El 18 de febrero del año 2002 Sports Illustrated, la revista de deportes más prestigiosa de Estados Unidos y, seguramente, de todo el mundo, publicó una portada en la que aparecía un lampiño joven de 17 años. La imagen, que reflejaba bien la juventud del protagonista, venía acompañada con un titular de peso: The Chosen One, El Elegido.

El autor del reportaje, Grant Wahl, dijo quince años después que, cuando redactó la historia acabó “preocupado por haber arruinado la vida de un chaval poniéndole en la portada. Cuando colocas en la tapa a un chaval y le calificas como El Elegido, es posible que su vida no vuelva a ser la misma. La presión es altísima”, explicaba.

Ese joven no era otro que LeBron James, con seguridad el mejor jugador del mundo los últimos años y, posiblemente, el mejor que jamás haya pisado una pista de baloncesto. El gran mérito de LeBron es que durante toda su vida ha sido capaz de vivir acorde al título que se le otorgó cuando todavía asistía a clases en el Instituto St Vicent-St Mary de Akron, y eso es algo que permite a su carrera soportar la comparación con la leyenda que rodea con justicia a Michael Jordan.

Decidir quién es mejor llevaría meses de debate y los admiradores y detractores de ambos sólo podrían estar de acuerdo en que no es posible encontrar una respuesta clara. LeBron cuenta a su favor con que todos somos testigos de las heroicidades de cada noche, mientras que Jordan tiene de su parte el misticismo y la creencia de que en la NBA, casi como en la vida, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Los números de ambos, así en frío, no deberían servir para decidir la balanza. Los dos han acumulado récords de anotación y premios individuales, pero su verdadera importancia se mide en cómo han cambiado el rumbo de dos franquicias, Chicago Bulls y Cleveland Cavaliers, que antes de ellos rondaban la irrelevancia en la liga.

Por qué LeBron James es mejor

Tras una infancia dura junto a su madre, Gloria James, LeBron fue seleccionado número uno del draft del año 2003 por el equipo de su Estado natal, los Cleveland Cavaliers. La presión desde el primer día fue tremenda para un jugador que debía tirar del carro de una franquicia que nunca había ganado un anillo y que había sido uno de los peores equipos de la temporada anterior.

La NBA en el año 2003 era una competición ausente de talento, resucitada por una clase universitaria, la del 2003, en la que llegaron también Carmelo Anthony, Crish Bosh, Dwayne Wade o Kyle Korver. Era una liga en la que los equipos anotaban 95,1 puntos, jugaban a 91 posesiones por partido y tiraban 14,7 triples por encuentro, según los datos de Basketball Reference. Por comparar, en el curso que está finalizando las medias son de 106,3 puntos, 97,3 posesiones y 29 triples.

En un entorno así, destacar es complicado. Pero LeBron cambió la liga y el rumbo de su equipo a base de exhibiciones en un conjunto en el que estaba rodeado por jugadores de segunda fila, cuando no de tercera o cuarta.

En su primera final, en el año 2007, los Cavaliers se encontraron con los San Antonio Spurs de Tim Duncan, Tony Parker y Manu Ginobili, en plenitud física, y no fueron rival. El quintento de Cleveland lo formaban, aparte de LeBron, Daniel Gibson, Sasha Pavlovic, Drew Gooden y Zydrunas Ilgauskas. Ninguno de ellos anotó más de 13 puntos por partido, mientras que enfrente había hasta tres jugadores por encima de los 18.

A partir de entonces, una sucesión de fracasos en finales de Conferencia derivó en el peor momento de la carrera de LeBron. El verano del año 2010 estuvo marcado por The Decision, un programa de televisión emitido en máxima audiencia para todo Estados Unidos en el que anunció que llevaría “sus talentos a South Beach” para jugar en los Miami Heat. Automáticamente pasó a ser la persona más odiada del país por un programa que los medios calificaron de “circo con un único propósito: alimentar un ego que no tiene límites“.

Su presentación en Miami no sirvió para cambiar la opinión que la gente tenía sobre él. Preguntado sobre cuántos títulos iba a ganar en la franquicia de Florida, se arrancó con el ya famoso “ni uno, ni dos, ni tres…” y así hasta siete. Al final sólo ganó dos, consecutivos, antes de regresar de entonar el no menos clásico “vuelvo a casa” para anunciar su vuelta a los Cleveland Cavaliers.

