Un mes en el baño de un hotel sin salir. Unos pocos metros cuadrados, dos pasos para allá y dos para acá, que conforman una ¿placentera? celda autoconcedida. La recompensa, insuficiente o no, ya está fijada: 100.000 euros. ¿Es posible aguantarlo?

El reto, así contado, podría parecer factible para muchos, no en vano seis cifras siempre son atractivas, por mucho que cinco de ellas sean ceros. El problema es que hay que añadirle todavía más condiciones a una misión que, conocidas estas, se antoja hercúlea.

Al espacio limitado hay que sumar la ausencia total de luz y de dispositivos electrónicos que puedan emitirla. Por supuesto, nada de reloj que pueda orienta al interno voluntario sobre sí es de día o de noche. En la habitación apenas habría una cama, una ducha y una pequeña nevera en la que dejar los alimentos.

Nada de relojes. Ausencia total de luz y de dispositivos electrónicos que puedan emitirla

Todo ello sin recibir ningún estímulo visual o sonoro y sin tener contacto de ningún tipo con seres humanos. Además, las normas dictan que el huésped improvisado recibiría comida en intervalos irregulares y en plazos de entre tres y seis días, para que le fuera imposible calcular los tiempos en base a los alimentos. Más difícil, imposible.

Una apuesta firme

Esta apuesta no es una suposición, fue una realidad. La idea empezó a formarse cuando Rich Alati y Rory Young se conocieron en las mesas para bolsillos profundos del Bellagio de Las Vegas. Los dos, jugadores de póker, llevaron su vena competitiva más allá de lo recomendable cuando el primero, Alati, aseguró que podría pasarse 30 días en un baño incomunicado y a oscuras «por un precio adecuado».

Además, se atrevió a dar la cifra: «Tendrían que ser entre 50.000 y 100.000 dólares». A Young le pareció hasta barato, y no dudó en colocar la cifra en la parte más alta del rango. Había apuesta, con 100.000 dólares para Alati en caso de que consiguiera soportar el encierro.

Ambos acordaron dejar un depósito de 5.000 dólares por cabeza, que entregaron a un intermediario de confianza, con la condición de que si en seis meses Alati no había puesto en marcha el reto, Young se quedaría con la suma de ambos.

La única petición de Alati antes de internarse en la habitación fue un cubo de rubik

Además de la cama y la ducha, ambos firmaron que habría cinco cámaras filmando en todo momento a Alati, y que sólo se apagarían en el momento en el que se duchara o tuviera que hacer sus necesidades.

Alati sólo hizo una petición: entrar en la habitación con un cubo de rubik, aunque no pudiera ver los colores por la total oscuridad en la que iba a vivir durante un mes. En cualquier caso, Young no puso ninguna objeción a ese capricho.

La apuesta comenzó el pasado 21 de noviembre y, tras 20 días, ambas partes decidieron que lo mejor era terminar el reto. Alati salió de la habitación el 10 de diciembre con 62.000 dólares más en el bolsillo, tras el pacto al que llegaron y con el que Young intentó ahorrarse un pellizco viendo que a su rival en la apuesta no le iba tan mala como cabía esperar.

Alati dejó la habitación con los bolsillos más llenos y, además, sin ninguna secuela en su salud. El riesgo estaba principalmente en que su vista y sus ojos quedaran dañados por la ausencia absoluta de luz, o que al volver al mundo normal el contraste con los rayos del sol le pudieran provocar daños. Sin embargo, y según los médicos, no había tenido el más mínimo problema.

Precedentes

Esta no es la primera vez que dos jugadores de póker se plantean una apuesta en estos términos. Andrew Robl, un estadounidense que juega en los límites más altos, le llevó la contraria a su amigo Jay Kwik, que afirmó que podría vivir en el baño del Bellagio de Las Vegas durante 30 días.

Las condiciones decían que no podía salir de dicha habitación, y que tendría que pasar allí todo el tiempo sin contacto humano. Sí que le permitía usar el teléfono, con un máximo de 6 horas y media que podía repartir a lo largo de los 30 días. Robl, que se ve que no se fiaba demasiado de su amigo, puso también una recompensa de 500 dólares para cualquiera que pillara a Kwik fuera del baño.

Kwik se puso cómodo: una alfombra, una pantalla de plasta y una colección de películas

A Robl, eso sí, se le escaparon algunos detalles a la hora de dejar claras las condiciones en las que tendría que vivir Kwik. Éste se instaló en el suelo una alfombra, colocó una pantalla de televisión de 12 pulgadas y se llevó una montaña de películas. También llenó el jacuzzi que había en el baño con galletas y otras golosinas, por si apretaba el hambre.

A los 20 días ambos acordaron dar por finalizada la apuesta y Kwik, que había sido mucho más listo, se llevó a casa 40.000 dólares. «Es demasiado bueno», tuvo que admitir Robl, dándose por vencido.