El pasado jueves 21 de junio las calles de las ciudades españolas se volvieron a llenar de mujeres. La puesta en libertad de los miembros de La Manada provocó, otra vez, la indignación de una sociedad que desde el pasado 8 de marzo se sabe más fuerte que nunca. También que todos los medios diesen la noticia considerándola como una de las más importantes del día, algo que hace un par de años era casi impensable. 

Una de las periodistas que más ha seguido el caso es Isabel Valdés, en Tentaciones de El País y encargada de Mujeres, que publica hoy Violadas o muertas (Ediciones península) como “un alegato contra todas las ‘manadas’ y su cómplices”. Un libro que profundiza en la sentencia que les acusó de abuso sexual, que analiza las consecuencias que ésta ha tenido en la sociedad y, sobre todo, la revolución feminista que ha conquistado España y que tiene su gran empujón en el desencanto de la gente ante este caso.

Pregunta.- Los miembros de La Manada han salido en libertad condicional y la sociedad ha vuelto a tomar las calles. ¿Cómo valora la decisión de los jueces?

Respuesta.- Supongo que hay varias cosas. La primera es que, obviamente, el auto se ajusta a derecho. No hay peligro de destrucción de pruebas, ni de fuga ni de reiteración del delito. Eso es al menos lo que entienden los jueces, y, ajustándose a eso, les dejan marchar. Estoy más o menos de acuerdo con las dos primeras. Con la tercera, en absoluto.

Ellos no han reconocido ni una sola vez lo que han hecho, tal vez porque no lo saben o tal vez porque no lo quieren decir, pero ni se arrepienten ni tienen conciencia (aparentemente) de haber cometido una violación. Basándonos en eso, ¿cómo podemos pensar que no van a reincidir? ¿Cómo puede alguien no repetir lo que hace mal si cree que no lo está?

Isabel Valdés.

Isabel Valdés. Fotografía de Carlos Rosillo. 

Verlos salir de la cárcel produjo, al menos a mí, una arcada profunda. Los hechos probados y acreditados en la sentencia, que por algo fueron condenados a nueve años, son tan graves que resulta difícil digerir y comprender por qué están en su casa, a pesar de todas las medidas cautelares. La argumentación del escrito es, en algunos puntos, bastante peregrina, y supone una perspectiva clara desde el punto de vista de los acusados y no de la víctima. Que no puedan ir a Madrid, que no puedan contactarla, que no tengan pasaporte, que tengan que pasar tres días a la semana a personarse en el juzgado más cercano… Eso, dicen los jueces, debe “tranquilizar” a la víctima. ¿Puede ella viajar a Sevilla? ¿No coarta esto también su libertad?

Aunque comprendo perfectamente los supuestos que han de darse, o no, para esta libertad, no comparto la decisión. Como tampoco puede toda esa gente que se echó a la calle el jueves, que no entiende, después de conocer los hechos probados y la sentencia, que estén en sus casas. Por eso, queda cada vez más claro que hay que trabajar en dos direcciones. Una urgentísima, la educación con perspectiva de género en todos los niveles del ámbito judicial. Y otra, también cada vez más obvia, en revisar y repasar esas leyes que hoy nos rigen y que se acogen a patrones arcaicos de hace un par de siglos; que es, por otra parte, lo que ha anunciado este mismo lunes la comisión que está revisando los tipos de delitos relacionados con la violencia sexual. Se necesita no solo una mirada que incorpore a la mitad de la población y comprenda la gravedad de la intromisión al cuerpo de una mujer, sino herramientas para poder aplicar esa mirada.

P.- ¿Ha sido este caso, el de La Manada, la gota que ha colmado el vaso?

R.- La Manada ha servido de trampolín. Cuando me paré a mirar todo lo que había ocurrido, a repasar el caso, a leer información que estaba pero que nos la habíamos dejado sin publicar me di cuenta de la cantidad de pequeños detalles a los que se enfrentó esta chica que no fueron públicos y que seguramente convirtieron su vida en un infierno.

Cuando te das cuenta de que esta situación nos afecta a todas es que la cosa está muy jodida”

Cuando lo ves todo no tienes duda. La Justicia actuará como considere oportuno pero como ser humano y más como mujer te puedes imaginar ese momento horrible. Ya veníamos de un runrun que los medios también habíamos generado. Desde Mujeres, he visto como en los últimos cuatro años el interés crecía, cuanto más dabas más interés había. Se ha ido retroalimentando. El caso de La Manada lo estalla todo y durante el juicio, en octubre de 2017, cuando pasan a la vista y declaran, aparece el #Metoo. La misma semana.

Entonces ves cómo pasa en otro continente y, sobre todo, qué le ocurre a gente a la que le pones cara. Y empiezas a ver que todas están igual que tú y cuando te das cuenta de que esta situación nos afecta a todas es que la cosa está muy jodida.

P.- El feminismo ha pasado de ser un movimiento relacionado con un sector minoritario de la izquierda a ser defendido, por ejemplo en la huelga del 8M, por presentadoras de televisión o por la propia Ana Botín.

R.- Creo que la izquierda durante toda su historia ha aglutinado más luchas sociales que la derecha, pero ahora nos vemos de una forma consciente ante una lucha que no es la de una minoría o la de un sindicato. Es la de la mitad de la población.