El 11 de julio de 2014 se anunció el regreso del hijo pródigo a Cleveland, a través de una entrevista en, precisamente, Sports Illustrated. El equipo de Cleveland volvía a la relevancia y sumó a Kevin Love a la dupla que formaban Kyrie Irving y LeBron James. Desde entonces, todo han sido finales.

Pese a superar la treintena con holgura, LeBron James sigue siendo el jugador más dominante y el más decisivo de la NBA. Desde su vuelta a Cleveland no ha logrado hacerse con ningún MVP de la temporada más, pero eso se debe al estratosférico nivel de otros jugadores -Stephen Curry y Russell Westbrook principalmente- y a un hecho que diferencia a LeBron de todos los demás: ha convertido en rutina la exuberancia baloncestística.

La titánica tarea que tiene ahora frente a los Golden State Warriors en las Finales podría situar a LeBron en el Olimpo del baloncesto. La misión parece aún más complicada tras el primer partido, celebrado el pasado jueves: los 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias no sirvieron para la victoria, después de que George Hill fallara un tiro libre para ponerse por delante a cuatro segundos del final. Este domingo se celebra el segundo duelo, a las dos de la madrugada hora española.

Por si fuera poco, J.R. Smith, que recogió el rebote de ese tiro libre, no tenía en la cabeza el marcador y en vez de tirar a canasta para intentar ganar comenzó a correr hacia su propio campo. Como ya es costumbre en Cleveland, LeBron tiene que pelear contra Kevin Durant y Stephen Curry y, además, contra sus propios compañeros.

Steve Kerr, entrenador de Golden State y ex compañero de Jordan en los Chicago Bulls, dijo después del partido que sus rivales “tienen a un tío que está jugando a un nivel que no estoy seguro que nadie haya visto jamás”. Desde luego, si alguien puede decirlo es él.

Por qué Michael Jordan es mejor

Al contrario que LeBron, Michael Jordan se encontró con una NBA en plenitud. Magic Johson y Larry Bird, uno en Los Angeles y el otro en Boston, habían levantado una liga moribunda con su llegada en el draft de 1979, revitalizando una competición que vivió una explosión de popularidad.

El Jordan jugador, al contrario que James, nace con un fracaso: se quedó fuera del equipo del instituto Laney en favor de Leroy Smith. El cabreo de Jordan fue mayúsculo, pero se repuso y acabó jugando para Dean Smith en la Universidad de Carolina del Norte, formando un extraordinario equipo con Sam Perkins y James Worthy. Más tarde en su carrera, Jordan recordaría la afrenta registrándose bajo el nombre Leroy Smith para pasar desapercibido en los hoteles.

En el partido por el título universitario de 1982, ante los Hoyas de Georgetown, liderados por Patrick Ewing, se descubrió ante todo el país. Un tiro desde media distancia en los últimos segundos puso a Carolina por delante y se convirtió en el primer tiro ganador de un Jordan que anotaría -y también fallaría- muchos más.

La magnitud de la figura de Jordan se puede medir fuera de las pistas de baloncesto. Su llegada fue un cambio cultural en todo Estados Unidos. Por primera vez, los blancos querían ser como un negro. El “I want to be like Mike” (Quiero ser como Michael) de un anuncio de bebidas energéticas años después se convirtió en el lema de una generación.

Jordan también cambió la moda. Nike, hasta entonces por detrás de Converse en la NBA, se convirtió en referencia tras firmarle un contrato y lanzar, en 1984, las Air Jordan I. La liga multó al jugador con 5.000 dólares por partido por no jugar con zapatillas del mismo color que el uniforme del equipo -los Bulls vestían de rojo y blanco y las zapatillas eran rojas y negras- y disparó la popularidad de las Air Jordan. Hoy en día Brand Jordan factura más de 2.000 millones al año y las Air Jordan van ya por el modelo XXXII.

Michael Jordan, con las Air Jordan I colgadas del hombro.

El Dream Team, el equipo estadounidense en los Juegos Olímpicos de Barcelona, escenificó que Jordan ya estaba en el trono de la NBA. En uno de los momentos de la larga concentración, Magic y Larry Bird, el primero ya diagnosticado como portador del virus del VIH y el segundo afectado por problemas crónicos en la espalda y al borde de la retirada, discutían quién era el mejor de los dos. Jordan entró en la sala, puro en ristre, y tomó asiento: “Chicos, ya lo sabéis. Hay un nuevo sheriff en la ciudad”. Las dos leyendas no pudieron evitar una media sonrisa.

