Resulta imposible no sentir todo el peso de la vida adulta al escuchar del tirón las diez canciones de Darkness on the edge of town (Columbia Records, 1978). Resulta imposible no regresar a ese momento en el que las expectativas dejan de ser infinitas, el horizonte de oportunidades se estrecha y comenzamos a sentir claramente sobre nuestros hombros una carga que sencillamente antes no estaba ahí. Es un trance decisivo que, como algunos otros cruciales en nuestro devenir hasta el inevitable desenlace final, todos terminamos afrontando en solitario tarde o temprano.

Después del gran éxito de su tercer álbum, Born to Run (1975), el de su confirmación con 25 años, la fiesta tendría que haber continuado, pero el propio Bruce Springsteen (Long Branch, Nueva Jersey, 1949) empezó su propio tránsito hacia la madurez litigando contra su primer mánager para conseguir ser dueño de sus canciones y de su carrera. Necesitaba librarse de un contrato leonino para continuar su camino. Y lo logró. Pero el precio fue alto y no se pagó solo con dinero, pues le mantuvo paralizado sin poder grabar hasta que su terquedad finalmente se impuso y Mike Appel le vendió toda su parte del pastel.

El bofetón de realidad del encontronazo con su mánager, tras convertirse en estrella, llevó al músico a ver el mundo con una mirada diferente

Una época de nubarrones que forzosamente marcarían el cuarto álbum del rockero estadounidense, Darkness on the edge of town, que empezó a grabarse en octubre de 1977 y fue editado el 2 de junio de 1978, hace ya cuarenta años. Fruto de una encrucijada vital para su autor por esa batalla legal, que le empujó a buscar inspiración en el blues de la clase trabajadora de The Animals, el country de Hank Williams o Woody Guthrie e incluso la furia del punk que llegaba desde el Reino Unido comandada por Sex Pistols, The Clash y Elvis Costello.

“Música con emoción que describía lo que yo reconocía: Mi vida, la de mi familia y mis vecinos”, resume Springsteen en su autobiografía Born to Run (2016), donde además explica que en su andar hacia la vida adulta empezó a hacerse “otra clase de preguntas” y a sentir “responsabilidad hacia la gente con la que había crecido”. En definitiva, el bofetón de realidad del encontronazo con su mánager justo después de convertirse en una estrella mundial llevó al músico a ver el mundo con una mirada diferente, algo a lo que también contribuyeron clásicos del cine negro norteamericano como Las uvas de la ira (1940) de John Ford.

¿Quién soy? ¿De dónde vengo?

Así se produjo el giro argumental en una carrera que había despegado poco antes con Born to Run, un álbum épico de producción grandilocuente, con más himnos que canciones y cuyos personajes rebosaban ideales escapistas de juventud. Querían cumplir sus sueños a toda costa y creían no tener ataduras. Pero dejar atrás tu pueblo y adentrarte en un mundo hostil no sale gratis. Los retos de la juventud no son los mismos que las dificultades de la vida adulta. Cambian las necesidades y por eso el propio Springsteen, siempre emocionalmente autobiográfico, decide volver al lugar donde todo empezó y de su mano regresan también los actores de sus historias.

“Los protagonistas de Born to Run, tan decididos a partir y escapar, decidieron dar la vuelta y volver a su pueblo. Entre sus semejantes estaba la esencia”, recalca en sus citadas memorias el músico, preocupado entonces por no desconectar del mundo de su infancia con su familia en Freehold (Nueva Jersey). “Ahí quería instalarme, no quería estar fuera sino dentro. No quería escapar, sino comprender. ¿Cuáles eran las fuerzas sociales que constreñían las vidas de mis padres? ¿Por qué era todo tan difícil?”, se pregunta, reflexionando sobre las vidas de sus progenitores -descendientes de irlandeses e italianos- como principal y cercana fuente de inspiración.

Con la mirada claramente puesta en su padre, con quien no tuvo el rockero una relación fluida hasta casi el final de sus días: “Taxista, obrero de una cadena de montaje, mecánico de coches, guardia de prisiones, conductor de autobús, camionero… son solo algunos de los trabajos que hizo mi padre a lo largo de su vida. Mis hermanas y yo crecimos en barrios proletarios, racialmente integrados, poblados por obreros de fábricas, policías, bomberos, camioneros. Jamás vi salir a un hombre de su casa con traje y corbata a no ser que fuese domingo o estuviese metido en problemas. Esta es una parte de mi pasado en la que me inspiraría para dar forma a Darkness on the edge of town“.

“En este disco empecé a contar la historia que he contado en la mayor parte del resto de mi vida”, afirma Springsteen en el documental The Promise (2010), en el que también explica que quiso deliberadamente ubicar a los protagonistas de sus canciones en ese momento en el que pierdes tus ilusiones pero tienes que seguir adelante, tratando de descubrir cómo asimilas tus circunstancias para crear una vida satisfactoria. Y para empezar a buscar esas respuestas se hace las preguntas universales que también todos nos hacemos en alguna ocasión: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué quiero de la vida y cómo lo quiero? ¿Dónde quiero estar?

Grabación interminable

Palabras como hogar, raíces, sangre, comunidad o responsabilidad son el punto de partida para Darkness on the edge of town, un disco con una producción más recia y aguerrida que el preciosista Born to Run. Con más pegada y más austeridad. Algo necesario porque no es lo mismo la fantasía de la escapada que el desengaño del regreso. Por eso, aquellos que no se adentren en los textos de sus canciones, también pueden sentir que esta es música implacable que sale de un lugar hostil y en absoluto luminoso.

