Vivió en los dos lados de la línea roja, la que marcaba el ‘frente’ social y político de la época. En ambos fue incomprendido, en ambos sufrió. Aquel cantautor desgarbado, delgado y alto, con gafas y pelo alborotado decidió emplear su voz y su guitarra como un ‘arma de combate’. Lo hizo primero en ETA, en la ‘ETA cultural’ se dijo entonces, y después fuera de ella. Imanol Larzabal (San Sebastián, 1947) llenó plazas de toros, atrajo a miles de seguidores y se convirtió en un ídolo de su tiempo. No duró mucho.

La línea que marcaba la heroicidad de la traición era débil y él siempre caminó por ella. Imanol vivió su juventud en la primera, armado sólo con su guitarra, su voz singular y sus letras de lucha revolucionaria. Padeció su madurez en la segunda, lejos y olvidado por quienes un día le aplaudieron a rabiar. Había rebasado la franja que entonces nadie debía rebasar.

La vida de Imanol Larzabal es la que inspira La voz del faquir (Ediciones Seix Barral), novela del escritor Harkaitz Cano. Esta obra, premio de la crítica de narrativa en Euskara. En ella otro Imanol, Lurgain, protagoniza una “revolución soñada”, la de un artista empeñado en dar voz a su época, a sus ideales y que termina víctima de su público otrora fiel y que termina dándole la espalda. “No es una biografía sino un intento por contar la historia de los últimos 50 años de este país a través de él. Imanol fue como un pararayos, estuvo en los lugares adecuados e inadecuados de esos años de historia en el momento preciso”.

La voz, ‘herramienta de lucha’

‘La voz del faquir’ es la voz de Imanol. Apodado ‘el Faquir’ por el modo en el que dormía, boca arriba y con los brazos cruzados sobre el pecho, Cano asegura que la historia de Imanol es singular. “Él cantaba como herramienta de lucha contra el franquismo, lo de cantar bien o mal no le importaba, era algo secundario, su preocupación eran sus letras”.

La suya es una vida compuesta de rebeldía admirada e incomprendida a partes iguales, capaz de involucrarse en causas “que cree justas”. También de alguien capaz de “hacer y perder amigos casi al mismo tiempo” y que nunca fue amigo de someterse a normas, obligaciones y exigencias ajenas. “Fue un verso suelto toda su vida”, asegura Cano.

Imanol no fue ‘Yoyes’, Dolores González Catarain, pero se identificó como ella. Como Cataráin, también él se había involucrado en aquella ETA embrionaria, antifranquista. Como ella, la decepción ganó peso cuando la banda se endureció en la transición y se oscureció de sangre en los duros años 80 y a la que plantarle cara desde dentro suponía jugarse la vida.

Imanol sufrió en sus carnes lo que era ser un héroe en aquel mundo oscuro de la izquierda abertzale. ‘El faquir’ pasó meses de prisión y se implicó como militante ‘cultural’ de ETA durante un tiempo pero siempre al margen del uso de las armas y los asesinatos. En los 70 huyó a Francia y fue allí donde se aceleró y enfrió su vinculo con ETA. En la capital francesa descubrió cómo su música podía tener más de arte y menos de revolución. Imanol, el ‘faquir’, podía ser un gran artista.

La fuga de Sarrionaindia

En la amnistía proclamada en España en 1977, a la que se acogió, regresó a San Sebastián. Para entonces, su militancia en la banda se había desvanecido, no así su apoyo a algunas de sus causas, como los presos. Incluso llegó a participar en una de las fugas más sorprendentes conocidas de ETA. Dos etarras, Joseba Sarrionaindia y José Ignacio Pikabea, escaparon de la prisión de Martutene ocultos en los altavoces del grupo de Imanol en julio de 1985, después de que el artista diera un concierto en la cárcel.

Aquella fuga mereció incluso una canción de ‘Kortatu’ que la popularizó en su tema ‘Sarri, Sarri’, ese mismo año en verbenas por toda Euskadi. Nunca se aclaró si el cantautor fue parte activa o no de la huida. “Él, en privado, se solía recrear contándolo, pero no está muy claro”, señala Cano.

Ese 1985 fue su año más próspero, el que más conciertos le ofrecieron en pueblos y ciudades vascas, había que premiar a aquel cantautor tan implicado con la causa revolucionaria. Pero aquello no duró mucho. Más bien poco. Al año siguiente, terminó en el otro lado de la línea, el que los intolerantes reservan a los que etiquetan como traidores.

El apoyo a ‘Yoyes’

Todo cambió cuando ETA decidió dar un aviso a sus críticos, a los que cansados del sinsentido de sus crímenes, decidieron abandonar o cuestionar a la organización. El aviso determinante lo dio el 10 de septiembre de 1986 en Ordizia (Guipúzcoa). Aquel día, la que fuera dirigente de ETA, Dolores González Catarain, ‘Yoyes’, que meses atrás abandonó ETA y acababa de regresar a su pueblo de su exilio en México, fue asesinada. El crimen ordenado por Francisco Múgica Garmendia, ‘Pakito’, vecino como ella de Ordizia, y fue cometido por Antonio López Ruiz, Kubati, en presencia de su hijo de tres años.

El crimen fue la gota que colmó el desánimo de Imanol. Ya no pudo permanecer callado. Se presentó voluntario para actuar en el concierto organizado en repulsa por aquel crimen y en recuerdo de ‘Yoyes’, con cuya trayectoria vital se sentía tan identificado.

Aquel fue su final artístico como referente revolucionario abertzale. Los suyos, los que habían abarrotado teatros y plazas para escucharle, no le perdonaron haberse puesto del lado de la ‘traidora’, de aquell mujer que se había atrevido a cuestionar a ETA. “En 1985 era un héroe, tuvo más conciertos que nunca, y en 1986, le hicieron el vacío. De un día para otro todo cambió”. No fue eel único, a todos los que participaron en aquel concierto en Ordizia “les dijeron algo así como ‘no volveréis a cantar’”, recuerda Cano.

Y así fue. La proyección artística de Imanol se fue apagando. El aplauso del entorno más abertzale se silenció y su incomodidad vital en aquella Euskadi de manifestaciones, tiros y silencios se hizo insoportable. Hubo pintadas contra él, ataques a su casa y una presión social difícil de sobrellevar. Imanol no tardó en dejarlo todo atrás. La muerte de su madre, con la que estaba muy unido precipitó el destierro.

Una casa de su entonces pareja en Torrevieja pareció el refugio ideal para poner tierra de por medio. ‘El Faquir’ que luchó con la guitarra, la voz y sus letras como única “arma de combate” murió el 25 de junio de 2004 en Orihuela. “La suya se puede resumir como una tragedia de un mito griego, la de alguien que traiciona a los suyos, es desterrado y muere en el exilio, de alguna manera es lo que le sucedió, lo que hoy está en el imaginario popular”, recuerda Cano. Hoy un gran mural pintado en San Sebastián le recuerda con el lema, «Zoaz urruti airean… lau haizetara» (Ve lejos en el aire…a los cuatro vientos).