Voy a poner el parche antes de la herida, que en algunos casos ha sido profunda. Decir “bien” cuando el dolor ha asolado a miles de familias puede que no sea la mejor expresión, pero es la que es. Segundo parche: habrá quien califique de crimen el atreverse a mancillar una obra maestra de la música barroca. Al público en general no se lo pareció. Pero me encuentro ante planos grabados este mismo fin de semana de playas llenas, que parecen imagenes de archivo. Más abajo podemos leer ya “el turismo se reanima”

Hay infinitas canciones evidentes que cantan al resurgir, a la esperanza, a la ilusión, pero solamente una llegó a número uno en 1997 con la increíble valentía de meterle caja de ritmos al segundo movimiento de la Suite Orquestal número 3 de Bach. La típica canción que a los puristas revienta, pero que el saber popular colocó arriba en las listas hasta el punto de ser banda sonora del anuncio de colonias del año. Lógicamente estuvo sonando sin parar semanas antes de Navidad, o el Día de la Madre. 

O sea, que para celebrar que la cosa mejora, pero con respeto por los que dejamos atrás y los que aún se irán, nos tenemos que ir a 1730. Vayamos. Ahí aparece un enorme genio llamado Johann Sebastian Bach que muchos conocen, pero no demasiados muy bien. Uno de los datos biográficos más llamativos de este alemán de enorme sensibilidad fue su capacidad para crear… y procrear. Se dice que sus 20 hijos repartidos entre dos matrimonios son solamente una parte de su verdadera prole, que se extiende más allá de lo oficial.

La típica canción que a los puristas revienta, pero que el saber popular colocó arriba en las listas hasta el punto de ser banda sonora del anuncio de colonias del año»

Uno de los supervivientes (no todos lo hicieron) fue el que tuvo interés por investigar para la posteridad los orígenes de tan sonada familia. Y en el origen de toda musicalidad se hallaba la cítara con la que el tatarabuelo del famoso compositor cantaba, alegre, en el molino, mientras preparaba la masa de trigo con la que cocería pan horas después. Un hijo de Veit Bach (el primer “famoso” del clan) se hizo juglar profesional, y también tuvo un hijo músico que resultó ser el padre de nuestro clásico. Y a su vez, fueron varios de los hijos de Johann Sebastian los que colaboraron en la composición de esta obra, llevada de nuevo al éxito mundial por otros alemanes, pero de la onda hip-hop de los 90. 

Sin movernos de Alemania, pero moviendo el calendario varios siglos más adelante hasta 1995, aparece un productor con gran visión comercial llamado Roberto «Geo» Rosan. Él decide hacerse eco de los movimientos dance y rap que se respiraban en las calles de los “unificados” años 90 en su país. Se subió al estudio a varios artistas callejeros y principiantes hasta que dio con sus oídos de lleno en una norteamericana llamada Tina Harris, una de esas voces que más hemos bailado sin saberlo. Esa era la voz que necesitaba para su experimento.

Videoclip de Everything’s gonna be alright.

De la misma forma que los músicos de dormitorio sampleaban sin piedad fragmentos de otros artistas, a nuestro productor alemán le pidió el cuerpo agarrarse a una de esas composiciones clásicas que evocan momentos de gran dulzura, armonía y belleza. No fue demasiado complicado extraer los acordes, convertirlo en el estudio, y aplicar los raps de la época y las percusiones de moda entonces. 

Esa combinación de elegancia y susurro, de complicidad y esperanza, y el aire de haber pasado las de Caín, hacen sitio para este éxito de los años 90 en nuestra lista. Y que me perdonen los puristas y los que siguen en duelo, como yo.