“Quería situar a los personajes de mis canciones entre la esperanza espiritual de Born to Run y el cinismo de los años setenta. Mis protagonistas luchaban contra ese cinismo y por eso quería que parecieran mayores, gastados, más sabios, pero no vencidos. En lucha cotidiana porque costaba tener esperanza. Quería alejarme del escapismo y ubicarme en una localidad sitiada”, explica el autor, que llegó a grabar más de sesenta canciones con The E Street Band en las sesiones en The Record Plant (Nueva York).

De semejante cantidad de material podrían haber salido cinco o seis discos, pero tenía que salir uno en particular con una secuencia determinada que plasmara con claridad la idea que desde el primer momento Springsteen tenía en su cabeza. Quería contar una historia que siempre supo cual era, pero tuvo que componer todas esas canciones para descubrir el hilo argumental a través de las diez finalmente elegidas. Escribir compulsivamente se convirtió también en una necesidad para sacar de su cabeza todas las melodías que estuvieron retenidas durante la batalla legal con su anterior mánager -durante este proceso ya oficialmente reemplazado por el sempiterno Jon Landau, al mando hasta hoy-.

De esas maratonianas sesiones salieron singles potenciales como Fire o Because the Night, pero que fueron descartados al no encajar en la línea argumental de Darkness on the edge of town -Patti Smith sigue dando las gracias por ello, pues la segunda se convirtió en un clásico de su repertorio-. Algunas acabaron en el siguiente álbum, The River (1980), y otras fueron viendo la luz en diversos lanzamientos recopilatorios. “No encontrábamos el sonido, fue un proceso extenuante, pero el agotamiento siempre ha sido mi amigo y no me importa llegar a él. Cerca del fondo del abismo generalmente encuentro resultados”, destaca el músico.

Fue la decena más dura la que finalmente quedó para la posteridad en el cuarto álbum de Springsteen. Temas como Adam raised a Cain (imágenes bíblicas en un rock pesado para evocar la dura herencia que pasa de padre a hijo), Factory (inspirada por las visitas a su padre en esa fábrica que le quitaba la vida pero le alimentaba), Darkness on the edge of town (la transformación personal al final de la cuerda), Racing in the streets (contrapunto grave a las canciones de coches y chicas de los años cincuenta y sesenta). “Mi música empezaba a tener más implicaciones políticas y yo creía en el efecto que podía tener una canción popular”, destaca el autor.

Destacan especialmente las primeras canciones de cada cara, Badlands y The Promise Land, con versos esta última que resumen el contenido lírico de un disco con profunda conciencia de clase: “He hecho lo mejor para vivir de la manera correcta, me levanto cada mañana y voy a trabajar todos los días. Pero tus ojos se ciegan y tu sangre se enfría. A veces me siento tan débil que me gustaría explotar, explotar y destrozar todo este pueblo, coger un cuchillo y sacarme este dolor del corazón, encontrar a alguien deseando que algo empiece”. Los solos de saxo de Clarence Clemons en ambas composiciones aportan el punto épico cinematográfico que las hace trascendentales, dando amplitud a una interpretación colectiva tan poderosa como inherente a The E Street Band.

No fue número 1

La guinda a esta banda sonora emocional la pusieron las fotos de Frank Stefanko, un fotógrafo recomendado por Patti Smith y que durante el día trabajaba en una industria cárnica. Una tarde cualquiera de invierto hasta su casa en Haddonfield (Nueva Jersey) fue Springsteen, quien se dejó fotografiar en su dormitorio, apoyado contra el papel pintado de la pared. “Sabía despojarte de tu fama, tu artificio y mostrarte tal como eras. Sus imágenes captaban a la gente sobre la que yo escribía y me mostró la parte de mí que aún conservaba de ellos”, explica el rockero sobre una de sus portadas más icónicas y austeras, a la par que perdurables e imitadas.

Tras su lanzamiento el 2 de junio de 1978, Darkness on the edge of town no fue un éxito comercial especialmente remarcable. No logró el número 1 en ningún país y tuvo que conformarse con el 5 en Estados Unidos. No había singles evidentes y reinaba el desconcierto al no continuar la senda marcada por su predecesor. “Pocos supieron ver que acabaría convirtiéndose en uno de los discos favoritos de los fans”, rememora Springsteen desde la distancia al poner en valor un álbum que ha despachado alrededor de 6 millones de copias -algo por debajo de Born to Run y The River y a años luz de la explosión comercial de Born in the U.S.A. en 1984, pero esa es otra película-. Sin embargo, de la misma manera que las canciones que no son número 1 son las que más profundamente perduran en la memoria colectiva, Darkness on the edge of town se mantiene inalterable entre los más aclamados de la obra del norteamericano. Los míticos conciertos de aquella gira en plenitud durante 1978 apuntalaron la leyenda.

“Hoy en día las canciones de Darkness siguen siendo parte esencial de nuestras actuaciones en vivo y quizá sean la más pura destilación de aquello de lo que quería que mi música tratase”, sentencia Springsteen en sus memorias de 2016, 38 años después de publicarlas. Y no le falta razón, pues aunque estos temas fueron concebidos desde ese punto tenebroso del pueblo donde se acaban las luces de las casas y las hileras de farolas, sucede algo mágico cuando son interpretadas en concierto: Porque desde ese punto de soledad y opacidad total das las luces largas del coche y vislumbras que el siguiente destino no está tan lejos. Porque es en la oscuridad donde aprendemos a ver con claridad, facultad indispensable ésta para seguir el viaje soportando todo el dichoso peso de nuestras vidas adultas.