Porque desafían con su extrañeza las leyes de la lógica, porque encarnan la imagen de lo auténtico y remoto o porque son ignoradas por el turismo masivo. Estos son destinos para aliñar las vacaciones con una pizca de originalidad. Ya lo dijo el poeta Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este”.

El Nido en la isla filipina de Palawan

De todo el microcosmos tropical que conforma el archipiélago de Filipinas, Palawan es, tal vez, el territorio más solicitado. Una isla alargada como una barra de pan con idílicas playas rodeadas de arrecifes, montañas tapizadas de jungla, acantilados de piedra caliza y hasta un río subterráneo que permite navegar por sus entrañas. Por algo ha sido elegida, hasta en tres ocasiones consecutivas, la más bella porción insular del planeta. El Nido, en el extremo norte, es uno de sus parajes más deslumbrantes. Un puzle desbaratado de 45 riscos cubiertos de vegetación y ribeteados por un anillo de arena suave como la harina. Bajo este laberinto, en las profundidades, se esconde aquella “jungla submarina” que conquistó al mismísimo Jacques Cousteau. “Este rincón es el lugar más increíble de todos los que he explorado”, llego a afirmar el hombre que dedicó su vida entera a desvelar las maravillas del océano.

Santo Tomé y Príncipe

Santo Tomé y Príncipe

El desconocido edén de Santo Tomé y Príncipe

Instalado en el olvido colectivo, este archipiélago africano constituye un secreto que aún está por desvelar. Dos islas perdidas en el Golfo de Guinea, muy cerca de la costa de Gabón, que ocupan el centro mismo del planeta: atravesadas por la línea imaginaria del Ecuador y a muy corta distancia del meridiano de Greenwich, son el lugar más próximo a la posición 0º 0º, donde convergen los puntos cardinales. Pequeñas, pausadas, de clima benigno y ritmo tropical, su fisionomía está trazada de vegetación lujuriosa y de playas que no conocen los estragos del hombre, a menudo bordeadas de baobabs,
manglares o cocoteros. Por ello merece la pena conocerlas. Y también por las tortugas que vienen a desovar al sur, y por su sorprendente gastronomía basada en los productos del mar, y por sus gentes cálidas y sencillas que adoptaron de sus descubridores la lengua portuguesa y que aún viven, trabajan y sueñan como en el origen de los tiempos.

Isla de Pascua

Isla de Pascua

 

La enigmática Isla de Pascua en la Polinesia chilena

Nada puede definir mejor la palabra remoto que esta isla del Pacífico Sur emplazada nada menos que a 3.700 kilómetros de la costa chilena, en plena Polinesia. Y nada puede hacerse mejor eco de lo verdaderamente misterioso que sus intrigantes esculturas llamadas moáis, que se yerguen majestuosas bajo un enigma eterno, ajenas a los embates del viento. Cuna del ecoturismo, esta isla de volcanes, playas y cultura ancestral, este territorio legendario también conocido como Rapa Nui, es un lugar suspendido en el tiempo y el espacio, cuyo exotismo pasa por empaparse de su fascinación sin tratar de llegar a entenderla. Ver un atardecer en Hanga Roa, con la silueta recortada de las figuras del Ahu Tahai, es uno de los espectáculos más bellos a los que puede asistir el ser humano.

Histórica iglesia armenia en el Monasterio de Geghard Garni,

Los tesoros de Armenia

Este pequeño país del Cáucaso es una de las muestras más palpables de que en el Este aún quedan lugares por descubrir, rincones auténticos despojados de famosos iconos turísticos pero dueños de naturalezas, culturas y modos de vida sumamente interesantes. Un país marcado por la estela de la época soviética y la cicatriz de diversos conflictos bélicos, pero emergente en su afán de mostrarle al mundo su reconocida hospitalidad. Con una superficie equivalente a la de Galicia, una población que apenas supera los tres millones de habitantes y el cristianismo como eje vertebrador de su idiosincrasia, recorrerlo es toparse con solitarios monasterios esparcidos por montañas grandiosas, parajes que evocan una suerte de pequeña Suiza, castillos y ciudades de anchas y rectilíneas avenidas donde comienza a despertar, lentamente, una vibrante escena alternativa.

Whitsunday Pixabay

El Archipiélago de las Whitsunday en la antípodas

Camino de la Gran Barrera de Coral, a pocas millas del litoral que se extiende por el este del continente rojo, se despliega un conjunto de islitas consideradas como el Tahití australiano, donde se puede vivir una experiencia memorable: la de navegar, a bordo de un apacible velero o de una frenética lancha motora, entre frondosos picos montañosos -antaño fueron cimas de cordilleras continentales- en los que descubrir como aperitivo un arrecife aledaño. Aquí el paisaje no tiene desperdicio, y los fondos, bien con gafas y tubo, con equipo completo de submarinismo o sobre el suelo acristalado de la embarcación, es realmente espectacular. En la travesía aparecerá de pronto Whitehaven Beach, vendida en los catálogos como “una de las mejores playas del mundo”. El agua más esmeralda que se puede imaginar acaricia los seis kilómetros de un arenal impoluto que, por su composición mineral, se mantiene siempre tibio. Para apreciar esta paleta de colores imposibles, nada como subir al mirador de Hill Inlet.