Cuando rostros conocidos empiezan a dar la cara es importantísimo. Tiene el efecto de una pesca de arrastre y a mí me parece esencial que este tipo de gente que tiene una voz brutal hable.

Si en EEUU no hubiesen levantado la voz actrices con miles de seguidores en redes sociales, se habría quedado en nada. Que la gente que tiene la capacidad de llegar a millones de personas hable es un auténtico regalo.

P.- En cuanto se supo que los miembros de La Manada eran acusados de abuso sexual, las mujeres se echaron a la calle. ¿El problema está en un mal planteamiento del Código Penal o en una mala interpretación de este?

R.- El problema principal es la interpretación. El Código Penal sí que contempla la violencia y la intimidación, pero los jueces no la ven. No soy jurista y no tengo la capacidad de decir si una pena es correcta o no lo es, pero todos los expertos dicen que las penas son suficientes y que el problema radica en la interpretación. La diferencia entre una violación y un abuso radica, exclusivamente, en qué entienda un juez por violencia e intimidación. Nada especifica el Código Penal en cuanto a esto: no hay ninguna lista de actos que puedan orientar a un magistrado sobre si algo es o no intimidatorio o si algo es o no violento.

El juez del voto particular ve una orgía y deseo en lo que nosotros vemos una violación”

Es el mismo problema de educación y cultura que tenemos en todos los ámbitos de la sociedad y que si un juez no ha aprendido lo que es tratar las cosas con la mirada de género, cuando llega el momento de enfrentarse a esto no saben. El juez del voto particular ve una orgía y deseo en lo que nosotros vemos una violación.

Se ven las dos cosas porque el que está educado para no verlo, no lo va a ver. La solución para todo es educar tanto en casa como en la escuela. Si les enseñas igualdad, se acabaría el problema. Cuando existe un gremio como el jurídico que tiene en sus manos hacer justicia es aún más vital educarles. Los jueces nacen y crecen y opositan en la misma sociedad llena de prejuicios y estereotipos que el resto, y eso predispone a quien juzga y compromete la imparcialidad.

P.- Antes del juicio a La Manada la sociedad ya les había condenado. ¿Son inevitables estos juicios paralelos? ¿Son dañinos para los acusados?

R.- Lo son. A la sociedad no la puedes controlar. Puedes guiarla, incluso manipularla como hacen algunos medios. Pero en una cosa tan emocional, tan nuestra, no vas a poder meter en un redil a toda esa gente que piensa que eran culpables. Lo que nos estaban contando nos decía que lo eran.

Había también un cabreo profundo ante unos medios que nos acusaban a las mujeres de hacer un juicio paralelo cuando ellos tenían derecho a la presunción de inocencia, que la tienen, pero en la sala no en la mente de la sociedad.

P.- Las mujeres van cogiendo terreno poco a poco y el feminismo se va quitando la connotación negativa que le otorgaba parte de la sociedad. ¿Qué queda por hacer?

R.- Por lo pronto, creernoslo. Hay gente que no lucha porque no se termina de crecer y desterrar la idea errónea de lo que es el feminismo. Muchas mujeres cuya conducta es muy feminista dicen que no se consideran porque no entienden el concepto, creen que el feminismo es la mujer por encima del hombre.

Tiene mucho que ver con este gobierno nuevo, con todas las mujeres empoderadas o reconocidas”

Yo creo que ahora vamos cambiando. Tiene mucho que ver con este gobierno nuevo, con todas las mujeres empoderadas o reconocidas. El lenguaje importa muchísimo y le da forma a nuestro pensamiento. Los conceptos tienen que estar muy claros. El siguiente paso es que toda esta lucha social cale tanto en los hombres como en las instituciones políticas y administrativas.

Porque el mensaje cala de dos maneras. Una parte lo rechaza, incluso algunas mujeres. Se ha generado una contrafuerza, tíos que te llaman feminazi histérica, pero aunque sea porque somos una gota malaya acaban aprendiendo. Cuando ellos también se ven cercados por una mayoría tan abrumadora es cuando se replantean su conducta. Hace años los tíos te tocaban el culo y todos se reían. Ahora ya no. Ya no nos callamos en los pequeños detalles porque las conductas del día a día son importantísimas.

P.- Las redes sociales han servido de altavoz para denunciar abusos y agresiones sexuales. ¿Qué opinas de la polémica de Mikel Izal?

R.- Las redes sociales son un espacio que pone en común a todas las mujeres para que otras te escuchen y te das cuenta de la mierda que nos rodea y es imposible no indignarse con lo que uno cree que no es justo. En este caso, creo que Mikel Izal no es un acosador, ni un agresor sexual. Creo que tiene una forma de ligar nefasta y reprobable que te puede dar mucho asco pero comparar eso con una agresión… Creo que hay que tener dos dedos de frente. Si a mí un tío por la calle me dice “guapa”, me puede sentar mal pero no me está acosando.

Pero hay una dificultad, cada una tenemos nuestro límite. Y cada una está en su derecho de poder decir que ha tenido miedo o se ha sentido acosada. Hay límites que son muy obvios para todo el mundo y otros que no tanto.