Tras el título de 1991 llegaron dos más, ante los Portland Trail Blazers de Clyde Drexler y los Phoenix Suns de Charles Barkley, y luego la primera -de un total de tres- retirada, con una fuerte carga emotiva. El 3 de agosto de 1993, y tras días desaparecido, el cuerpo de James Jordan, padre del jugador, apareció sin vida en la cuneta de una carretera de McColl, en Carolina del Sur, tiroteado.

Los forenses tardaron 10 días en identificar el cuerpo, y lo lograron gracias a la dentadura, tal era el estado de descomposición del cuerpo. Dos ladrones corrientes habían visto su Lexus rojo, en el que dormía descansando durante un viaje por carretera, y lo asesinaron de varios disparos para robarle el coche. Como es normal, Jordan quedó devastado y se retiro durante dos años para jugar al beisbol, la verdadera pasión de su padre.

Con el bate no le fue demasiado bien y dos años después volvió a la NBA. El 19 de marzo de 1995 llegó un escueto fax a la sede de la liga en Nueva York, con sólo dos palabras: “I’m back”. Jordan estaba de vuelta.

Fax enviado por Michael Jordan a la sede de la NBA.

Tras dos temporadas de ausencia, la dinastía de los Bulls continuó. Tres títulos más de Jordan, Pippen y Phil Jackson, el verdadero Big Three de esos Bulls. Hay que poner a Jackson, el entrenador, para que sumen tres, ya que Jordan nunca tuvo un “reparto secundario”, como él gustaba de decir para humillación de sus compañeros, a la altura.

Más allá de Pippen, en el salón de la fama y perenne All Star, y de un par de temporadas de Horace Grant, en la primera dinastía, y de Toni Kukoc, ya en la segunda, nunca hubo mucho más. El mejor quinteto de los primeros títulos lo formaban John Paxon, Jordan, Pippen, Grant y Bill Cartwright. En la segunda estaban Derek Harper, Jordan, Pippen, Rodmand y Longley.

Tras una segunda retirada, tras las Finales de 1998, Jordan volvió. En 2001 se enfundó el uniforme de los Washington Wizards, franquicia en la que tenía una participación, y jugó dos temporadas marcadas por las lesiones. A sus 40 años, y con un evidente sobrepeso, logró promediar más de 20 puntos por partido y llegó a superar los 40 en algún partido. Un mito.

El debate imposible

Encontrar una respuesta para este debate es prácticamente imposible. ¿Quién es mejor? Los fans de uno y otro nunca se pondrán de acuerdo. Hasta ahora los números han quedado al margen, y no deberían ser especialmente decisivos para inclinar la balanza, pero tampoco deben ser obviados.

Michael Jordan fue elegido mejor atleta del siglo XX por la ESPN, ha sido 10 veces máximo anotador de la NBA y ha ganado cinco veces el MVP de la temporada y seis veces el MVP de las Finales, uno por cada título en sus vitrinas. En 10 ocasiones fue elegido en el quinteto ideal, además de nueve veces en el mejor quinteto defensivo. También fue el mejor defensor del año, en 1998, rookie del año en 1985 y lideró la liga en robos tres veces. Además, fue 14 veces All Start, ganó dos oros olímpicos, y tiene el récord de mayor anotación media a lo largo de toda una carrera, con 30,1 puntos por partido.

Por su parte, LeBron James ha ganado tres anillos, ha sido cuatro veces MVP de la temporada regular y tres veces mejor jugador de las Finales. En hasta 14 ocasiones ha jugado el partido del All Star, y en otras 12 ha estado en el mejor quinteto de la competición, además de otras cinco en el mejor cinco defensivo. A eso hay que sumar dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos.

A lo largo de su carrera, el ex de los Bulls tiene unos promedios de 30,1 puntos, 6,2 rebotes y 5,3 asistencias. El todavía jugador de los Cavaliers -este verano es agente libre y decidirá su futuro- ha conseguido unas estadísticas de 27,2 puntos, 7,4 rebotes y 7,2 asistencias en su carrera.

¿Quién es mejor? Es cuestión de gustos, pero sí está claro que ambos están situados en un escalón por encima del resto y, si LeBron consigue su cuarto anillo en estas finales, dará aún más motivos a sus fans para calificarle como el mejor jugador de la historia.