Un 10 de febrero, pero de hace 90 años, se disputaron los primeros partidos de la historia de La Liga. El primer gol de la competición lo marcó un jugador del Espanyol, Pitus Prat, en un choque que su equipo ganó 3-2 al Real Unión de Irún. Prat no volvió a marcar esa temporada, aunque fue una leyenda de su club y acabó retirándose en el Real Madrid. El cuadro blanco, subcampeón de la Liga en 1929 tras una remontada del Barcelona, debutó ese mismo día en el antiguo Estadio de Chamartín. Enfrente, el C.D. Europa. Goleada: 5-0. Uno lo marcó Morera y los otros cuatro Jaime Lazcano, primer ídolo liguero merengue.

Extremo derecho velocísimo, de disparo potente, valiente para pelear pelotas en el juego aéreo, gran pasador. El primer goleador del Real Madrid en Liga era una suerte de Gareth Bale pretérito sobre el campo. Fuera de él era un hombre renacentista. Había nacido en Pamplona, jugado en Osasuna y traspasado al Real Madrid a los 18 años por 6.000 pesetas. «Vine a jugar a Madrid por afición y por encontrar facilidades para mis estudios», dijo en una entrevista tras sus primeros éxitos con el equipo.

Lazcano dejó el Real Madrid en 1935 y eligió Salamanca como destino para poder finalizar sus estudios de Medicina

A Lazcano le apasionaba el fútbol y era un ídolo de la grada. Un futbolista apuesto, las crónicas describen los rizos que se le posaban sobre la frente y se alborotaban en los cabezazos. «El niño de los caracoles», le bautizaron. Tenía otros motes: a veces le llamaban el doctor. Y las aficiones rivales, cuando fallaba algún gol, se mofaban de él llamándole «dramaturgo».

Efectivamente, Lazcano era doctor. Jugó 147 partidos oficiales con el Real Madrid, marcó 82 goles, fue cinco veces internacional. Fue titular y marcó gol en la primera e histórica victoria de España contra Inglaterra, los inventores del fútbol. El Barcelona fue su víctima preferida: le marcó ocho goles en nueve partidos.

Mientras hacía todo eso estudiaba Medicina. En la biblioteca de la Real Academia Nacional de Medicina de España hay imágenes suyas con batín blanco y manejando probetas en un laboratorio mientras aún era delantero estrella del Real Madrid. Cuando se fue del club, en 1935, eligió Salamanca para poder finalizar allí sus estudios. Tras graduarse, se retiró después de una temporada discreta en el Atlético de Madrid, casi al tiempo que montaba una pequeña clínica junto al Puente de Toledo.

Dramaturgo e intelectual

Lazcano también era dramaturgo. Un hombre leído, estudiado, que se trasladaba a diario de Pamplona a Zaragoza para cursar su Bachillerato. Ya en el Madrid, en las entrevistas mezclaba ideas sobre táctica con disquisiciones sobre el teatro de la época. «La factura, el enfoque, la convención del teatro clásico quizá nos parezca anticuada, porque lo es. La vida va muy deprisa y el teatro es vida, ¿no crees? Pero lo clásico, como lo moderno, de lo que se sostiene, de lo que vive, es de la idea… ¿Es que Hamlet puede pasarse mientras los hombres seamos de carne y hueso?», dijo en 1931.

Aquel año, como otros muchos, aprovechó las fiestas de San Lorenzo de El Escorial para estrenar una de las múltiples obras que representó sobre el escenario del Teatro Carlos III. Lujuria, Las ciudades malditasLo que oí en mi confesionario. La más recordada se titulaba El rey del Astrágalo y hacía referencia, como recordó en su día Alfredo Relaño en As, a su compañero Gaspar Rubio, ‘El rey Gaspar’, que con frecuencia se quejaba de dolores en ese pequeño hueso del tobillo.

Era norma entre los futbolistas de la época compaginar profesiones, pero la intelectualidad, como hoy, se percibía como un elemento sospechoso. Un albañil sería siempre un futbolista corajudo, mientras que un dramaturgo se utilizaría desde la grada para describir a un jugador apocado. No le ayudó mucho la entrevista en la que, preguntado sobre si era miedoso, confesaba que sólo temía una cosa: «Los balonazos».

Lazcano, primer goleador del Real Madrid en la Liga que este fin de semana cumple 90 años, dejó el fútbol joven. Cuando se fue de Chamartín le provocó un gran disgusto a Santiago Bernabéu, que lo sentía como un miembro de la familia. Se centró en la medicina, siguió escribiendo, aunque nunca se despegó del deporte: fundó la Escuela de Deportes Apóstol Santiago, que aún hoy sigue abierta en Madrid como escuela de deportistas y club social, no sin polémica.