«Nos han convertido, por decirlo en el noble lenguaje de Cromwell, en rastrojos a espadazos»

«Individualmente, son con diferencia muy superiores.Colectivamente, esa superioridad se vuelve disparatada»

«La exhibición ha superado, tanto por sus méritos individuales como colectivos, cualquier cosa vista anteriormente»

«El camino más rápido a la fama es enfrentarse a los neozelandeses»

Las citas corresponden a periódicos ingleses de 1905, tal y como rescató el escritor Lloyd Jones en El libro de la fama después de rebuscar en el archivo de la British Newspaper Library. La novela, que mezcla historia y ficción, bucea en el origen del mito de los All Blacks y en su primera gira internacional, cuando en aquel 1905 dejaron boquiabiertos a los británicos, los mismísimos inventores del rugby.

Nueva Zelanda es la mejor selección de rugby de la historia y parte como gran favorita en el Mundial de Japón, en el que debutará el sábado frente a Sudáfrica. Según los datos que maneja su propia federación, los All Blacks han jugado un total de 1.310 partidos desde su debut el 22 de mayo de 1884 en Wellington. Han ganado 1.105 encuentros (casi un 85 por ciento), perdido 165 y empatado 40. En total, cuentan con 35.960 puntos a favor y 13.031 en contra.

Le guste el rugby o no, prácticamente todo el mundo conoce su haka y el deporte no tiene muchas historias de dominio como la suya: tan sólo ha perdido con seis selecciones nacionales (Australia, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Gales e Irlanda) en sus más de 130 años de historia. Pero, ¿cómo empezó a forjarse la leyenda?

En barco desde Nueva Zelanda a Inglaterra

Hay que retroceder a ese 1905. El 8 de agosto de aquel año, una selección formada por zapateros, mineros, herreros, labradores y demás oficios se subió a bordo del barco SS Rimutaka y un mes después tocó tierra en Plymouth. Empezaba una gira por Inglaterra que llevaría a los neozelandeses a jugar 32 encuentros en apenas tres meses y medio.

Los All Blacks cerraron su primera gira internaciional con 976 puntos a favor y sólo 59 en contra

No era un reto sencillo para Nueva Zelanda. Llegaba a una tierra desconocida, a la cuna del rugby, a la madre patria. Pero desde el primer partido se vio que estos maoríes jugaban prácticamente a otro deporte. Entre el 16 de septiembre y el 31 de diciembre recorrieron las islas británicas y aplastaron a todo el que se les puso por delante. Ganaron 31 partidos y sólo perdieron uno, por 3-0 ante Gales. Las crónicas de la época recuerdan cierta polémica por un ensayo no concedido a Nueva Zelanda en aquel encuentro del 16 de diciembre.

En año nuevo cruzaron el Canal de la Mancha y tumbaron a Francia en París por 38-8. Ya sólo quedaba una parada más de la gira: Estados Unidos, donde ganaron al equipo de British Columbia en dos ocasiones antes de zarpar en California rumbo a casa.

El balance total fue de 35 partidos, 34 triunfos, 976 puntos a favor y tan solo 59 en contra. El jugador Billy Wallace había anotado 246 puntos, pero más allá de individualidades fue el juego coral lo que asombró a los británicos. En Reino Unido no dieron crédito: sus mejores equipos de rugby no hacían casi ni cosquillas a un equipo cuyos jugadores eran mejores física y técnicamente, con la pelota y sin ella, en la delantera y en los tres cuartos. Había nacido un equipo de leyenda.

Tres títulos mundiales de ocho posibles

En las décadas siguientes, los All Blacks siguieron viajando y ganando. Y cuando el rugby empezó a cambiar su origen amateur por el profesionalismo, los neozelandeses siguieron dominando. El Mundial de rugby se organizó por primera vez en 1987 y desde entonces se han celebrado ocho ediciones. La selección del helecho plateado es la que más ha ganado, tres (1987, 2011 y 2015). A partir del sábado buscará una nueva copa en el Mundial de Japón, donde debutará ante Sudáfrica.

Además, en sus filas han estado varios de los mejores jugadores de rugby de la historia, como Dan Carter, Richie McCaw o Michael Jones. Pero ninguno es tan conocido como Jonah Lomu, un gigante, un hombre descomunal que apartaba rivales sobre el césped como si fuera un transatlántico. Medía 1,96 metros, rozaba los 120 kilos y corría los 100 metros en menos de 11 segundos. Un portento de la naturaleza.