor es despreciado por haberlos olvidado, Alhama de Murcia, donde la especulación urbanística llegó a tal punto que se construyeron casas con garajes para avionetas.

También personas que les provocaron parar más tiempo del previsto. Armada descata a El Tigre, del Valle de la Serena, en Badajoz. Un hombre que les contó la historia de su padre, La Loba, de las minas, de la tuberculosis, del sanatorio de Las Poyatas. El hombre que lleva meses en paro porque la mina donde trabajaba recortó a rajatabla el personal y que ahora sobrevive a base de chapuzas.

Pedro Fernández Guillamón, al que se encontró en Beteta, Cuenca. El más joven de diez hermanos a la que la vida se le fue torciendo por momentos y que tras ser hostelero acabó impulsando al PSOE en la provincia, luchando y perdiendo. Acabó desencantado y lleno de esperanzas perdidas. “Cuando habla se coge los brazos y se los acaricia sutilmente, sin darse cuenta, como si acunara a un niño solitario, el que concibió en sueños que no se cumplieron”, escribe Armada sobre él.

Todas estas historias llenaban las páginas del ABC. “Yo lo propuse en el periódico. Por las mañanas nos dedicábamos a descubrir estos lugares y por la tardes escribía el texto para el día siguiente. Poco a poco el espacio fue menguando y decidí escribir los caracteres que ellos me pedían y luego una crónica más larga para la web. También poemas. Al final tuve que dividirlo en dos por falta de presupuesto”, asegura. Este libro es el resultado de esos textos más calmados, más completos y de los dos viajes.

Por carreteras secundarias comienza con un prólogo de Ignacio Martínez de Pisón. El escritor, que sabe que este libro es el resultado de “una pareja que se echa a la carretera y nos cuenta lo que ve”, deja claro que este “no es un libro de autoayuda para neorrurales, ni una guía de viajes para amantes de las slow cities. Hablamos de pueblos venidos a menos, envejecidos, que no han parado de perder población y que corren un riego cierto de desaparecer. Pero hubo una época en la que esa España todavía tenía futuro”.